Isaías 55, 10-11: “La lluvia hará germinar la tierra”
Salmo 64: “Señor, danos siempre de tu agua”
Romanos 8, 18-23: “La creación entera gime y sufre dolores de parto”
San Mateo 13, 1-23: Una vez salió un sembrador a sembrar”
Imposible no hacer referencia a “la madre tierra”, como la llaman nuestros pueblos
originarios, ante la insistencia de los textos de este día. El salmo 64 es un poema de
alabanza al Dios creador que se regocija engalanando los fértiles campos, bendiciéndolos
de renuevos, vistiéndolos de rebaños, coronándolos de frutos. Pero este paraíso, que canta y
alaba el salmo, parecería que ha quedado en el olvido. Las lluvias torrenciales se abaten en
zonas del planeta, mientras extensas zonas agonizan en la sequía. ¿Es culpa de la
naturaleza? Creyentes y no creyentes todos coinciden en que es culpa de la depredación del
hombre. Si la primera Palabra hizo brotar la vida y el Señor Dios la encontró como
“buena”, ahora hay quien mira a la naturaleza con temor y como una amenaza. Pero ¡los
hombres somos quienes la hemos dañado y está al borde del colapso! La “Buena Madre
Tierra” podría dar suficiente alimento y cobijo a toda la humanidad, pero los excesos y la
explotación irracional han puesto en grave peligro a las generaciones venideras. Cuántas
empresas, madereros y terratenientes se enriquecieron de nuestras selvas tropicales, de
nuestras verdes sierras, fraccionando fértiles terrenos y rapando extensiones inmensurables.
Cómo se siguen sobreexplotando las entrañas de la tierra, arrancando irresponsablemente
sus tesoros, sus aguas, su petróleo… y ¡todo para beneficio de unos pocos! Los lechos de
nuestros ríos están atascados de basura y de desperdicios. La mayoría de los desagües
contaminan mares y lagunas. Las transnacionales se han adueñado de los depósitos de agua
y oxigeno. Irresponsablemente emitimos gases, polución, calor, químicos y desechables que
San Pablo ya les decía a los habitantes de Roma que “la creación está sometida al
desorden, no por su querer, sino por la voluntad de aquel que la sometió”. El tiempo . Ciertamente
la Palabra que sale de la boca del Señor no volverá sin resultado. Para cambiar la faz de la
tierra, de “la madre tierra”, se necesita cambiar los corazones y sólo la Palabra es capaz de
realizar esta transformación.
¿Qué estamos haciendo por el cuidado de “la Madre Tierra”? ¿En qué se nota nuestro
compromiso serio por cuidarla y protegerla de la basura, de la contaminación y del
deterioro? ¿Cómo estamos sembrando la Palabra en cada lugar y en cada momento en que
nos ha colocado el Señor?
Padre Bueno, tu Palabra nos amó antes de que el sol ardiera, antes del mar y las
montañas. Todo lo hizo nuevo, todo lo hizo bello. Danos palabras verdaderas para
responder a tu Hijo, eterna Palabra. Amén.