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En los últimos 50 años, Argentina tuvo un papel protagónico en el mundo del tenis. No importa en qué momento estés escuchando este episodio. Seguro el país tiene algún jugador o jugadora entre los 20 mejores del mundo. Jugadores buenos hay muchos. Pero sólo unos pocos llegan a la categoría de leyenda.
En Argentina, ese título le corresponde, sin dudas, a Guillermo Vilas. Ganó 62 torneos de ATP, de los cuales cuatro fueron de Gran Slam. Aún hoy, a casi 30 años de su retiro, tiene récords en canchas lentas que nadie pudo superar.
En esta carta, Vilas, un viejo lobo en el mar solitario del tenis, le da consejos a Diego Veronelli para enfrentar a un tenista francés. Le habla del juego, por supuesto, pero también del temple, de las decisiones y de los riesgos. Una carta sobre tenis, sí. Pero, quién te dice, por ahí te sirve también para la vida. Lee el actor y titiritero Miguel Ángel Vigna.
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Flaco, no lo conozco al francés. Estás jugando de 10.
No tomés riesgos innecesarios. Tomá seguridad. Cuando te la veas mal, jugate consciente y apuntá. Que no sea un lance. Hoy sos un jugador completo y podes realizar cualquier tiro. Los riesgos los podés controlar. Sabés el riesgo que tomás, peso si sabés que no hay otra, tomalo decidido. Es eso o nada. No tomés riesgos si sabés que con dos tiros más vas a ganar igual el punto. Los riesgos se toman cuando no queda otra. Si los tomás así, los riesgos se incorporan a tu juego. Lo que ayer era un riesgo, hoy es un tiro que manejas con aplomo.
Tenés demasiado juego y respondés a las exigencias. No porque juegues bien hagas demasiado para ganar. No pierdas ningún punto. No juegues para el público. Nunca pienses que has ganado . Nunca pienses que has perdido. Nunca pienses que es difícil o fácil. Pensá en lo que tenés que hacer. Hacelo lo mejor que puedas. Aplicá lo que te parezca correcto. Realizá los golpes como si cada uno te abriera un nuevo mundo mejor.
Sé humilde. Sé sincero. Sé fuerte. No seas duro contigo mismo. No te alabes. Escuchá tu conciencia. Aplicá y resolvé. Guardá lo bueno y sacá lo malo. Sin contradicciones. Sin reproches. Claro, lúcido y sin parar por un instante. Todo es bueno si te deja algo. Hoy sirve para el futuro. El futuro no sirve para hoy.
Suerte,
Guillermo.
Nació en México. Fue escritora y diplomática. Publicó libros de todos los géneros: poesía, ensayo, cuento, novela, teatro… Hay críticos que consideran a Rosario Castellanos una de las escritoras más influyentes de su país durante el siglo XX.
Como muy pocos, abordó temas que hasta ese entonces eran sesgados: la discriminación racial en Chiapas y, especialmente, la emancipación de la mujer. Con el tiempo, Castellanos se convirtió en una referente del feminismo de América Latina.
El honor a esa vida y a su historia de amor con el filósofo Ricardo Guerra, decidimos dedicarle este episodio. Sus textos son tan bellos que nos parecía poco darles sólo una carta. Entonces, decidimos hacer una selección de sus misivas. Las primeros de amor del bueno. Las segundas de desencanto y divorcio.
Lee la actriz Diana Sedano
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¿Se da cuenta, mi vida? Usted no lo sabe, y yo no se lo quiero decir porque se va a poner muy presumido y a encarecerse, pero es usted un niño muy suave y nos sabe manejar con mucho talento a las mujeres y por eso lo amamos”.
¿Para qué indisponernos con personas a quienes a la mejor estima y que no por hacerle a usted mala obra, sino por hacérmela buena a mí, me han escrito diciendo cosas? Ellos suponen entre nosotros una relación muy distinta a la que sostenemos: suponen que usted me engaña en una forma vil y baja y que está todos los días mandándome una hermosa carta llena de juramentos de amor y por otra parte se aprovecha de mi ausencia para decir de viva voz esos juramentos a jovencitas más próximas”
Yo lo amo por encima de todo lo que digamos usted o yo, las palabras no tienen ninguna fuerza. El amor tiene su propia certidumbre.
