En la primavera de 1596, Cádiz despertaba como cada día al ritmo del mar. Puerto clave
del Imperio español, nudo vital del comercio transatlántico con las Indias, la ciudad era
a la vez un bastión defensivo, un centro administrativo y un crisol social donde se
entremezclaban comerciantes genoveses, funcionarios reales, marineros andaluces,
esclavos africanos y artesanos locales. Sus murallas, fortalezas y torres de vigilancia —
fruto de décadas de inquietud defensiva— daban testimonio de su importancia
estratégica. Y sin embargo, en junio de ese año, esas mismas murallas serían testigo
impotente de una de las mayores humillaciones sufridas por la Monarquía Hispánica en
su apogeo: el ataque, ocupación y saqueo de Cádiz por una flota anglo-holandesa,
evento que sacudió no solo la conciencia del reino, sino el equilibrio del poder en
Europa