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El escritor estadounidense Henry Miller conoció a la francesa Anaïs Nin en París en 1931. El tenía 40 años. Y ella 28. La noche que se conocieron hablaron de psicología, filosofía y literatura. Se sedujeron y se hicieron amantes. Todo está contado en los libros que escribió la propia Nin. Exploraron la bohemia parisina y la gran libertad del período de entreguerras. En ese entonces, Miller estaba casado con la bailarina June Mansfield. Cuando Nin la conoció, quedó enamorada de ella. Y formaron uno de los triángulos amorosos más controvertidos del Siglo XX.
Pero el episodio de hoy no es una cama tendida para tres. Miller se despide de Anaïs con una carta llena de imágenes vívidas e intimidad de entrecasa. Una carta que parece final, pero que no lo es. Se escribieron durante muchos años. Y lo hicieron después de la ruptura. Amor apasionado. Amor embriagador. Amor desprejuiciado. Un amor que se termina, pero quién nos quita tanta vida. Lee el actor Agustín Rittano.
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¿Qué son las despedidas si no saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en las sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste o me amaste demasiado o me admiraste como la niña que toma una lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo inacabable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel. Qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos. Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes.
Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable.
El recuerdo puede ser cruel cuando estás volando febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo. Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de mi ciudad con la gente pasando en medio de las calles y la sorpresa en tus ojos y la gran dama con el fuego en la mano derecha.
Mi querida Anaïs, ma petite, ma jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle; te extraño cuando June se acerca cariñosa y cuando paso por los grandes aparadores. Te extraño casi a todas horas: cuando escribo, cuando te pienso, cuando escucho las campanas que me anuncian que ya son las tres, cuando me acuerdo de las horas interminables entre humo y whisky, cuando tengo una comida que dura toda la tarde, también cuando me despido de ti cada día a la misma hora, cuando como en aquel lugar donde nos dio el aire y cuando escucho la radio.
Adiós, Anaïs, adiós. Ya nos encontraremos en otras vidas y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre. Ya te veré en medio de la nieve y entre libros y vino. Adiós, tuyo siempre.
Henry.
“Viva la anarquía”. Ésas fueron las últimas palabras que dijo Severino Di Giovanni antes de ser fusilado en 1931 por la dictadura de Uriburu en Argentina. Fue un periodista y obrero italiano, luchador antifascista, víctima del régimen de Benito Mussolini y, por supuesto, anarquista. Protagonizó asaltos espectaculares y atentados con bombas. “Peleó contra la injusticia con propia mano, con todos los medios, aunque caigan inocentes”, lo definió Osvaldo Bayer, que investigó su vida en profundidad para el libro “El idealista de la violencia”.
De todas formas, pese a la persecución, Di Giovanni mantenía viva la polémica con sus compañeros y la escritura de artículos y poemas. Pero el momento más alto de su escritura no está en el debate caliente de ideas sino en sus cartas de amor. Esta es una selección de tres preciosos textos, escritos entre 1928 y 1929, dirigidos a su amada, la adolescente y también anarquista América Scarfó. Lee el actor Ariel Nuñez. El arte que acompaña este episodio es de José Castaneda-Romero (@cilantropofago).
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Amiga mía: tengo fiebre en todo mi cuerpo. Tu contacto me ha atestado de todas las dulzuras.
No puedes jamás imaginar como aumenta el bien en mí, cada vez que te veo. En cambio de apagarse momentáneamente el incendio que me devora, cada uno de nuestros encuentros, cada uno de nuestros coloquios, cada uno de nuestros abrazos no sirven más que para dar alimento a la llama encendida de mi corazón. Y ese alimento consume, devora, quema, arde, arde tanto y no sabe darme ningún bálsamo restaurador, ningún refresco delicioso, ninguno de los tantos minutos de reposo que solo podre anhelar cuando estés junto a mí...