Escríbame pronto. Ámeme también un poco.
Rosario
Todo mi alrededor es una barrera en la que no penetran ni tu voz ni tus actos. Yo te invento para mantenerte a distancia, no te veo, no te escucho. Y en vez de admitir este hecho tan evidente y de desatarme en interjecciones contra mí, me vuelvo, con una lógica muy femenina, en contra tuya. Empiezo a hacerte reproches para justificar de alguna manera mis fallas. Que según tú se reducen a una sola: no te amo lo suficiente.
No es que yo me esté escatimando. Todo lo que soy capaz de amar, te amo. Todo lo que una persona puede gustarme, me gustas.
Considera si te resulto o no satisfactoria. Si no, prefiero que me lo digas ahora. […] Estoy llena de preguntas. Tu respuesta debe ser universal.
Espero, sin sobresaltos de ninguna clase, tu resolución al respecto. Si optas por el divorcio, es una opción que acepto, respeto y acato la opción contraria. Mi papel es absolutamente pasivo porque no es mi problema. Colócate un momento en mi lugar, desde mi punto de vista y dime si objetivamente un cambio de estado civil podría alterarme. ¿Me sería siquiera perceptible? ¿El acta de un juez me dejaría más sola de lo que estoy? ¿Más a la merced de mis propios medios? ¿Menos querida? ¿Menos respetada? ¿Menos protegida? ¿Más despreciada y ridiculizada públicamente? Creo de la manera más honrada, que no. Es más, ni siquiera modificaría las relaciones personales nuestras. Por Gabriel continuaríamos viéndonos con frecuencia y con cordialidad porque no hay ningún motivo para que las visitas no fueran cordiales. Coquetearíamos, porque somos así, y ocasionalmente acabaríamos por ponerle cuernos a tu mujer de la misma manera que me has puesto cuernos con otras mujeres.
Esta carta, como muchas de Epistolar, tiene una historia. En este caso, una historia llena de frío y dolor pero con final feliz. Los protagonistas son Miguel Ángel y Laura Leticia.
Miguel Ángel integraba la Brigada 601 de Mar del Plata en 1982. Como muchos de su generación, fue reclutado para ir a la Guerra de Malvinas.
Allí, como todos, pasó frío, vio morir a compañeros, sintió el dolor en carne viva. Además, Miguel Ángel era de los soldados que no recibían cartas.
Por su parte, Laura Leticia vivía en Santa Teresita, una ciudad a 190 kilómetros de Mar del Plata. Un día, ella escuchó por radio una invitación particular. Se trata de una convocatoria para escribirle a los soldados que no recibían correspondencia en Malvinas.
Laura Leticia tomó una lapicera y una hoja. Y escribió las palabras que escucharás a continuación. Tiempo después, Miguel Ángel volvió de la guerra y conoció a Laura Leticia. Se enamoraron y se casaron.
En realidad, quién sabe cuándo comienza una historia de amor. Quizás el germen fue esta carta que hoy compartimos con ustedes. Lee la actriz Muriel Mahdjoubian Rébori.
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29 de Abril de 1982, Santa Teresita
Querido Soldado: Me resulta difícil comenzar estar carta, quizá porque no sé a quién irá dirigida, o porque, simplemente, no sé que decir. Por empezar, me llamo Laura Leticia Zoccola, tengo 18 años, cumplidos el 26 de Febrero (soy de Piscis) y vivo en Santa Teresita, provincia de Buenos Aires, costa Atlántica.
A partir del momento que escuché por radio que podría escribir a cualquier soldado que no reciba correspondencia de nadie, no dudé en tomar esta lapicera y esta hoja, ya que no tengo ningún allegado allí y siento deseos de comunicarme con alguno que esté viviendo la difícil situación de defender Nuestras Malvinas.
Puedo imaginar cómo te sentís, y la soledad que te rodea, a pesar de estar en ese ambiente con todos compañeros en tu misma situación.
