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Este es el episodio número 80 de Epistolar. Sentimos que teníamos una deuda con ustedes. Una deuda que pagaremos con este capítulo. Un proyecto que rescata al género epistolar no podía dejar afuera a Vincent Van Gogh. Entre 1872 y 1890, el artista holandés escribió más de 800 cartas, la gran mayoría dirigidas a su hermano Theo.
“Es tan interesante y tan difícil expresar algo bien como pintarlo”, dijo el artista en una de esas cartas. Su epistolario es excepcional. No sólo nos acerca a lo más vívido de su biografía sino también a su espíritu, a sus ilusiones y sus preocupaciones. O, por ejemplo, nos enseña cómo mirar un cuadro.
Esta selección de dos cartas es sólo una muestra de ese genio. En la primera, habla del encierro y en la segunda sólo describe, con gran maestría, los colores del Mediterráneo. Lee el actor Luis Campos.
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No siempre podemos decir qué es lo que nos mantiene encerrados, lo que nos confina, lo que parece enterrarnos, y sin embargo sentimos ciertas barreras, ciertas rejas, ciertos muros. ¿Es todo ello imaginación, fantasía? Yo no lo creo. Y entonces nos preguntamos: Dios mío, ¿va a durar mucho, va a durar siempre, va a durar toda la eternidad? ¿Y sabes qué es lo que nos libera de esa cautividad? Un afecto muy profundo y muy serio. Ser hermanos, ser amigos, el amor, eso es lo que abre las puertas de la cárcel gracias a un poder supremo, a una fuerza mágica.
Te escribo desde Saintes-Maries, al borde del Mediterráneo, por fin. El Mediterráneo tiene un color como el de la caballa, es decir cambiante, no siempre se sabe si es verde o violeta, o si es azul porque un segundo después el reflejo cambiante ha tomado un tinte rosado o grisáceo. Una noche hice un paseo al borde del mar, por la playa desierta. No era alegre, pero tampoco triste, era algo hermoso.
Vincent
Se calcula que hay alrededor de 100 mil desaparecidos en Colombia durante más de medio siglo de conflicto armado. Un conflicto que está muy lejos de terminar y que sólo fue interrumpido por breves momentos de paz.
La carta de este episodio está dirigida a uno de esos desaparecidos y fue escrita por la antropóloga forense Helka Quevedo. Como no sabe el nombre del destinatario, le puso uno: Número 36. El texto fue uno de los tantos que empapeló las calles de Bogotá en el marco del proyecto “Ausencias Presentes”.
¿Por qué escribes cartas a los muertos? -le preguntaron a Quevedo. “Por una necesidad física y emocional”, contestó la antropóloga. Con las palabras de esta carta, ella trae la historia de una persona. Le pone nombre. Le quita su carácter de número. Lo piensa. Lo escribe. Y así, aunque sea por un momento, sigue existiendo. No muere ni es un frío cadáver. Se transforma en un recuerdo evocado. Algo de vida. El triunfo de la memoria en un país en el que la dimensión del terror no es mensurable. Lee la actriz Omayra Martínez Garzón.
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Querido 36:
Quisiera saber tu nombre. He buscado a tu familia pero no la encuentro, he sembrado un árbol en tu memoria, he escrito una carta de tu muerte, he vuelto a buscar tu cuerpo tres veces en el cementerio donde hace quince años te dejé, luego de haberte sacado del patio de una casa en Puerto Torres.
A ti te retienen, te maltratan, te torturan, te quitan la vida, destruyen tu cuerpo, te ocultan, te desaparecen. Luego, te encuentro, te observo, te estudio, te dejo en otra morada; bueno, sí, en
otro hueco, bajo tierra, esta vez en un cementerio oficial.
Y años después vuelvo a buscarte, pero han pasado muchas cosas que seguirán apartándome de ti; en este tiempo, cerca de donde está tu cuerpo, han enterrado los cuerpos de muchos niños, todos con nombre. Es como si ahora estuvieras en medio de un jardín infantil.
Según me dicen los del cementerio, en el lugar en donde posiblemente estás no hay más
cuerpos sin nombre. Intentamos buscarte y no apareces, por ninguna parte. Esta vez, ya no tengo el rol de antropóloga forense de la Fiscalía, por lo que no debo ni puedo entrar a la escena. Tampoco tengo una pala ni un palustre para hurgar la tierra y buscar esa bolsa negra de plástico con un rótulo que te identifica con tu nuevo nombre: Número 36; ya no puedo, con mis manos, rescatarte del olvido.