Tus cartas me impulsan tan alto, tanto, tanto, hasta hacerme doler de pura felicidad. Una carta tuya es el compendio de la primavera que me obliga al frenesí, que me empuja al regazo jovial del verde inmenso y me sofoca bajo una avalancha de flores.
Jamás como en estos larguísimos días he ido bebiendo a sorbos los elixires de la vida. Esa vida a la cual es necesario brindarle la elevación exquisita de la rebelión del brazo y de la mente.
Te dije, en aquel abrazo expansivo cuánto te amaba, y ahora quiero decirte cuánto te amaré. Porque el pan de la mente que sabe materializar todas las idealidades elegidas de la existencia humana, nos será la guía más experta para resolver nuestros problemas; y debo decirte con toda la sinceridad de un amigo, de un amante y de un compañero, que nuestra unión será bella y prolongada, gozosa y plena de todos los sentimientos: grande e infinitamente eterna.
Y cuando te hablo de eternidad quiero aludir a la eternidad del amor, a todo aquello que el corazón ha querido, gozado y amado. Porque el amor jamás muere. El amor que ha germinado lejos del vicio y del prejuicio es puro, y en su pureza no se puede contaminar. Y lo incontaminado pertenece a la eternidad.
Mariquita Sánchez de Thompson es una de las personas que encendió la llama feminista en la Argentina. Un país que, como todos en la región, tiene muchos “padres” de la patria, pero ninguna madre. Fue política y defensora de la necesidad de educación para las mujeres. Aunque la historia la recuerda sólo como la mujer que prestó su casa para estrenar el Himno Nacional Argentino. Ella hizo de un tema privado algo público. Y se animó a decidir su destino.
Su familia quería casarla con un hombre adinerado y bastante mayor que ella. Pero Mariquita amaba a su primo Martín Thompson. Y eso significó un enfrentamiento con sus padres. Esta carta fue escrita al Virrey Rafael Sobremonte en 1804. “Me es preciso defender mis derechos”, dice al inicio. Le pide que interceda y le cuenta su estrategia. Este texto terminó siendo una declaración de principios: se pudo casar con su primo y consiguió un espacio en los asuntos políticos de su país.. Lee la actriz Malena Solda.
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Señor: Ya llegado el caso de haber apurado todos los medios de dulzura que el amor y la moderación me han sugerido por espacio de tres largos años para que mi madre, cuando no su aprobación, cuanto menos su consentimiento me concediese para la realización de mis honestos como justos deseos; pero todos han sido infructuosos, pues cada día está más inflexible.
Así me es preciso defender mis derechos: o Vuestra Excelencia mándeme llamar a su presencia, pero sin ser acompañada de la de mi madre, para dar mi última resolución, o siendo ésta la de casarme con mi primo, porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen (…).
Nuestra causa es demasiado justa, según comprendo, para que Vuestra Excelencia nos dispense justicia, protección y favor. No se atenderá a cuanto pueda yo decir en el acto del depósito, pues las lágrimas de madre quizás me hagan decir no sólo que no quiero salir, pero que ni quiero casarme.
(…) Por último, prevengo a Vuestra Excelencia que a ningún papel mío que no vaya por manos de mi primo dé Vuestra Excelencia asenso ni crédito, porque quién sabe lo que me pueden hacer que haga.
Por ser ésta mi voluntad, la firmo en Buenos Aires, a 10 de julio de 1804.
Leonora Carrington nació en Inglaterra en 1917 y murió en México en 2011. Tuvo una vida signada por el arte y por una profunda búsqueda de la libertad en una época en la que las mujeres no podían salirse del guión. La pintora se rebeló en primer lugar contra su familia aristocrática, que en algún momento la encerró en un psiquiátrico en España. Y luego contra sus colegas surrealistas, como Dalí, Miro y Bretón, que la trataban como a una musa. Y nunca como a una par.
