Epistolar

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By Antología de lo íntimoSociety & Culture
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Epistolar episodes

  • Carta de Maria Callas a Aristóteles Onassis (Lee Anita Co)

    “Amor mío, necesito afecto y ternura. Soy toda tuya. Haz conmigo lo que quieras”. Eso le escribió, en una ocasión, María Callas a su pareja Aristóteles Onassis. Él magnate naviero y una de las personas más ricas del mundo. Ella la soprano más cotizada del siglo pasado.

    Los dos de origen griego y protagonistas de una tragedia digna de su tierra. Se conocieron en una fiesta de máscaras en Venecia, cuando los dos estaban casados. Él comenzó a mandarle flores todos los días a todas partes. Dos años después, el amor comenzó en el yate Christina, de Onassis, el más lujoso de la época.

    Ella se entregó a la relación. Decidió abandonar los escenarios para buscar sosiego en ese vínculo. Se cortó el pelo porque él se lo pidió. Se sacó los lentes que siempre usaba porque él lo quiso. Al poco tiempo de conocerlo, no quedaba nada en la vida de Callas, salvo su relación con Onassis.

    Pero dije que ésta es una tragedia griega. Una llena de traiciones y maltratos.

    Después de nueve años de relación, Callas descubre leyendo el diario que Onassis iba a casarse con Jacqueline Kennedy. En este episodio, rescatamos esta carta de una Callas llena de esperanzas, antes de que Onassis mostrara su cara más cruel e inesperada. Lee la actriz y cantante Anita Co.

    ******

    30 de Enero, 1968.

    Aristo, Amor Mío,

    Este es un pequeño regalo de cumpleaños, lo sé, tienes que saber que después de ocho años y medio vividos juntos, te digo desde lo más profundo de mi corazón que estoy orgullosa de ti, te amo en cuerpo y alma y espero que Tú sientas lo mismo por mí.

    Tengo el privilegio de haber llegado a la cumbre de una dura carrera, de haber recibido de Dios la gracia de encontrarme contigo, como Yo Tú también has pasado del infierno a la cumbre.

    Espero que estemos unidos como lo estamos ahora.

    Busca, busca, te ruego que mantengamos soldada nuestra unión para siempre porque necesito tu amor y tu respeto para siempre. Soy demasiado orgullosa para reconocerlo, pero que sepas que eres mi respiro, mi mente, el orgullo y la ternura.

    Si pudieras imaginarte lo que siento por ti te sentirías el hombre más fuerte y más rico del mundo entero.

    Esto no es una carta de una niña, aquí hay una mujer herida, cansada y famosa que te ofrece los sentimientos más frescos y más jóvenes que nadie haya sentido jamás. No lo olvides nunca y estate siempre cerca, igual de cariñoso

    como en estos días en los que me has hecho sentir la reina del mundo.

    Amor Mío. Necesito tu cariño y tu ternura. Soy tuya. Haz de mi lo que quieras.

    6 min
  • Carta de Haroldo Conti a su hijo (Lee Mario Alarcón)

    Haroldo Conti fue docente, periodista y un escritor brillante. Uno de los más notables de su generación, junto a otros como Rodolfo Walsh, Antonio Di Benedetto y Juan José Saer.

    Su novela “Mascaró, el cazador americano” ganó el Premio Casa de las Américas en 1975.

    Pero ésta no es la historia del escritor ni del militante, que fue secuestrado y desaparecido por la dictadura argentina.

    Además de todo eso, Conti era papá. Esta carta está dirigida a su hijo Marcelo, al que llama Capitán. El escritor le cuenta de sus aventuras en el mar, le habla de educar el espíritu y le pide vivir en la luz y en la belleza. Lee el actor Mario Alarcón.

    ******

    9 de mayo de 1973

    Marcelo, Capitán:

    Contale a la tía cómo es ese barquito y cuánto cuesta. Veré lo que puedo hacer. Ojalá pudiera regalarte la flota real británica. Espero que sea un barco razonable, que además de flotar como debe no me hunda a mí.

