Dos cosas en este episodio. La primera se nota desde el primer segundo: Guillermo, la voz sintética que ha leído los veinte episodios anteriores, se despide, y a partir de ahora locuto yo. Con un matiz que cuento dentro: sigue siendo una voz generada, solo que ahora generada a partir de la mía, con dos minutos de grabación. Y la segunda, que es el tema de verdad: tengo un modelo de IA corriendo en el Mac mini que me manda cada mañana un parte de cómo ha ido la noche en el servidor. Funcionaba bien, así que le pasé más datos. Y empezó a mentir: se inventó doce mil trescientas cuarenta y cinco solicitudes que no existían, un cinco por ciento de tráfico internacional que nadie había calculado, y unas líneas más abajo reutilizó ese mismo número inventado para el tamaño del backup, que eran doce coma catorce gigas. Antes ya me había sumado las visitas de dos días y me las había presentado como si fueran de uno. Lo interesante no es que se equivoque, es que se equivoca con un aplomo absoluto: sin dudas, sin aproximaciones, con la misma cara de seguridad que cuando acierta. Y la solución no fue apretarle las tuercas en las instrucciones, sino quitarle el trabajo que no sabe hacer: ahora todas las cifras las calcula el código y van en una ficha aparte, y al modelo le queda interpretar, que es lo que hace bien. El código es dueño de los hechos, el modelo es dueño del criterio.