A inicio de la década del 40, con la amenaza de sus padres de internarla nuevamente, decide huir a Portugal. Allí conoce al poeta y diplomático mexicano Renato Leduc. Se casan en Lisboa y deciden emigrar a Nueva York.
Él era un personaje muy popular en esa ciudad y con muchas actividades. Y ella no veía a nadie, no hablaba español y no conocía Nueva York. Quería viajar a México, donde muchos de sus colegas y amigos habían encontrado exilio. Si una carta es una conversación entre dos ausentes, en este caso la ausencia es breve. Él salía de casa por la mañana y regresaba de noche. Ella se pasaba el día extrañándolo. Pintaba en algunos momentos. Lloraba en otros. Y escribía cartas desesperadas como esta. Lee la actriz Verónica De Alba.
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Mi querido Renato, cuando volvía por la calle esperaba encontrarte aquí, es triste este lugar… Sin embargo, tengo la impresión de que has estado aquí. ¿Saliste de nuevo? ¿Llegué muy tarde? Muero lenta y dolorosamente por las ganas de verte, vuelve pronto.
Sólo voy a destender la cama, engullidora de fornicadores, cuando regreses. No me atrevo a acostarme sola en tal artilugio, tendría miedo de caer en el abismo que hay en medio. Te amo atrozmente, este lugar es horrible sin ti, y aquí me la paso toda la mañana. Detesto Nueva York.
Te amo y tengo ganas de acostarme contigo, tengo ganas de abrazarte y de lamerte. Se hace tarde y no vienes, no le temo a nada, por amor de Dios o de Satán (más bien por amor de Satán). Regresa pronto pronto, Renato. Tengo ganas de ti y me vuelvo loca sin ti. Ven pronto. Estoy angustiada, te necesito.
¿Tienes idea de cuánto te necesito? Renato, por el amor del diablo ven pronto. No sé si deba salir a buscarte, y no sé dónde buscarte… Eso es lo espantoso. Es en estos momentos cuando me doy cuenta de lo cerca que estoy de volverme loca, por tan poco transpiro y tiemblo.
¿Salgo o no salgo? Es difícil saberlo. Si este amor se vuelve latoso para ti debes saber que no hay que enamorarse de las locas, todas somos así.
Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo.
Estoy torturada, estoy agonizando, estoy rabiosa, y exagero.
Charles Bukowski no siempre fue un escritor canónico de la literatura estadounidense. Trabajó como lavacopas. Cuidó coches. Y fue cartero en Los Ángeles durante 15 años. Hasta que un día, a los 49 años, tuvo un golpe de suerte. Fue descubierto por John Martin, de la editorial Black Sparrow. Él mecenas le hizo la siguiente oferta: te voy a pagar 100 dólares de por vida para que te dediques sólo a escribir. Bukowski, por supuesto, aceptó la oferta. Y luego de dos años le entregó la novela “Cartero”. Mucho tiempo después, cuando ya era un escritor consagrado, le escribió a John Martin esta arenga furiosa sobre el carácter alienante del trabajo. Lee el actor Gerardo Romano.
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12 de agosto de 1986
Hola, John:
Gracias por la carta. A veces no duele tanto recordar de dónde venimos. Y tú conoces los lugares de donde yo vengo. Incluso las personas que intentan escribir o hacer películas al respecto, no lo entienden bien. Lo llaman “De 9 a 5”. Sólo que nunca es de 9 a 5. En esos lugares no hay hora de comida y, de hecho, si quieres conservar tu trabajo, no sales a comer. Y está el tiempo extra, pero el tiempo extra nunca se registra correctamente en los libros, y si te quejas de eso hay otro zoquete dispuesto a tomar tu lugar.
Ya conoces mi viejo dicho: “La esclavitud nunca fue abolida, sólo se amplió para incluir todos los colores”.