    Los otros días tuve una aventura que te hubiera gustado y pensé mucho en vos. El mar bajó como nunca y quedó a la vista un viejo barco de fierro hundido allí, entre San Bernardo y la Lucila del Mar. No había casi nadie y yo había salido a dar un paseíto para despejar la cabeza.

    Me arremangué los pantalones y me metí adentro y saqué unos pedazos. Entre ellos una costilla de fierro que traje varios kilómetros sobre los hombros y arranqué con mis propias manos. Estaba cubierta de incrustaciones marinas, mejillones, algas. Una verdadera reliquia. Quedé de cama, con la espalda reventada, pero contento. Parecía Jesucristo llevando aquel travesaño que olía a mar, chorreando agua por todos lados.

    Ya lo verás, si es que entra en el coche. Junté infinidad de caracoles, maderas y piedras. Los otros días encontré un extraño pez rojo que había arrojado el agua. Todavía estaba vivo. Lo metí en un balde, lo reviví y luego fui hasta la Lucila, que tiene un muelle muy largo, y lo devolví al mar. Puede ser que algún día vuelva a encontrarlo, más grande y se acuerde de mí.

    Me alegra mucho que trabajes en el colegio. Eso te hará bien. A vos y a todos los que te quieren. Trata, como tu hermana, de leer y ver buenas cosas que te ayuden en la vida, que formen tu voluntad y eduquen tu espíritu. Nosotros nacimos para las grandes cosas, sin despreciar a nadie. Para vivir en la luz, la verdad y la belleza.

    Un beso grande.

    Papá.

    5 min
  • Carta de León Ferrari a Juan Pablo II pidiendo la anulación del Juicio Final (Lee Jorge D'Elia)

    Cuando se habla del artista León Ferrari, muchas veces los periodistas usan la palabra irreverente. Sin embargo, ese término es inexacto. Para que se den una idea, Ferrari, junto a otros artistas, fundó un club al que llamó “CIHABAPAI”. ¿Qué significa es sigla? Club de Impíos Herejes Apóstatas Blasfemos Ateos Paganos Agnósticos e Infieles en formación.

    Si hay algo que hizo Ferrari a lo largo de su carrera es enfurecer a los católicos de su país. En 2004, una de sus muestras fue clausurada, por la inclusión de un objeto de Jesús crucificado sobre un avión bombardero estadounidense. El entonces cardenal Jorge Bergoglio, hoy Papa Francisco, calificó a la obra de “blasfema”.

    Años antes, en 1997, León Ferrari, en nombre de su club, le escribió una carta a Juan Pablo II, en la que le exigía la anulación del Juicio Final y de la inmortalidad. Poderoso sarcasmo. Belleza de ideas. La provocación como arma estética y política. Lee el actor Jorge D'Elía.

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    Buenos Aires, 24 de diciembre de 1997.

    A Juan Pablo II

    De nuestra consideración:

    Se acerca el fin del milenio. Se acerca, posiblemente, el Apocalipsis y el Juicio Final. Si es cierto que son pocos los que se salvan, como advierte el Evangelio, se acerca para la mayor parte de la humanidad el comienzo de un infierno inacabable. Para evitarlo basta volver a la justicia que Dios Padre dictó en el Génesis. Si Él castigó la desobediencia de Eva suprimiendo nuestra inmortalidad, no es justo que el Hijo nos la haya restituido, tantos siglos después, prolongando padeceres.

    Si una parte de la Trinidad dicta una sentencia cuya pena termina y se completa con la muerte, no puede otra parte abrir cada causa, agregar otra sentencia, resucitar el cadáver y aplicar un castigo adicional que repite infinitas veces el castigo ya cumplido por el pecador una vez muerto. La justicia del Hijo contradice y viola la del Padre. La existencia del Paraíso no justifica la del Infierno: la bondad de los pocos salvados no les permitirá ser felices sabiendo eternamente que novias o hermanas o madres o amigos y también desconocidos y enemigos (prójimo que Jesús nos ordena amar y perdonar) sufren en tierras de Satanás. Le solicitamos entonces volver al Pentateuco y tramitar la anulación del Juicio Final y de la inmortalidad.

