Isaías 22, 19-23: “Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro”
Salmo 137: “Señor, tu amor perdura eternamente”
Romanos 11, 33-36: “Todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por él y todo está
San Mateo 16, 13-20: “Tú eres Pedro y yo te daré las llaves del Reino de los cielos”
Jesús ha llegado a la mitad de su camino hacia Jerusalén. Después de haber dado de
comer a miles de personas, después de haber sanado a la hija de la mujer cananea,
después de haber vencido a las tempestades, pregunta a sus discípulos la opinión de la
gente sobre su persona. No es que Jesús esté muy interesado en las encuestas de imagen
y mucho menos que busque métodos para mover las masas hacia sus intereses, sino todo
lo contrario: quiere hacer entender a sus discípulos que más allá de las imágenes y
apariencias lo que verdaderamente importa es el encuentro que con Él hayan tenido y
asumir los valores del Reino. Hace evidente el fuerte contraste entre las pretensiones
desmedidas de quienes esperan un profeta o Mesías poderoso y los caminos sencillos de
servicio, entrega y humildad que escoge Jesús. La gente dice que es un profeta, pero lo
espera a su modo y su estilo, que confirme sus ambiciones y que sostenga sus intereses.
La confesión de Pedro va mucho más allá y refleja la influencia que el Resucitado ha
tenido en la elaboración del evangelio. Pero no nos hagamos demasiadas ilusiones:
Pedro afirma categórica y correctamente lo que es Jesús, pero todavía está muy lejos de
asumir sus valores y su forma de vivir. Ya se irá dando tropezones y tendrá que cambiar
profundamente su corazón para amoldarlo al de Jesús.
La pregunta de Jesús de ningún modo queda sólo en el pasado. Hoy, más que nunca, se
hace presente y hoy, más que nunca, debemos responderla con nuestra propia vida. “¿Y
quién dicen ustedes que soy yo?” Desde luego es una pregunta comprometedora, para
algunos casi ofensiva. Para otros, es una pregunta brotada del amor sincero que Jesús
tiene por nosotros. ¿Y quién es Jesús para mí? Contestaciones de catecismo y de
teología barata, todos tenemos alguna. No es una pregunta de un examen de historia
antigua o contemporánea. No son pocos los ateos que lo saben todo de Jesús. También
los fariseos que le espiaban se sabían todo de Él: su padre, su madre, sus parientes, su
edad, sus correrías por Palestina. Hay muchos que aducen palabras de Jesús para
reforzar sus propias ideologías o para justificar las discriminaciones, las condenas y los
juicios hacia los demás. Por otra parte es triste constatar que muchos de los que se dicen
católicos o cristianos, no se tientan el corazón a la hora de cometer injusticias, de
romper la fraternidad y de asumir criterios contra la vida. Se da la paradoja de que
hombres y mujeres que por una parte afirman ser “católicos”, por otra parte no se suman
a la construcción del reino, a la lucha por la justicia o a velar por los derechos del más
débil. Quisiéramos ser cristianos sin cruz. A Jesús no le interesa una imagen o una
respuesta de encuesta, a Jesús le interesa una respuesta con la vida.
Me impresiona la condena que lanza Isaías en la primera lectura contra el que se supone
sería un servidor del Señor. Ha abusado del poder y siendo solamente un mayordomo del palacio se ostenta como rey con manifiesta arrogancia, cometiendo arbitrariedades y
despreciando al Señor. Quien tenía que ser el servidor y cuidar del pueblo, se convierte
en su tirano y opresor. El Señor lo condena y presenta un nuevo servidor a quien
entregará las llaves del palacio y lo hace firme como un “clavo en el muro”. Palabras
tajantes de Dios. Palabras que denotan el límite de su divina paciencia. Palabras que han
de resonar en nuestros propios oídos como la justa amenaza de este Dios nuestro, Padre
de bondad, que, precisamente por serlo, utiliza con sus hijos cuantos medios existen
para reducirlos al buen camino,