Lo que duele es la pérdida constante de humanidad en aquellos que pelean para mantener trabajos que no quieren pero temen una alternativa peor. Pasa, simplemente, que las personas se vacían. Son cuerpos con mentes temerosas y obedientes. El color abandona sus ojos. La voz se afea. Y el cuerpo. El cabello. Las uñas. Los zapatos. Todo.
Cuando era joven no podía creer que la gente diera su vida a cambio de esas condiciones. Ahora que soy viejo sigo sin creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Por sexo? ¿Por una televisión? ¿Por un automóvil a pagos fijos? ¿Por los niños? ¿Niños que harán justo las mismas cosas?
Desde siempre, cuando era bastante joven e iba de trabajo en trabajo, era suficientemente ingenuo para a veces decirle a mis compañeros: “¡Eh! El jefe podría venir en cualquier momento y echarnos, así como así, ¿no se dan cuenta?”.
Ellos lo único que hacían era mirarme. Les estaba ofreciendo algo que ellos no querían hacer entrar a su mente.
Ahora, en la industria, hay muchísimos despidos (acererías muertas, cambios técnicos y otras circunstancias en el lugar de trabajo). Los despidos son por cientos de miles y sus rostros son de sorpresa:
“Estuve aquí 35 años…”.
“No es justo…”.
“No sé qué hacer…”.
A los esclavos nunca se les paga tanto como para que se liberen, sino apenas lo necesario para que sobrevivan y regresen a trabajar. Yo podía verlo. ¿Por qué ellos no? Me di cuenta de que la banca del parque era igual de buena, que ser cantinero era igual de bueno. ¿Por qué no estar primero aquí antes de que me pusiera allá? ¿Por qué esperar?
Escribí con asco en contra de todo ello. Fue un alivio sacar de mi sistema toda esa mierda. Y ahora estoy aquí: un “escritor profesional”. Pasados los primeros 50 años, he descubierto que hay otros ascos más allá del sistema.
Recuerdo que una vez, trabajando como empacador en una compañía de artículos de iluminación, uno de mis compañeros dijo de pronto: “¡Nunca seré libre!”.
Uno de los jefes caminaba por ahí (su nombre era Morrie) y soltó una carcajada deliciosa, disfrutando el hecho de que ese sujeto estuviera atrapado de por vida.
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Séneca fue muchas cosas: político, hombre de negocios, orador, poeta y, por supuesto, filósofo. Su obra más conocida es “Cartas a Lucilio”, escrita entre los años 62 y 64. En esa serie de epístolas, dirigidas a su discípulo y amigo, nos enseña cómo vivir. Usa al género epistolar para exponer sus enseñanzas filosóficas; son “cartas-tratados” sobre sus preocupaciones, vivencias y lecturas. Los textos son fascinantes y asequibles. Abarcan una multitud de temas, desde las cuestiones éticas a la naturaleza y pasando por las propiedades de la carne en gelatina para luchar contra los achaques. En este caso, elegimos una en la que habla del paso del tiempo. Lee el actor y director Norman Briski.
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Séneca a su Lucilio saluda,
Actúa así, Lucilio, reivindícate a ti mismo y también al tiempo del que hasta ahora fuiste despojado, desposeído o que te fuera escamoteado: reconquístalo y presérvalo.
Convéncete que es tal como lo escribo: el tiempo nos es a veces arrebatado con violencia, otras usurpado, a veces simplemente se evanesce. Ignominiosa es sin embargo tal dilución cuando acontece por pura negligencia.
Presta atención: gran parte de nuestra existencia transcurre o bien mediocremente vivida, o directamente no vivida, o de tal manera vivida que ni siquiera merece llamarse vida.
¿Quién puedes mencionar, capaz de poner un precio al tiempo, de evaluar el día, quién que comprenda que con cada día en parte muere?
En esto justamente nos equivocamos burdamente: en la percepción de la muerte como un acontecimiento sólo del futuro. Gran parte de ella se encuentra ya tras de nosotros: cualquiera de nuestras épocas pasadas, es la muerte quien ya las posee.