    Lo saludamos atentamente,

    CIHABAPAI.

    6 min
  • Carta de rechazo de Manuela Sáenz a su ex marido (Lee Cristina Banegas)

    Los libros de historia suelen hablar de los hombres como únicos agentes de cambio del proceso histórico. De Manuela Sáenz se dice que fue la amante de Simón Bolívar. Pero ésa es una mirada muy chiquita y muy injusta sobre su vida. Ella organizó tertulias, reclutó tropas, procuró ropa y material para el ejército. Fue una figura clave para la historia independentista de América del Sur.

    En 1816, en uno de sus viajes a Panamá con su padre, Manuela fue presentada a James Thorne, un médico y comerciante inglés que la doblaba en edad. El matrimonio fue arreglado y Manuela aceptó el trato de su padre con resignación.

    Algunos años más tarde, una noche de junio de 1822, Manuela conoció a Simón Bolívar en una fiesta en su honor, luego de su entrada triunfante con el Ejército Patriota en Quito. Se enamoraron. Se convirtieron en amantes, en compañeros y en confidentes.

    En una decisión inédita para la época, Manuela se separó de Thorne para iniciar una relación con Bolívar y vivir sola en una casa. Pero el médico no se resignaba. En varias ocasiones le pidió que volviera a su lado. Pero eso era imposible. Ella amaba a Bolívar y describía a Thorne como un “langostino desabrido”.

    Después de una de sus insistencias, Manuela le dijo nuevamente que no con esta contundente carta. Lee -y es un honor contar con ella- la actriz, directora y docente Cristina Banegas.

    ******

    ¡No, no, no más hombre! ¡Por Dios! ¿Por qué me hace usted escribirle, faltando a mi resolución? Vamos, ¿qué adelanta usted sino hacerme pasar por el dolor de decirle mil veces no?

    Señor: usted es excelente, es inimitable; jamás diré otra cosa sino lo que es usted. Pero, mi amigo, dejar a usted por el general Bolívar es algo; dejar a otro marido sin las cualidades de usted, sería nada.

    ¿Y usted cree que yo, después de ser la predilecta de este general por siete años, y con la seguridad de poseer su corazón, preferiría ser la mujer de otro, ni del Padre, ni del Hijo, ni del Espíritu Santo, o de la Santísima Trinidad?

    Si algo siento es que no haya sido usted mejor para haberlo dejado. Yo sé muy bien que nada puede unirme a Bolívar bajo los auspicios de lo que usted llama honor. ¿Me cree usted menos honrada por ser él mi amante y no mi esposo? ¡Ah!, yo no vivo de las preocupaciones sociales, inventadas para atormentarse mutuamente.

    Déjeme usted en paz, mi querido inglés. Hagamos otra cosa. En el cielo nos volveremos a casar, pero en la tierra no. ¿Cree usted malo este convenio? Entonces diría yo que usted es muy descontentadizo.

    En la patria celestial pasaremos una vida angélica y toda espiritual (pues como hombre, usted es pesado); allá todo será a la inglesa, porque la vida monótona está reservada a su nación (en amores digo; pues en lo demás, ¿quienes más hábiles para el comercio y la marina?). El amor les acomoda sin placeres; la conversación, sin gracia, y el caminar, despacio; el saludar, con reverencia; el levantarse y sentarse, con cuidado; la chanza, sin risa.

    Todas estas son formalidades divinas; pero a mí, miserable mortal, que me río de mí misma, de usted y de todas las seriedades inglesas, ¡Qué mal me iría en el cielo! Tan malo como si me fuera a vivir en Inglaterra o Constantinopla, pues me deben estos lugares el concepto de tiranos con las mujeres, aunque no lo fuese usted conmigo, pero sí más celoso que un portugués. Eso no lo quiero. ¿No tengo buen gusto?

    Basta de chanzas. Formalmente y sin reírme, y con toda la seriedad, verdad y pureza de una inglesa, digo que no me juntaré jamás con usted. Usted anglicano y yo atea, es el más fuerte impedimento religioso; el que estoy amando a otro, es el mayor y más fuerte. ¿No ve usted con qué formalidad pienso?

