En la madrugada del 19 de julio de 2002, bajo las luces frías de un hangar industrial en
Scottsdale, Arizona, un equipo de técnicos vestidos con trajes quirúrgicos y guantes de
nitrilo se preparaba para realizar un procedimiento que, aunque legalmente no constituía
una intervención médica, poseía una solemnidad casi ritual. El cuerpo de un hombre de
84 años, fallecido horas antes en un hospital cercano, yacía sobre una mesa de acero
inoxidable. Su cabeza, separada del tronco según su voluntad expresada en vida, estaba
siendo perfundida con un cóctel de crioprotectores diseñado para evitar la formación de
cristales de hielo durante la congelación. Su cerebro —considerado por muchos en la
comunidad criónica como el verdadero asiento de la identidad personal— sería
almacenado a –196 °C en un tanque de nitrógeno líquido, a la espera de tecnologías que
aún no existen. El hombre era Ted Williams, uno de los más grandes beisbolistas de la
historia de Estados Unidos. Su decisión, polémica y profundamente humana, encarnaba
una apuesta extrema contra la irreversibilidad de la muerte.