Estoy un poco cansada, pero pronto te seguiré contando en qué va esta búsqueda, pues imagino constantemente cómo eras, qué hacías, cómo será tu familia y qué hacías ese último día
antes de que esos hombres armados te llevaran por esos caminos entre Belén y Puerto Torres.
Esta carta fue escrita en el año 1973. Federico Fellini está a punto de estrenar “Amarcord”. Con esa película, ganará tiempo después el cuarto Oscar de su carrera. Pero en este momento sus preocupaciones son otras. Está obsesionado con lograr un buen afiche para su película. Para eso, le escribe a Giuliano Geleng, pintor, escenógrafo y colaborador activo de Fellini en muchas de sus películas. “Ponete ya mismo a trabajar”, le dice. Acá va el minucioso encargo de un genio inmortal. Lee el actor Luis Machín.
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Querido Giuliano:
Me dicen que también tú estuviste anoche en la proyección y que la película te gustó mucho. Es obvio que el asunto me deja completamente indiferente. Olvida que viste la película y olvida que te gustó.
Piensa más bien que la salida de Amarcord será dentro de un mes y que lo urgente por lo tanto es que se nos ocurra una idea para el afiche ya que los bocetos que me presentó la distribuidora parece que fueran órdenes de captura contra el presidente y el jefe de la oficina de prensa. ¿Tienes alguna idea? Lo dudo; y de todas formas, si la tienes, olvídala. ¡No sé por qué diablos pienso en ti en vez de dirigirme a otro pintor! (A propósito: ¿no me podrías proponer algún nombre?).
Hablando en serio, no te esperes que yo ahora me ponga a charlar contigo y a hacer disquisiciones o a discutir sobre Amarcord en el intento de que lleguemos a una idea gráfica que presente la película al público de una manera exacta y eficaz. En todo caso no te agites, coge papel y lápiz y escríbete estos apuntes, que son burdos y aproximados, pero si dios quiere lo suficientemente confusos.
Entonces: el afiche, a primera vista, tendría que desencadenar la alegría repiqueteante de una tarjeta de Navidad o, mejor todavía, de Pascua. El color debería ser neto, brillante, sonoro, e insisto en la sonoridad; del afiche debería salir una especie de repique de campanas, de voces, de gritos y arias y luz y viento.
No te asustes. Te preciso un poco más la composición: todos los personajes de la película deberían aparecer como asomándose desde el afiche, y mirar a los espectadores, a los que pasan por la calle. Yo creo que estos personajes deberían quedar como sorprendidos en una atónita inmovilidad, amable, atrevida y renuente, una especie de vieja imagen indeleble y fabulosa que se refleja en un espejo festivo, dominical.
Se podrían proponer los semblantes de cada uno de los personajes de acuerdo con un nítido módulo naïf: pero que sea un naïf revisado críticamente capaz de disimular, aunque no mucho, una cita irónica y afable (en el fondo me parece que éste es el signo más inmediato si se quiere caracterizar la individualidad exuberante, alterada e inconsciente de los personajes de mi película).
Luego, detrás de ellos, podría abrirse una amplia llanura con el campo, la playa, el mar, y tú, que tanto amas a los maestros del surrealismo, podrías diseminar en esta profundidad celeste y luminosa algunos temas y situaciones de la película: el Grand Hotel, el Rex, el mesón nupcial, teniendo cuidado eso sí de conservar del surrealismo no su mal entendida vocación por lo subversivo gratuito, sino más bien haciendo lo posible por rescatar una de sus características más auténticas, es decir, la maravilla, el encanto liberador, la levedad soñadora, amenazante...
Chao, Giuliano, ponte ya mismo a trabajar con el entusiasmo y el compromiso de siempre y verás que el primer boceto que te salga será un desastre. Pero se puede hacer más de un boceto y hay más de un pintor capaz de hacer un boceto. Una última cosa, ésta sí muy en serio: no se te va a pagar, pero, para compensar, dentro de un mes todo tiene que estar listo.
Cuento contigo. No sé por qué.
Un abrazo afectuoso,
Federico.