    Su invariable amiga,

    Manuela.

    8 min
  • Carta de despedida de Angelina Bruschetta a Agustín Lara (Lee Marcela Guzmán)

    No debe ser fácil ser la mujer de alguien tan famoso. Mucho menos, si esa persona es Agustín Lara, galán codiciado y figura emblemática del bolero mexicano. Autor de más de 500 canciones. Por ejemplo, “Noche de ronda” y “María Bonita”. El “Flaco”, así, le dicen en su país. Cuando ya era una estrella, Lara inició un romance con Angelina Bruschetta, a quien -según dicen sus biógrafos- amaba con locura. El vínculo duró de 1928 a 1938. En esos años, ella siempre fue su asistente personal, su agenda, su secretaria sin sueldo. Eso, sumado a las infidelidades de Lara, transformaron su vida en algo opaco y rutinario. Un buen día, Angelina se cansó. Sin preaviso, dejó esta carta de despedida en el tapa del piano. El mismo piano que Lara usaba para componer y dedicarle canciones de amor. Lee la actriz Marcela Guzmán.


    ******


    Agustín:

    Tal vez porque mi menguada personalidad no alcanzó nunca la desmesurada dimensión que has adquirido tú es por lo que me invade una espantosa sensación de desamparo al salir de tu vida. Sé que en la mía nunca serás un eco, sino voz viva, latente presencia.

    Con todo, ahora, durante tu ausencia, logré encontrarme a mí misma, aún sofocada dentro de las estrujantes sensaciones que me han envuelto desde la confesión de Maquencita.

    Ahora estoy consciente de que sería imperdonable locura aceptar un matrimonio compartido con un fantasma de tu pasado; un matrimonio mutilado de antemano.

    Es mejor así. Tú siempre estarás bajo los reflectores de la fama, y yo volveré a la oscuridad, donde tal vez llegue tu luz e ilumine mis noches sin torturantes remordimientos. Otras serán mis torturas; las presiento desde ya; y mi vida correrá entre tres palpitantes eras: antes de ti, contigo y después de ti. 

    No te dejo un adiós; ni siquiera un hasta luego; si acaso un hasta nunca y mi nombre, Angelina.

    5 min
  • Carta de Goethe sobre el mundo moderno (Lee Rubén Szuchmacher)

    ¿Qué es una carta? ¿Quién se siente capaz para ensayar una definición cabal de algo tan amplio? Algunos libros epistolares simplemente dicen: “Una carta es una conversación entre dos ausentes”. Pues esta es la historia de dos amigos que conversan. En este caso, se trata de dos personas notables.

    Por un lado, Goethe, el máximo autor de la literatura alemana y uno de los pensadores más importantes de Occidente. Y, por el otro, el músico Karl Zelter. Fueron muy amigos y se escribieron una gran cantidad de cartas, recopiladas en varios tomos que aún hoy pueden encontrarse en las librerías de usados.

    Goethe no sólo nos dejó obras inmortales, como “Fausto” y “Las penas del joven Werther”. También nos legó un modo de concebir la vida y al ser humano, que se vislumbra en esta carta. Acá, le escribe a su amigo. Le dice que está preocupado por un presente -hablamos del año 1825- en el que todo el mundo busca sólo la riqueza y la velocidad. Lee el actor, director y docente Rubén Szuchmacher.

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    Mi querido amigo: En el presente todo es ultra. Todo tiene una trascendencia continua tanto en la forma de pensar como en la de actuar. Nadie se conoce a sí mismo, nadie conoce el elemento en el que trabaja y evoluciona o la materia en la que se ocupa.

    Se ejerce demasiado pronto una gran presión sobre los jóvenes, que luego son arrastrados por la vorágine del tiempo. Lo que todo el mundo admira y cada uno busca es la riqueza y la velocidad.

    El ferrocarril, el correo urgente, los barcos de vapor y los servicios de comunicación son los medios que el mundo desarrollado utiliza para avanzar y lo que hace que se atasque en la mediocridad.

