El 15 de agosto de 1808, en medio del fragor del primer asedio napoleónico a Zaragoza,
una mujer tomó la mecha de un cañón abandonado por su artillero muerto y disparó
contra las tropas francesas que avanzaban por el Portal de la Independencia. Ese gesto,
por sí solo, no alteró el curso de la guerra. Pero su resonancia sí lo hizo. Aquella mujer,
identificada como Agustina Saragossa i Domènech, pasaría a convertirse en Agustina
de Aragón: soldado, símbolo, leyenda. Su figura ha sido objeto de admiración,
instrumentalización, banalización y silencio, según los tiempos y los regímenes. Pero
más allá del mito romántico, más allá del icono patriótico o del estereotipo femenino en
armas, hay una historia compleja, documentada, humana.