Por eso, para que no te encuentres solo, y lejos de lo que amás, yo te escribo, queriendo comenzar de este modo, una comunicación.
Quiero que tu contestes esta carta, que me cuentes lo que sentís allí, quiero que me brindes tu amistad como yo te la estoy dando ahora.
Querido soldado… yo tengo una familia aquí, padre, madre, una hermana de 19 años y el novio de ésta. Pero, a pesar de eso, me siento sola. Tengo una sola amiga.
Santa Teresita es un pueblo, no muy poco conocido, pero si poco importante. Tal vez lo conozcas, aquí viene mucha gente en las temporadas de verano. Es Mar del Plata en miniatura.
Tengo hasta segundo año de comercial, pero no he podido seguir porque necesito más trabajar.
Este verano me empleé en una panadería, pero cierra en mayo, así que estoy sin trabajo y no pude conseguir por cuestiones que ya conocés. Nadie quiere arriesgarse, pues no se sabe qué pasará con Nuestras Malvinas.
La mayoría de los negocios cierran en invierno. Pero creo que esto no te importará demasiado, ¿verdad? ¿Qué puedo decirte?
En estos momentos, las 20:23 hs, mis padres miran el noticiero, que no hace más que hablar de las Malvinas. Todo esto me pone muy mal. Sufro mucho y trato de encerrarme en mi habitación, escuchando música y escribiéndote a vos.
Pero, ¿sabes que sucede? Me es muy difícil hablarle a alguien que igual no pueda aceptarme. Es por eso que te pido disculpas si no te agrada mi forma de escribir y de expresarme. Quizá, si tu me contestas, todo se torne más sencillo.
Para que tengas una idea de mi. Te diré que soy rubia, de cabellos largos, ojos verdes, nariz bastante larga, mido 1,64 mts. y peso 57 kilos. No soy una hermosura, pero me considero “pasable” (modestia a parte). No se si llegarás a conocerme algún día, o si yo podré verte a ti.
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Antonio Berni fue uno de los artistas plásticos más enormes y de espíritu moderno que dio la Argentina. Y uno de los más reconocidos en el mundo entero. Se formó primero en su ciudad natal, Rosario, y luego en Europa. Volvió a la Argentina en la década del 30 y fue fuertemente influenciado por el surrealismo y el muralismo mexicano.
Junto a su vida artística, desarrolló también una política: creó la Mutualidad de Estudiantes y Artistas Plásticos y fundó el grupo Nuevo Realismo, con el que hizo proyectos que tenían una clara intención política: convertir lo cotidiano en obra de arte. Juanito Laguna y Ramona Montiel son dos de los personajes más emblemáticos de su obra.
En los últimos años de su vida, Berni conoció a una mujer llamada Graciela. Ella posó para él en tres enormes cuadros memorables, uno de los cuales quedó inconcluso. Y ella se convirtió, con el tiempo, en el último amor del pintor.
Berni le escribió esta carta a Graciela un mes antes de su muerte en 1981. ¿Le habla de pintura? ¿De su inmensa fama? ¿Del legado? ¿Del destino de sus cuadros? Nada de eso. Putea por la vejez. Porque se quedó sin tiempo. Y habla del espíritu como un engaño. “El cuerpo se impone”, dice como una sabia sentencia. Lee -y es un honor contar con él- Lalo Mir.
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Debo superar esta imposibilidad de lograr una feliz respuesta a mis sentimientos. El tiempo que antes era un colaborador con quien construía, y me construía, ahora, a la inversa, me transforma en ruina. Cada día me derrota un poco más. He consumido casi toda la vida concedida por el destino, me siento viejo, feo y sordo. Estoy más cerca de la muerte que de la vida. No obstante me queda una faceta inalterable de mi sensibilidad, tu imagen impresa, a cada rato, en mi cuerpo. Entra por los ojos, te pegas a mi piel, ocupas el cerebro y me quemas el corazón. Vos sos una de las últimas mujeres que se acercaron a mi, otras lo hacen pero como socorriendo un naufragio o con la escondida idea del saqueo.