    Este fenómeno es además el resultado de la generalidad, de la banalización de una cultura media. Intentemos, en la medida de lo posible, mantener nuestro estado de ánimo y entonces, tal vez con algunos otros, seremos los últimos de una época que no volverá pronto.

    5 min
  • Carta de Susan Sontag a Borges a diez años de su muerte (Lee Marcela Ferradás)

    Me encuentro con Borges. Tengo la sensación de estar frente a la literatura. O, mejor, de ver funcionar una maravillosa máquina de hacer literatura”. Ricardo Piglia escribió eso sobre el autor de “Ficciones” en uno de sus libros. Se podrían llenar tomos y tomos con ensayos sobre la literatura argentina “después de Borges...” O sobre quién es el escritor número dos, obviamente sabiendo quién ocupa el lugar de mayor privilegio.

    Pero su impronta es universal y excede a los escritores argentinos. En 1996, a diez años de la muerte de Borges, la escritora estadounidense Susan Sontag le escribió esta hermosa carta en la que habla de eternidad, de humildad y de cómo, aunque ya no está, todavía seguimos aprendiendo de él. Lee la actriz Marcela Ferradás.


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    Querido Borges:

    Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. (Borges, son diez años.) Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted.

    Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores... así como el más artístico. También tenía algo que ver con una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo bastante prolongado, perfeccionó las prácticas de fastidio e indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental hacia otras eras. Tenía un sentido del tiempo diferente al de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían banales bajo su mirada.

    A usted le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, que escribió algo así como “el presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado”. Eso, por supuesto, formaba parte de su modestia: su gusto por encontrar sus ideas en las ideas de otros escritores.

    Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia. Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser inventivo... y usted era, sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte usted dijo que un escritor -delicadamente agregó: todas las personas- debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)

    Usted fue un gran recurso para otros escritores. En 1982 -es decir, cuatro años antes de morir (Borges, son diez años)- dije en una entrevista:

    “Hoy no existe ningún otro escritor viviente que importe más a otros escritores que Borges. Muchos dirían que es el más grande escritor viviente... Muy pocos escritores de hoy no aprendieron de él o lo imitaron”.

    Eso sigue siendo así. Todavía seguimos aprendiendo de usted. Todavía lo seguimos imitando. Usted ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al mismo tiempo que proclamaba, una y otra vez, nuestra deuda con el pasado, por sobre todo con la literatura. Usted dijo que le debemos a la literatura prácticamente todo lo que somos y lo que fuimos. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son sólo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos dan el modelo de la auto-trascendencia. Algunos piensan que la lectura es sólo una manera de escapar: un escape del mundo diario “real” a uno imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más.

    8 min
  • Carta de amor de Delmira Agustini a Manuel Ugarte (Lee Stella Galazzi)

    ¿Hay algo más triste que casarse sin amor? Digo, hacerlo sin esperanza, con la certeza de estar dando un paso con quien no es ni será. Eso le pasó a la uruguaya Delmira Agustini, voz fundamental de la poesía modernista. Pero le pasaron muchas cosas más. Uno de los testigos de su boda fue el intelectual y diplomático Manuel Ugarte, de quien ella ya estaba enamorada.

    Finalmente, en este caso la palabra más propia seria “tristemente”, Delmira se casó con Enrique Job Reyes en 1913 y en menos de dos meses ya estaba viviendo de nuevo en casa de sus padres. Lo hizo pensando todo el tiempo en Manuel. Y esta carta es una prueba de eso.

    Manuel le había escrito días después de su boda, quizás reprochando indiferencia, quizás sin saber el tormento que estaba pasando ella. Delmira le contesta con este texto. “Usted, sin saberlo sacudió mi vida”. Vivieron um romance si pero Su vida tuvo un final aún más trágico que su casamiento: fue asesinada por su ex marido de dos tiros en la cabeza. Lee la actriz Stella Galazzi.