Condúcete entonces, Lucilio, como me lo manifiestas en tus escritos: amalgámate con cada una de tus horas, depende menos del mañana para tomar en tus manos el presente. Mientras la diferimos, la vida transcurre.
Todo lo demás, ¡Oh Lucilio! nos es ajeno: sólo el tiempo, objeto tan fugaz como esquivo, es nuestro. Es la única posesión con la que la naturaleza nos invistió. ¡Y sin embargo toleramos a quienquiera desposeernos del mismo!
Pero tanta es la necedad de los mortales, que nos sentimos en deuda frente a aquellos de quienes obtenemos cosas insignificantes y fútiles, sin duda substituibles. Pero nadie a quien se le consagra tiempo se estima estar en deuda, cuando no obstante beneficia del único bien que ni el más agradecido podrá restituir nunca.
Te preguntas quizás lo que conmigo mismo acontece, yo que estos preceptos propugno. Te lo digo sin reparos: si bien vivo entre los fastuosos, soy diligente y llevo debida cuenta de mis gastos. No puedo decir que no pierda nada, pero sea lo que sea que pierda, puedo dar cuenta de su cuantía y de la razón de mi pobreza. Me acontece empero lo que a tantos otros que, sin culpa, cayeron en la indigencia: todos perdonan, nadie socorre.
¿Y entonces qué? No considero pobre aquel de alguna manera es aún capaz de gozar de lo poco que le queda. Pero en cuanto a ti, prefiero que te ocupes de ti mismo y que comiences en buena hora.
En efecto, tal como solían decir nuestros mayores: "extemporáneo es el ahorro cuando ya se tocó fondo". El último resto no sólo es lo mínimo sino también lo peor.
Seneca.
Hunter Thompson fue un cronista y escritor estadounidense. Se lo considera el padre del “periodismo gonzo”, un estilo narrativo que propone una inmersión personal -y total- en la historia que se cuenta. Sus textos se analizan en las escuelas de periodismo y su figura se transformó en un símbolo de la contracultura de los años 60. Contó la pesadilla detrás del “sueño americano”. Buena parte de su trabajo se publicó en la Rolling Stone. Y muchos periodistas querían ser como él. Aunque claro, no era fácil tratar con el hombre, que tenía un humor rabioso y una afición por el lado salvaje de la vida. Este texto fue redactado por Thompson en 1972 y era el modelo de carta de rechazo para quienes soñaban con escribir en la revista. Lee el actor y humorista Lucas Lezin.
Hunter Thompson fue un cronista y escritor estadounidense. Se lo considera el padre del “periodismo gonzo”, un estilo narrativo que propone una inmersión personal -y total- en la historia que se cuenta. Sus textos se analizan en las escuelas de periodismo y su figura se transformó en un símbolo de la contracultura de los años 60. Contó la pesadilla detrás del “sueño americano”. Buena parte de su trabajo se publicó en la Rolling Stone. Y muchos periodistas querían ser como él. Aunque claro, no era fácil tratar con el hombre, que tenía un humor rabioso y una afición por el lado salvaje de la vida. Este texto fue redactado por Thompson en 1972 y era el modelo de carta de rechazo para quienes soñaban con escribir en la revista. Lee el actor Lucas Lezin.
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Escucha, inútil iletrado cabeza quemada por el ácido:
Nunca más vuelvas a enviarnos bazofia repugnante como esta. ¿Nadie te dijo que puede provocarle daño cerebral a quien la lea? ¡Si tuviera tiempo, iría hasta allí y te clavaría una puta estaca en la frente! ¿Por qué no te consigues un trabajo en lugar de escribir? De sereno en un cementerio o de repartidor de volantes gratuitos o lo que sea. Los chupapijas como tú son todos iguales. ¿Así que quieres ser uno más de esos descerebrados adictos de la Rolling Stone? Debería matarlos para que dejen de una vez de mandarme textos patéticos como el tuyo. Y ya que estamos, debería matarte a ti también. Métete tu artículo en el fondo del culo y no me molestes más en tu puta vida.