Los Hermanos Marx estrenaron la película cómica “Una noche en Casablanca” en 1946. Cuando estaban por sacarla, recibieron una amenaza legal de la Warner Brothers por el uso de la palabra “Casablanca”, que se había estrenado cuatro años antes. Aunque claro, el reclamo era ridículo. Antes que cualquier película, Casablanca es el nombre de una ciudad en el oeste de Marruecos.
¿Cómo respondieron los Marx? Con esta carta, escrita por el brillante Groucho. Después de este texto y de otros con similar tono de burla, la Warner no se quejó más. Y la película se llamó, finalmente, “Una noche en Casablanca”. Lee el cómico y guionista Arturo González-Campos.
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Queridos Warner Brothers:
Al parecer hay más de una forma de conquistar una ciudad y de mantenerla bajo el dominio propio. Por ejemplo, hasta el momento en que pensamos en hacer esta película, no tenía la menor idea de que la ciudad de Casablanca perteneciera exclusivamente a los Warner Brothers. Sin embargo, pocos días después de anunciar nuestra película recibimos su largo y ominoso documento legal en el que se nos conminaba a no utilizar el nombre de Casablanca.
Parece ser que en 1471, Ferdinand Balboa Warner, su tatarabuelo, al buscar un atajo hasta la ciudad de Burbank, se tropezó con las costas de Africa y, levantando su bastón (que más tarde cambió por un centenar de acciones en la bolsa), las denominó Casablanca.
Sencillamente, no comprendo su actitud. Aun cuando pensaran en la reposición de su película, estoy seguro de que el aficionado medio al cine aprendería oportunamente a distinguir entre Ingrid Bergman y Harpo. No sé si yo podría, pero desde luego me gustaría intentarlo.
Ustedes reivindican su Casablanca y pretenden que nadie más pueda utilizar ese nombre sin permiso. ¿Qué me dicen de Warner Brothers? ¿Es de su propiedad también? Probablemente tengan ustedes el derecho de utilizar el nombre de Warner, pero, ¿y el de Brothers? Profesionalmente, nosotros éramos Brothers mucho antes que ustedes. Hacíamos ya la ronda de las candilejas como The Marx Brothers cuando la Vitaphone era todavía un simple destello en el ojo del inventor, e incluso antes de nosotros ha habido otros hermanos: los Smith Brothers (fabricantes de pastillas para la tos), los Karamazov Brothers; Dan Brothers, un centrocampista del Detroit; y Brother, can you spare me a dime? (que originalmente se llamaba Brothers, can you spare me a dime? pero esto era reducir demasiado la moneda, así que despacharon a un hermano, dieron todo el dinero al otro y lo dejaron en Brother, can you spare me a dime?).
Y ahora, Jack, hablemos de usted. ¿Diría Usted que es el suyo un nombre original? Pues no lo es. Se utilizaba mucho antes de nacer usted. Sobre la marcha, recuerdo dos Jacks: había el Jack de Jack and the beantalk (cuento infantil) y el Jack el Destripador, que se hizo un bonito renombre en su día.
En cuanto a usted, Harry, seguramente firmará sus cheques con la firme convicción de que es usted el primer Harry de todos los tiempos y de que todos los demás Harrys son impostores. Recuerdo a dos Harrys que le precedieron. Existió Lighthouse Harry de fama revolucionaria [se refiere a Light Horse Harry y también un Harry Appelbaum que vivía en la esquina de la calle 93 con Lexington Avenue. Desgraciadamente, Appelbaum no era demasiado conocido. La última vez que supe de él, vendía corbatas en Weber y Heilbroner.
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Sylvia Plath forma parte de esa larga lista de autores que escribieron sobre la muerte. Y después se quitaron la vida. Sus poemas están llenos de belleza y de dolor. Pero esta carta, dirigida a su madre, va en contra de esa tendencia. Tiene una gran energía vital. Sylvia está feliz porque escribió los mejores poemas de su vida y porque está enamorada del escritor Ted Hughes. Un texto lleno de escenas de entrecasa y de felicidad serena, en el medio de una vida que fue tormentosa. Lee la actriz Julieta Ortega.
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Domingo por la mañana. 29 de abril de 1956
Mi muy querida y maravillosa madre:
Estoy tan repleta de amor y alegría que apenas puedo parar de bailar, escribir poemas, cocinar y vivir. Duermo ocho horas por las noches y me levanto alegremente con el sol. Bajo mi ventana veo ahora nuestro huerto con un cerezo rosado en plena floración, lleno de tordos que trinan, justo debajo.