Me encuentro en la etapa de mi vida en que los hombres piensan en jubilarse y descansar; si son pobres gozando del cálido sol de invierno en la soledad de la plaza pública; si han hecho fortuna, en vivir en la propia mansión rodeados de servidores.
Sobre mi cielo ya aparecen los malos presagios, grandes pájaros negros, venidos del desierto de las montañas, planean en lo alto a mi alrededor, con sus alas inmovibles dibujando círculos lentos atraídos por el olor a cadáver que llevo encima.
Mi exorcismo pierde sus poderes, mis músculos no generan energías, es mi desventaja, y más hoy que el cuerpo y las cosas asumen todos los deseos del hombre tanto como los de la mujer.
No puedo engañarme, nada positivo puedo ofrecer, me siento exangüe, he malgastado mi ser. Día y noche fui regalando mi carne y mi sangre hasta quedar vacío, ahora sólo encuentro miradas espesas de indiferencias, madera en los corazones y frías palabras en los labios, porque el fuego de los sexos y el ardor de la pasión se han apartado de mi para siempre.
El espíritu es un engaño, la virilidad de un joven es lo más importante en el amor, más importante que toda la sabiduría compactada en la figura de un patriarca o de un sabio.
Te escribo estas líneas hoy sábado, la ciudad me parece desierta cuando, a causa de tu ausencia, me dejas en la soledad de sentirte lejos. Deseo descubrir la revelación de algo enigmático escondido en la diversidad de los signos muchos de ellos falsos. Tu cuerpo anda por ahí y se aparta pero tu alma la siento próxima.
¿Qué es el alma? Algo que se escucha cuando habla en el idioma de uno aunque el cuerpo que lo contiene esté lejos. El cuerpo es soberano, se impone con sus tetas, su rostro, su pene o sus piernas.
Cuando todo esto envejece, se vuelve feo y neutro no valen cirugías estéticas, gualichos ni filtros, ni tampoco la intervención de agoreros, adivinos o hechiceros que los restauren.
Hay palabras que de tan dichas quedan huecas. Vacías de contenido. Son como esas camisetas de un algodón malo, que pierden su brillo con un par de lavados. Una de ella es genio. ¡Se usa tanto! ¡Se banaliza un montón!
Fulano de tal es un genio. Lo que acaba de hacer es una genialidad. Seamos sinceros. En una grandísima mayoría de los casos, la palabra les queda inmensa. Hay una persona cuyo nombre nos remite inmediatamente a la palabra genio. Lo hace de una forma automática y, principalmente, indiscutible. Me refiero a Albert Einstein.
Pero ésta no es una carta científica (o no del todo). No vamos a hablar de su teoría de la relatividad especial ni de las huellas que dejó en la historia de la ciencia. Esta carta tiene una pequeña historia. Una niña en edad de escuela primaria llamada Phyllis le hizo a su maestra de ciencia una de esas preguntas sencillas de formular y difíciles de contestar, tan propia del fascinante universo infantil. “Maestra, ¿los científicos rezan? Si es así, ¿qué piden al hacerlo?”.
Alentada por la docente, la niña mandó esa carta a varios científicos, entre ellos, Einstein. Pasaron más de 85 años desde esa pregunta, pero la discusión está muy lejos de estar cerrada. ¿Hay algo más? ¿Quién puede decir enfáticamente que no? Ni siquiera Eistein se anima a hacerlo. Sin embargo, se tomó el tiempo para contestarle a la niña con estas palabras. Lee el actor Juan Tríbulo.
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24 de enero de 1936
Querida Phyllis:
Intentaré responder a tu pregunta de la manera más sencilla posible. Esta es mi respuesta.
Los científicos creen que cada acontecimiento, incluidos los hechos de los seres humanos, se deben a las leyes de la naturaleza. Por lo tanto, un científico no puede inclinarse por creer que un rezo puede incidir sobre el curso de los eventos; esto es, por un deseo manifestado de forma sobrenatural.