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    Su carta me ha hecho casi más mal que su silencio. Yo creía que usted me interpretaba mejor. Estoy cierta de no haberle dicho en mi “arabesco literario” una sola cosa que no fuera verdad, y que no fuera, eso sí, más pálida que la verdad. Y lo más raro del caso es que protesto de sus palabras y, en el fondo, tal vez, le doy la razón.

    Es que hay sinceridades difíciles. Ese ligerísimo velo artístico era casi necesario. Piense usted que yo debo adivinar y decir. Piense usted que todo lo que yo le he dicho se podría condensar en dos palabras. En dos palabras que pueden ser las más dulces, las más simples, o las más difíciles y dolorosas. Piense usted que esas dos palabras que yo pude en mi conciencia decirle al otro día de conocerle, han debido ahogarse en mis labios ya que no en mi alma.

    Para ser absolutamente sincera, yo debí decirlas; yo debí decirle que usted hizo el tormento de mi noche de bodas y de mi absurda luna de miel... Lo que pudo ser, a la larga, una novela humorística, se convirtió en tragedia. Lo que yo sufrí aquella noche no podré decírselo nunca. Entré a la sala como a un sepulcro sin más consuelo que el de pensar que lo vería. Mientras me vestían, pregunté no sé cuántas veces si había llegado. Podría contarle todos mis gestos aquella noche... La única mirada consciente que tuve, el único saludo inoportuno que inicié, fueron para usted. Tuve un relámpago de felicidad.

    Me pareció en un momento que usted me miraba y me comprendía. Que su espíritu estaba bien cerca del mío entre toda aquella gente molesta. Después, entre besos y saludos, lo único que yo esperaba era su mano. Lo único que yo deseaba era tenerle cerca un momento. El momento del retrato... y después sufrir; sufrir hasta que me despedí de usted. Y después sufrir más, sufrir lo indecible.

    Usted, sin saberlo sacudió mi vida. Yo pude decirle que todo esto era en mí nuevo, terrible y delicioso. Yo no esperaba nada. Yo no podía esperar nada que no fuera amargo de este sentimiento, y la voluptuosidad más fuerte de mi vida ha sido hundirme en él. Yo sabía que usted venía para irse, dejándome la tristeza del recuerdo y nada más. Y Yo prefería eso, y prefiero el sueño de lo que pudo ser, a todas las realidades en que usted no vibre. Yo debí decirle todo eso, y más, para ser absolutamente sincera.

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    9 min
  • Carta de Marie Curie a su difunto esposo Pierre (Lee Ana María Picchio)

    ¡Bienvenidos y bienvenidas! A la tercera temporada de Epistolar. Estamos muy contentos de retomar el contacto con ustedes a través de las cartas, que cuentan retazos de vida de personajes fascinantes.

    El piano que escuchaste en la intro es una interpretación de Pía Garmendia exclusiva para Epistolar e inspirada en la música de José Ferrufino. Y la guitarra y la melodía que suenan ahora son también de José, un viejo amigo de la casa. El diseño del arte es de Cecilia Buldain y esta es una producción de Diego Jemio y Tomás Sprei.

    Ahora vamos a las cartas. Hay muchas formas de presentar a Marie Curie. Y quizás ningún intento logre dar noción de su inmensa vida. La polaca fue una de las madres de la ciencia moderna, alguien que dedicó la vida al conocimiento. Sus investigaciones le valieron dos premios Nobel. Uno de Física en 1903, junto a su marido Pierre. Así se convirtió en la primera mujer en obtener ese galardón. Y otro de Química en 1911, ya en solitario.

    Pero esta carta habla menos de ciencia y más del vacío de una pérdida. Tres años después de ganar el primer Nobel, Marie Curie perdió a su marido Pierre, que murió atropellado por un coche de caballos en París. En esta carta, publicada en uno de sus diarios, ella le dice cuánto lo extraña. Le cuenta que el trabajo la salva. Le cuenta que está sola en el laboratorio. Y que así, al menos, tiene la ilusión de conservar un resto de su vida.

    Lee -y es un honor para nosotros contar con ella- la actriz Ana María Picchio.