Cordialmente,
Yail Bloor.
María Zambrano fue una de las filósofas españolas más relevantes del siglo XX. Una pensadora a contracorriente discípula de José Ortega y Gasset. Vivió buena parte de su vida en el exilio por su resistencia contra el fascismo y la dictadura del general Franco. Eso la condenó al ostracismo en su país hasta que volvió la democracia. Luego sí fue valorada y premiada. Fue la primera mujer a la que le otorgaron el Premio Cervantes en 1988.
Esta carta forma parte de un bellísimo epistolario de su etapa adolescente. Está dirigida a Gregorio del Campo, que en ese momento era cadete militar en Segovia. “No eres más que un amasijo de ideas”, le había dicho su novio a María, que le respondió con este precioso texto. Lee la actriz Muriel Santa Ana.
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He sentido hace un momento unas ganas muy grandes de escribirte porque me daba cuenta, fuerte y serenamente, de que te quiero y de que estoy para siempre unida a ti. ¡Si tú supieras lo que he cambiado desde que te conozco y te quiero! Para que luego, querido, me digas que no soy más que un amasijo de ideas. Quizá tengas razón, pero entonces había que convenir en que las ideas son la medida de la persona, su razón que la une a la vida y que es su vida.
Mira, dirás que soy rencorosa, pero en esos momentos en que veía con claridad y espontaneidad lo unida que estoy a ti, lo que soy y lo que he evolucionado, en esos instantes, digo, han sonado en mis oídos aquellas trágicas palabras y… yo no sé cómo decirte… Pero no, no quiero hablar nada de eso porque mi orgullo y mi sentido aristocrático de la vida me impide el defenderme de una injuria. Y es más, me molesta decirte cosas buenas, que te hagan recordar aquellas molestas frases y ver su injusticia.
Verdaderamente si a mí alguna vez me procesaran, como no tuviese yo algo que representara para mí más que ningún otro sentimiento mío, sería capaz de dejarme condenar por no defenderme.
Y si vieses con la indiferencia que miro todo y lo apartada de todo que estoy. Me encuentro por completo en tu manera de pensar y de ver la vida; lo noto en cualquier detalle (que son los que revelan la verdad) y en el estado general de mi alma, en las impresiones que me dan las cosas; en fin, en todo. Por eso me indigna el que nosotros mismos, que debemos mirarnos como una sola y misma cosa tengamos esas disputas tan agrias, es gana de fastidiarnos nosotros mismos.
Mira, en verdad te digo que entre nosotros dos no nos debemos ofender y molestar por nada; cuando procedamos mal en algo, eso sí, avisarnos y detenernos, pero serenamente y sobre todo sin enfadarnos el uno contra el otro; eso es lo único, lo verdaderamente malo, lo que puede tener importancia; lo demás con cariño y confianza se resuelve muy fácilmente.
Y pensar, querido, que a estas horas irás solico en tu asiento del tren, hacia tu tierra, hacia tu madre y yo aquí escribiéndote…
Si vieras cómo he sentido tu falta hoy; esta noche, cuando tomaba café después de cenar, qué penica me da! cuánto sentí la falta, tan bien como estuvimos anoche. Y pensaba en cuando le tomemos todas las noches junticos, después de haber trabajado en el día, ya solicos, entregados sólo a querernos, qué bien!... Parece que ya siento la emoción de esas horas llenas de dulzura y de paz, todo estará calladico a nuestro alrededor, y el aire y las cosas todas tendrán un aroma y una expresión de esa calma llena de efluvios de pureza y de felicidad. Mira, será una habitación no muy grande, con mucha luz, pero velada de un tono claro para que nos envuelva y nos recoja mansamente en una atmósfera que nos aísle del mundo; allí estaremos queriéndonos. Y en invierno tendremos una chimenea encendida, verdad? Y todo será muy bonico, muy bonico y nosotros más (Oye: ¿Verdad que me quieres?)