Sin embargo, podemos conceder que el conocimiento que tenemos actualmente de estas fuerzas es imperfecto. Así que, después de todo, la creencia en un espíritu ulterior, último, se traduce en una especie de fe. Esa creencia se encuentra ampliamente difundida incluso con los logros en curso de la ciencia.
Pero también, cualquier persona que esté involucrada seriamente en las búsquedas de la ciencia queda convencida de que algún tipo de espíritu se manifiesta en las leyes del universo, uno que es vastamente superior al hombre. En este sentido, la búsqueda de la ciencia conduce a una especie de sentimiento religioso, el cual seguramente es muy distinto a la religiosidad de alguien un tanto más ingenuo.
Con saludos cordiales, me despido de ti.
Suyo,
Albert Einstein.
¿Hace cuánto no le decís te quiero a un amigo? ¿Por qué nos cuesta tanto a los hombres expresar las emociones? Esta carta tiene como protagonistas a dos hombres, que son amigos y que comparten el oficio del humor gráfico. El dibujante rosarino Tomi Müller, conocido por tu nombre artístico El Tomi, le escribe a su colega y amigo Roberto Fontanarrosa, a diez años de la muerte de “El Negro”. Aprovecha para decirle te quiero. Recuerda una de esas charlas sin sentido que tienen los amigos, que justamente son la pulpa de cualquier amistad. Y, sin dejarlo explícito, le dice cuánto lo extraña. Lee el locutor y periodista Quique Pesoa.
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Hola, Negro, te escribo para decirte que te quiero, a lo mejor te parece una boludez, pero igual te la digo. Porque estuve pensando en la cantidad de veces que uno no dice ‘te quiero’ cuando lo tiene que decir, y entonces me vino a la memoria aquella tarde en la que hablábamos de porqué las frases célebres son célebres. Me acordé y me dije, le voy a escribir al Negro para decirle que lo quiero.
Resulta que vos no creías en las frases célebres. Vos, justamente, que resolvés cada uno de tus chistes con una frase célebre que lo convierte siempre en el mejor chiste del mundo, no creías en las frases célebres. ¿Te acordás?. Entonces decidí reírme un rato, y a pesar de que tus teorías eran poco menos que irrebatibles, tratar de demostrarte que las frases célebres tienen algún valor, qué se yo, a lo mejor anecdótico, no sé, pero alguna enseñanza dejan, algo que las hace perdurar en el tiempo, que las hace ser transmitidas de generación en generación.
No alcancé a emitir ni un sonido y vos me dijiste -Fijate en aquella frase que dijo San Martín, por ejemplo, ‘serás lo que debas ser o si no, no serás nada’, es una boludez- Yo te miré tratando de repetir en silencio la frase de San Martín en mi cabeza para analizarla. Por un momento me sentí como el Quijote cuando se volvía loco intentando entender aquellos trabalenguas de los libros de caballería, tales como el archiconocido ‘la razón de la sinrazón que a mi razón se hace’, y cuando me decidí a elaborar una respuesta vos ya estabas resoplando una risita socarrona mientras murmurabas -pensala, es una verdadera boludez-.
Mucho tiempo después, más precisamente cuando te fuiste ahí adonde estás ahora, pensé en aquella tarde de las frases célebres, de esa casi falta de respeto a los próceres y de la casi falta de respeto que la vida tuvo con vos, y me reí, primero despacito, después mucho, después no podía parar, y al final lloré. Tenías razón, las frases célebres son una boludez.
Y por eso te escribo, para decirte que te quiero, aunque para vos ‘te quiero’ puede que sea la frase célebre más célebre de todas y por ende, la que más posibilidades tiene de ser una boludez… y creo que seguís teniendo razón, como en cada uno de tus chistes, a los que con una sola frase célebre los convertís siempre en el mejor chiste del mundo. Bueno, era eso nada más. Chau, o sea, chau de nuevo, Negro. el Tomi
España. Agosto de 1939. Pasaron sólo cuatro meses desde el final de la Guerra Civil. El último parte de guerra fue firmado por el dictador Francisco Franco, que declaró así su victoria y estableció una dictadura, que duraría hasta el día de su muerte en 1975.
