En los albores del siglo XVI, cuando los reinos de Castilla y Aragón se consolidaban bajo
la corona de los Reyes Católicos y el mundo empezaba a abrirse hacia el Atlántico y el
Mediterráneo, circulaban por las plazas, cuarteles y mesones de España historias de un
hombre cuya fuerza rayaba en lo sobrehumano. Se decía que había derribado puertas de
castillos con un solo hachazo, que había combatido a decenas de enemigos sin ayuda,
que había cruzado ríos helados con su armadura puesta, y que, en una ocasión, había
partido en dos a un adversario con un golpe de espada. Su nombre: Diego García de
Paredes. Nacido en Trujillo, Extremadura, en torno a 1466, este hidalgo menor se
convirtió en uno de los soldados más temidos de su tiempo, y, tras su muerte, en una
figura legendaria que trascendió los límites de la crónica militar para convertirse en un
símbolo de la bravura castellana.