En una habitación del sótano del edificio de los Laboratorios Bell en Murray Hill,
Nueva Jersey, el 16 de diciembre de 1947, tres científicos observaron con asombro
cómo una señal eléctrica débil entraba en un pequeño bloque de germanio y salía
amplificada. No hubo fuegos artificiales, ni comunicados de prensa inmediatos, ni
multitudes expectantes. Y sin embargo, en ese instante —tan silencioso como el
dispositivo que lo protagonizó— nació una revolución. El transistor, un artefacto
diminuto hecho de materiales semiconductores, reemplazaría en pocos años a las
voluminosas y frágiles válvulas termoiónicas que hasta entonces habían gobernado la
electrónica. Hoy, más de 10^21 transistores se fabrican cada año en el planeta, y
billones de ellos operan en cada smartphone, computadora y sistema de comunicación
moderno. Sin el transistor, no existirían internet, los satélites, los avances médicos
basados en microelectrónica ni el entramado digital que sostiene la civilización
contemporánea.