En ese régimen, una larga noche de muerte y dolor que duró 40 años, hubo un episodio especialmente recordado por lo cruento del odio fascista. La noche del 4 de agosto de 1939, un grupo de 13 mujeres fueron elegidas al azar entre cuatro mil. Todas hacinadas en la cárcel del barrio madrileño de Ventas. Muchas de ellas eran menores de edad. Algunas, militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas. Todas acusadas del delito de “adhesión a la rebelión”. El régimen de Franco no se conformó con meterlas presa en una cárcel con condiciones infrahumanas. Organizó un juicio sumarísimo, que antes de comenzar ya tenía condena. Las mujeres fueron trasladadas en un camión hasta la tapia del cementerio de la Almudena, alineadas frente a la pared y ejecutadas por un pelotón de fusilamiento. A partir de ese momento, la historia de esas mujeres se convirtió en leyenda, que sigue viva en libros, películas y obras de teatro. Se las llamó “Las 13 Rosas” por su juventud. Y aún hoy son un símbolo de lo más execrable del régimen franquista. Esta carta fue escrita por una de las condenadas, la pianista y costurera Blanca Brisac, la noche antes de su fusilamiento. Está dirigida a su único hijo de once años. “Voy a morir con la cabeza alta”, le dice al niño. Le manda besos postales. Y se despide hasta la eternidad.
Lee la actriz Oka Giner.
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Querido, muy querido hijo de mi alma,
En estos últimos momentos tu madre piensa en ti. Sólo pienso en mi niñito de mi corazón que es un hombre, un hombrecito, y sabrá ser todo lo digno que fueron sus padres. Perdóname, hijo mío, si alguna vez he obrado mal contigo. Olvídalo hijo, no me recuerdes así, y ya sabes que bien pesarosa estoy.
Voy a morir con la cabeza alta. Sólo por ser buena: tú mejor que nadie lo sabes, Quique mío.
Sólo te pido que seas muy bueno, muy bueno siempre. Que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor y tú tienes que ser un hombre bueno, trabajador. Sigue el ejemplo de tu papachín. ¿Verdad, hijo, que en mi última hora me lo prometes? Quédate con mi adorada Cuca y sé siempre para ella y mis hermanas un hijo. El día de mañana, vela por ellas cuando sean viejitas. Hazte el deber de velar por ellas cuando seas un hombre. No te digo más. Tu padre y yo vamos a la muerte orgullosos. No sé si tu padre habrá confesado y comulgado, pues no le veré hasta mi presencia ante el piquete. Yo sí lo he hecho.
Enrique, que no se te borre nunca el recuerdo de tus padres. Que te hagan hacer la comunión, pero bien preparado, tan bien cimentada la religión como me la enseñaron a mí. Te seguiría escribiendo hasta el mismo momento, pero tengo que despedirme de todos. Hijo, hijo, hasta la eternidad. Recibe después de una infinidad de besos el beso eterno de tu madre.
Blanca.
Esta es la historia de una mujer y de una búsqueda incansable. Alguien que, como dijo Bertolt Brecht, luchó toda la vida y por eso es imprescindible. Chicha Mariani fue fundadora de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo y de la Asociación Clara Anahí.
El 24 de noviembre de 1976, un operativo represivo de la última dictadura cívico-militar atacó la casa de su hijo Daniel Mariani y de su nuera Diana Teruggi, ambos de Montoneros. Ellos fueron asesinados y los militares secuestraron a la pequeña beba de la pareja llamada Clara Anahí.
Desde ese momento, encontrar a su nieta fue la razón de vivir para Chicha Mariani. En pleno terrorismo de Estado, inició junto a otras abuelas un camino sin precedentes. Abrió el rumbo para la recepción de denuncias e investigaciones, que permitieron establecer los vínculos filiatorios en ausencia de una generación.
La creación del Banco Nacional de Datos Genéticos puso la ciencia al servicio del esclarecimiento de los crímenes de lesa humanidad. Chicha ayudó incansablemente a otras familias a encontrar a sus hijos y nietos. Y revolvió mundos para dar con su Clara Anahí.
