En los primeros días del otoño iraquí, cuando las temperaturas comienzan a ceder tras el
implacable verano mesopotámico, millones de personas —hombres, mujeres, niños,
ancianos— emprenden a pie un camino sagrado. No lo hacen hacia La Meca, ni hacia
Roma, ni hacia el Himalaya, sino hacia una ciudad modesta del sur de Irak: Karbala.
Allí, frente al santuario dorado de al-Husayn ibn Ali, nieto del profeta Muhammad,
convergen cuerpos cansados y almas encendidas. Caminan desde Najaf —a ochenta
kilómetros de distancia—, desde Bagdad, desde Basora, desde Irán, Pakistán, India,
Nigeria, Europa y América Latina. Algunos caminan descalzos. Otros lo hacen con los
pies sangrando. Muchos repiten el mismo gesto año tras año. Lo hacen en silencio, en
lágrimas, en cánticos, en oraciones. Lo hacen por duelo. Lo hacen por fe. Lo hacen por
justicia.