    ******

    Mi pequeño Pierre, quisiera decirte que los ébanos falsos han florecido, y que las glicinias y el espino blanco y los lirios también empiezan a hacerlo. Te habría encantado ver todo esto y calentarte al sol. Quiero decirte también que me han nombrado para tu puesto y ha habido imbéciles que me han felicitado. Y también que sigo viviendo sin consuelo y que no sé en qué me convertiré ni cómo soportaré la tarea que me queda. Por momentos, me parece que mi dolor se debilita y se adormece, pero enseguida renace tenaz y poderoso.

    Quiero decirte que ya no me gustan ni el sol ni las flores. Verlos me hace sufrir, me siento mejor con un tiempo sombrío como el del día de tu muerte. Y si el buen tiempo no me parece odioso es porque mis hijas lo necesitan.

    El domingo por la mañana fui a la tumba de mi Pierre. Quiero hacer un panteón y habrá que trasladar tu ataúd.

    Trabajo en el laboratorio todos los días, es todo lo que puedo hacer; estoy mejor ahí que en ningún otro sitio. Siento cada vez más que mi vida contigo se ha terminado irrevocablemente.

    Pierre mío, todo ha pasado ya y la vida se aleja de mí cada vez más; me queda la tristeza y el desaliento. No concibo nada que me pueda dar una alegría personal salvo quizá el trabajo científico; y tampoco, ya que si lo consiguiera, me afligiría que tú no supieras nada. Pero este laboratorio me produce la ilusión de conservar un resto de tu vida y las huellas de tu paso.

    He encontrado un pequeño retrato tuyo junto a la balanza, un retrato de aprendiz, es cierto, y en absoluto una obra de arte, pero con una expresión sonriente tan bonita que no puedo mirarla sin que los sollozos me agiten el pecho. Porque nunca más volveré a ver tu dulce sonrisa.

    Marie Curie.

    8 min
  • Carta de Rainer Maria Rilke a un joven poeta (Lee Claudio da Passano)

    Este es el episodio 50 y el último de la segunda temporada de epistolar. Llegamos con esta a la carta número 100 desde el inicio de este podcast. Y queremos decirle un enorme gracias a todos. En poco tiempo, se viene la tercera temporada, con nueva artística, música y, por supuesto, nuevas cartas. En nuestras redes te iremos contando las novedades.

    Este episodio tiene como protagonista a uno de los autores más exquisitos de la literatura epistolar: Rainer María Rilke. Entre 1903 y 1908, el poeta -que ya era consagrado- tuvo un extenso intercambio epistolar con Franz Kappus, un cadete militar y aspirante a escritor. El libro “Cartas a un joven poeta” es el resultado de esa experiencia.

    Son textos de una de las plumas más brillantes en lengua alemana. Pero también grandes reflexiones espirituales y emocionales sobre la condición del artista. En este caso, el joven escritor le manda algunos de sus poemas. Y le solicita un dictamen sobre la calidad de sus textos. Lee el actor Claudio da Passano.

    ****

    París, a 17 de febrero de 1903

    Muy distinguido señor:

    Hace sólo pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y afectuosa confianza quiero darle las gracias. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier intención de crítica.

    Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien —ya que me permite darle consejo— he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo.

    Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: “¿Debo yo escribir?” (....)

    ¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual no podría causarle perturbación más violenta que la que sufriría si usted se empeñase en mirar hacia fuera, esperando que del exterior llegue la respuesta a unas preguntas que sólo su más íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a contestar.

    Le devuelvo los versos, que usted me confió tan amablemente. Una vez más le doy las gracias por la magnitud y la cordialidad de su confianza. Mediante esta respuesta sincera y concienzuda, he intentado hacerme digno de ella: al menos un poco más digno de cuanto, como extraño, lo soy en realidad.

    Con todo afecto y simpatía,

    Rainer Maria Rilke

    11 min

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Escribir cartas es una de esas cosas que dejamos de hacer. Este podcast busca rescatar algo que parece un arcaísmo. Artistas le pondrán la voz y el sentimiento a misivas de distintas épocas y…