En esta carta, Chicha Mariani le escribe -e imagina- a su nieta a raíz de su cumpleaños. La perpetuidad de la apropiación de Clara Anahí es una de las tantas huellas que dejó la dictadura. Y su lucha sigue siendo un ejemplo de perseverancia para las búsquedas colectivas, que aún siguen vigentes. Lee la actriz Mirta Busnelli.
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La Plata, 12 de agosto de 1981
Clara Anahí, mi chiquita, hoy es doce de agosto, es tu cumpleaños. Cumples cinco años, mi vida, y yo sólo puedo imaginarte…
Hace cuatro años y nueve meses, oscuras fuerzas te llevaron. Eras apenas un bebé con batita rosa, con una boca grandota que reía y reía y unos ojitos espiones que buscaban ansiosos las caras de papá y mamá, para reír de puro llena de amor. Y cómo reías cuando yo te cantaba el arrorró ¡Tan desafinada como siempre! La familia, gozosa, opinaba que demostrabas muy buen oído y gran inteligencia”.
(El espanto, el horror, aquel 24 de noviembre de 1976. Los tiros. La muerte... Y ‘desapareciste’. Te llevaron solita. Tenías tres meses. El tiempo se detuvo. Nunca más la vida).
Te he buscado, mi Anahí, sin descanso. Por sobre el desgarrante dolor de mis muertes. Ignorando las armas, las amenazas y las injurias, te busqué un día y otro día y otro y un mes y muchos meses. Apretando los dientes. Quemándome las lágrimas. Con rabia y desesperación. Estallando el corazón pensaba en tu primer dientito, en tus primeros pasos. Crecías y yo debía encontrarte ya, ya mismo, enseguida.
Fui imaginando tus primeros vestiditos y tus muñecas y el jardín de infantes. Y no te puedo encontrar, mi chiquitita: ‘Se ignora tu paradero’. Te compro muñecas, ¿sabés? Las tengo en cajas que ya tuve que cambiar por otras más grandes. Se acumulan muñecas... y no te encuentro.
Te busco sin descanso. Qué hicieron con mi bebita, con mi Anahí. ¿Dónde estás? Tengo que apurarme, tengo que encontrarte antes de que sigas creciendo lejos de mí, de lo que queda de tu familia. Todo mi tiempo y las energías que me quedan son para buscarte. Te encontraré algún día. Pero, por Dios, que sea pronto.
Debes ser alta como lo eran tus padres. Quizás te han cambiado la edad, quizás por eso empieces a ir al colegio demasiado pronto: en 1982, quizás. ¿Te habrán conservado el nombre? Te sigues llamando Clara Anahí o sólo Anahí. ¿O sólo Clara? Tu cabello seguirá siendo castaño oscuro y lacio -te decíamos ‘Pelopincho’-. ¿Habrás heredado la miopía familiar? Tus orejas grandes, también heredadas, ¿no cambiarán?
Sue. Susie. Dollie. Daisy. June. Hermana. Esos son algunos de los apodos que usaba Emily Dickinson para nombrar a Susan Gilbert. Y así también encabezaba algunas de las cientos de cartas que le mandó a lo largo de su vida. La notable poeta estadounidense mantuvo una relación de más de 40 años con la también escritora y viajera. Fueron amigas en la adolescencia, amantes y, por cierto, también cuñadas. Porque Gilbert estaba casada con el hermano de Dickinson.
La influencia de Gilbert fue decisiva en la obra de Dickinson. Un vínculo ocultado durante mucho tiempo, pero que permite conocer la personalidad de la poeta y también a una de sus musas inspiradoras. De los más de 1700 poemas de su obra, hay unos 300 dirigidos a Susan, además de una obra epistolar magnífica, que casi no se detuvo a lo largo de su vida. En esta carta, le describe escenas de entre casa con gran belleza, le dice que la extraña y le declara su amor. “Hay algo en tu nombre que llena mi corazón por completo”, se confiesa. Lee la actriz Irene Almus.