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Gianluigi Buffon logró lo que cualquiera futbolista sueña. Incluso, lo que el más optimista puede llegar a imaginar. El arquero debutó en el Parma a los 17 años. Tiene 42 y, al momento de la grabación de este episodio, sigue jugando y es titular en la Juventus. Ganó un Mundial con la selección italiana en 2006 y otras veintena de títulos nacionales e internacionales. Es el jugador con más partidos disputados en la historia de la Serie A italiana. Algunos lo llaman Super Gigi. Otros van más allá y lo apodan Superman. Tiene fama y dinero. Parece, si uno escucha esta historia, que lo tuviera todo. Pero Gianluigi no es un súper hombre y también sufre. Las exigencias y el ritmo de vida repetitivo de los futbolistas lo llevaron a una gran depresión cuando tenía 26 años. Tiempo después y como una forma de mirarse a uno mismo, Buffon le escribe esta carta a su “yo” de 17 años. Lee el periodista y ex arquero Norberto “Ruso” Verea.
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Querido Gianluigi, de 17 años,
Te escribo esta carta esta noche como un hombre de 41 años que ha experimentado muchas, muchas cosas en la vida y ha cometido algunos errores. Tengo buenas noticias y malas noticias para vos. La verdad es que realmente estoy aquí para hablarte sobre tu alma. Sí, tu alma. Tienes una, lo creas o no.
Comencemos con las malas noticias. Tienes 17 años. Estás a punto de convertirte en un verdadero futbolista, como en tus sueños. Crees que lo sabes todo. Pero la verdad es, mi amigo, que no sabes una mierda.
En solo unos días, tendrás la oportunidad de comenzar tu primer partido de Serie A para Parma, y no sabes lo suficiente de nada como para llegar a asustarte. Deberías estar en la cama, bebiendo leche tibia. ¿Pero qué vas a hacer? Vas a ir a la discoteca con tu buen amigo. Sólo vas a tomar una cerveza, ¿verdad?
Pero luego exageras un poco. Interpretas al personaje de la película. El hombre fuerte. Así es como usualmente enfrentas esta presión que ni siquiera sabes que sientes. Pronto, estarás afuera de la discoteca, discutiendo con algunos policías a la una de la mañana.
En solo unos días, recibirás tres cosas que son muy tóxicas, pero también muy peligrosas: Dinero, fama y el trabajo de tus sueños. Ahora, seguramente estás pensando: ¿Qué podría ser peligroso sobre esto?
Bueno, esto es una paradoja. Por un lado, es cierto que un arquero necesita confianza. Necesita ser valiente. Si le das a un gerente la opción entre el arquero con la mejor técnica del mundo y el más valiente del mundo, te garantizo que elegirá al bastardo intrépido cada vez.
Por otro lado, una persona que no tiene miedo puede olvidar fácilmente que tiene una mente. Si vives tu vida de una manera nihilista, pensando solo en el fútbol, tu alma comenzará a marchitarse. Eventualmente, te deprimirás tanto que ni siquiera querrás salir de tu cama.
Puedes reír si quieres, pero esto te sucederá. Sucederá en el apogeo de su carrera, cuando tengas todo lo que un hombre podría desear en la vida. Tendrás 26 años. El arquero de la Juventus y la selección italiana. Tendrás dinero y respeto. La gente incluso te llamará Superman.
Pero no eres un superhéroe. Eres solo un hombre como cualquier otra persona. Y la verdad es que la presión de esta profesión puede convertirte en un robot. Tu rutina puede convertirse en una prisión. Tú vas a entrenar. Vienes a casa y ves la televisión. Te vas a dormir. Haces lo mismo al día siguiente. Tú ganas. Tú pierdes. Se repite y se repite.
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