III Domingo Ordinario
Isaías 8, 23-9, 3: “Los que andaban en tinieblas vieron una gran luz”
Salmo 26: “El Señor es mi luz y mi salvación”
Corintios 1, 10-13.17: “Que no haya divisiones entre ustedes”
San Mateo 4, 12-23: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”
Domingo de la Palabra, la Palabra que ilumina, que fortalece y que une.
¡Qué desconcertante es Jesús! Trae su mensaje de esperanza, de Buena Nueva y de
liberación, pero parece comenzar todo al revés. Su actividad comienza cuando
precisamente parecía que todo estaba terminado: “Al enterarse Jesús de que Juan había
sido arrestado…”. Cuando ha sido silenciada una voz que clamaba verdad y justicia;
cuando se confina al silencio a esa figura extravagante que con grito fastidioso y palabra
insolente pretendía una renovación interior; cuando sus discípulos tendrían motivos para
pensar que la aventura habría terminado… cuando todo parece en contra, es precisamente
cuando surge la verdadera Voz tomando la melodía de la Buena Nueva de la cual Juan sólo
era precursor. Cuando parecía que no había nada que hacer y que se apagaban las razones
para esperar, brota la verdadera esperanza. Cuando el poder cierra la boca de Juan, aparece
Jesús que habla mucho más fuerte. ¿Y nosotros? Gracias a Dios siempre que llegan los
momentos de crisis y de duda, aparecen hombres y mujeres que no quieren someterse al
fatalismo e imitando a Jesús, lanzan propuestas de vida que van directamente al problema y
buscan soluciones a riesgo de que les pase lo mismo que a Juan, o que a Jesús. Parecería
que cuando el tiempo es poco favorable y el ambiente está dominado por el miedo y se
afirma que todo es inútil, siempre aparece alguien que nos dice que es tiempo de sembrar
esperanza y de buscar nuevas luces. Así lo hace Jesús. Nosotros, sus discípulos, ¿qué
estamos haciendo?
Si parece que Jesús escoge el momento menos adecuado, se complica más cuando
constatamos el lugar donde inicia. No inicia en Jerusalén que sería el lugar ideal: la ciudad
de la paz, junto al templo orgullo de toda la nación, a la sombra del centro religioso y con la
garantía de la religión oficial. No, se dirige a la región de la oscuridad, en la Galilea
pagana, región de frontera y lugar de paso, donde se encuentran los hombres de las más
diversas razas, culturas y pensamientos religiosos. La región que es considerada de riesgo,
en donde hay tiniebla y oscuridad. Ahí es donde debe brillar su luz y así continuará toda su
actividad evangelizadora en los lugares de riesgo, de enfermedad, de muerte, de desprecio y
marginación. La luz brilla más donde hay oscuridad. Su grito, que anuncia la cercanía del
Reino de los cielos, lo acogen sobre todo los que viven sin esperanza, los que esperaban
con ansia, aunque parecía que no tendrían nada que esperar y casi ni se atrevían a pedir.
Ahora también Jesús sigue llevando su luz y su esperanza a los lugares más insospechados
y menos vistosos. Sus discípulos en estos momentos tendremos que seguir sus mismos
pasos y ahí donde parece que todo está perdido y condenado, tendremos que hacer brillar su
luz. El lugar de crisis es el lugar preciso donde el verdadero cristiano hará brotar señales devida nueva. Cualquier lugar, por más riesgoso y difícil que parezca, será el lugar apropiado
para recibir el soplo que hará nacer una nueva humanidad.
Momento difícil, lugar de riesgo… y para completar el cuadro Jesús escoge como
colaboradores a las personas que parecen equivocadas, a las que nosotros habríamos
descartado. No busca personalidades reconocidas, ni hombres considerados santos, ni los
que conocen las leyes o tienen el poder. Se deja deslumbrar por unos pescadores que se
afanan en sus labores y luchan por acomodar sus redes. Hombres de trabajo, honrados, pero
casi ignorantes, desconocidos y cobijados por el anonimato que da la familia de los pobres.