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Están limpiando la casa hoy, Susie, y he hecho un rápido bosquejo de mi cuarto, donde con afecto, y contigo, yo pasaré esta mi hora preciosa, la más preciosa de todas las horas que marcan los días al vuelo, y el día tan querido, que por él cambiaría todo, y tan pronto como pase, suspiraré otra vez por él. No puedo creer, Susie querida, que casi he permanecido sin tí un año entero; el tiempo parece a veces corto, y mi recuerdo de ti caliente como si te hubieras ido ayer, y otras veces si los años y los años recorrieran su camino silencioso, el tiempo parecería menos largo. Y ahora como pronto te tendré, te sostendré en mis brazos; perdonarás las lágrimas, Susie, acuden tan felices que no está en mi corazón reprenderlas y enviarlas a casa.
No sé por qué es -pero hay algo en tu nombre, ahora estás tomando de mí, que llena mi corazón por completo, y mi ojo, también. No es que mencionarlo me aflija, no, Susie, pero pienso en cada "sitio soleado" donde nos hemos sentado juntos, y no sea que no haya no más; conjeturo que ese recuerdo me hace llorar. Mattie estuvo aquí la tarde pasada, y nos sentamos en la piedra de la puerta delantera, y hablamos de vida y de amor, y susurramos nuestras suposiciones infantiles sobre tales cosas dichosas - la tarde se fue tan pronto, y caminé a casa con Mattie debajo de la luna silenciosa, y sólo faltabas tú, y el cielo. Tú no viniste, querida, pero un poquito de cielo sí , o eso nos pareció a, pues caminamos de un lado a otro y nos preguntábamos si ese gran bendición que puede ser nuestra alguna vez, se concederá ahora, a alguno. ¡Esas uniones, mi Susie querida, por las cuales dos vidas son una, esta adopción dulce y extraña en donde podemos mirar, y todavía no se admite, cómo puede llenar el corazón, y hacerlos en pandilla latir violentamente, cómo nos tomará un día, y nos hará suyos, y no existiremos lejos de él, sino que quedaremos quietas y seremos felices!
Amamos hacer Epistolar porque es una gran excusa. Una excusa para bucear en la vida de personajes fascinantes. Y porque las cartas son uno de los sustitutos más vívidos de una persona, cuando ya no está entre nosotros. En este caso, el personaje es Remedios Varo. Nacida en España y mexicana por adopción, fue una pintora surrealista, escritora y artista gráfica. Una de las primeras mujeres que estudiaron en la Real Academia de Bellas Artes de Madrid. Pero antes de su educación formal, se crió con un padre que le enseñó perspectiva y dibujo. Se crió también admirando las obras de El Bosco, el Greco y Goya en el Museo del Prado, al que iba con frecuencia. El resultado de todo eso -y por supuesto de un gran talento- es una artista excepcional, con obras que navegan entre lo científico, lo místico y lo mágico. Si decíamos que una carta es el sustituto más vivo de una persona, en el caso de Remedios tenemos que prestar atención a cada palabra. En este texto, la artista le escribe a un colega como quien pinta un cuadro. Son pinceladas de oscuridad, ensoñación y erotismo en la voz de una artista excepcional. Lee la actriz y cantante Patricia Ginés Yllán.
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¿Fumáis? Yo he emprendido una lucha titánica contra la nicotina y el humo en general. He llegado a la conquista parcial del asunto y en mis días de bondad sólo fumo seis cigarrillos. En los días de nostalgia, de depresión y cuando todo es un desmadre, ¡bueno!, entonces, ¡no sé!
¡Bien!, de los insomnios, del sudor frio, de las inyecciones de extracto de hígado, del deseo de perforar en la tierra una madriguera para esconderse allí dentro, ¡no digo nada! Espero vuestras noticias y sólo entonces os comunicaré cómo fui visitada, ha tiempo, por una sirena hechicera, ferverosa admiradora vuestra y muy preocupada e intranquila a causa de vuestro retraimiento de la vida cotidiana. ¡misterio!
Vivo, como antes, en este castillete de Álvaro Obregón 72, con teléfono 11 20 84.
Recuerdo las antiguas paellas, la libre circulación y beso vuestras falanges.
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