He escrito los siete mejores poemas de mi vida, junto a los cuales el resto parecen balbuceos infantiles. Cada día aprendo a utilizar nuevas palabras y mi manera de utilizarlas es más ebria que la de Dylan, más dura que la de Hopkins, más joven que la de Yeats. Ted me lee con su potente voz y es mi mejor crítico, como yo lo soy de él.
Físicamente, nunca me había sentido tan sana: irradio alegría y amor como el sol. Estoy ansiosa por someterte al calor de sus rayos. Piensa que tengo intención de dedicar dos semanas completas de mi vida a ocuparme plenamente y con especial ternura de ti. Ya he reservado habitaciones. Alrededor del 22 partiremos para París, donde los dos o tres primeros días te lo organizaré todo para que puedas orientarte y luego me iré a escribir, tomar el sol y cocinar. ¡Tal vez incluso aprenda a pescar!
Esta semana Ted está aquí y ahora me he convertido en una mujer de la que podrás sentirte orgullosa. Con repentino sobresalto comprendí que, aunque él es el único hombre en el mundo para mí, aun así, sigo siendo fiel a la esencia de mi persona. Y sé quién es esa persona… y estoy dispuesta a vivir con ella a través del sufrimiento y el dolor, sin dejar de cantar —aun en medio de la angustia y la pena— el triunfo de la vida sobre la muerte, la enfermedad y la guerra y todas las imperfecciones de mi querido mundo.
Lo sé con una profunda, firme certeza, desde la cabeza hasta los pies, y habiendo visitado el otro lado de la vida, sé que todo mi ser será un solo canto de afirmación y de amor durante mi vida entera. Loaré al Señor y sus deformes criaturas. Mi vida será una constante búsqueda de nuevas maneras y palabras para expresarlo.
Ted es increíble, madre. Siempre lleva el mismo jersey negro y una chaqueta de pana con los bolsillos llenos de poemas y horóscopos. ¡Figúrate, en su libro de horóscopos dice que las personas de escorpio tienen la nariz chata!
¡Lo que consigo cocinar en un solo fogón de gas! Ted es el primer hombre que realmente aprecia la comida… Ayer entró por la puerta con un paquete de pequeñas gambas y cuatro truchas frescas. Preparé un néctar de gambas, a base de mantequilla, crema, jerez y queso; lo comimos con arroz para acompañar las truchas. Tardamos tres horas en pelar las diminutas gambas; después de comer, Ted se tumbó junto al fuego ronroneando de placer, como un gigantesco Goliat.
Su buen humor es la sal de la tierra; jamás me había reído tan a gusto en mi vida. Me cuenta cuentos de hadas, de reyes y caballeros vestidos de verde, y ha inventado una maravillosa fábula acerca de un pequeño hechicero. Me cuenta sueños, maravillosos sueños de colores, sobre unos zorros rojos…
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Victoria Ocampo le llevaba 40 años a María Elena Walsh. Y venían de orígenes sociales muy distintos. La Ocampo fue criada por institutrices, pasaba largas temporadas en París y venía de una familia de mucho dinero. María Elena era hija de un empleado del ferrocarril y vivía en una casa de clase media en Ramos Mejía.
Pero, por suerte en esta historia hay un pero, se encontraron. Y se hicieron muy amigas. Fue una amistad basada principalmente en la admiración mutua. María Elena comenzó a colaborar en la revista “Sur”. Y Victoria la invitaba a sus reuniones, que solían convocar a personalidades célebres de la cultura de aquella época.
Esta carta es una demostración de ese afecto y de esa amistad. Victoria acaba de leer el nuevo libro de María Elena. Y hace lo que haría cualquier amigo: sentirse feliz, celebrar su talento... Y gritarlo a los cuatro vientos. Lee la actriz Florencia Sartelli.
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Querida María Elena:
Qué descanso y qué frescor. Qué alegría de tierra seca al caer las primeras gotas de lluvia. Estoy hablando de tus poemas. Me gusta tu idioma, y tu sentir la esponja y el jabón y todo lo que queda allí adentro del temblor de la memoria.
Me gusta que tu canto sea liso. Me cansan los volados. Y en tu libro (como en tus tiempos de otros tiempos, y en mis tiempos de muchísimos más otros tiempos) se viaja a todas partes. Y se viaja a todas partes porque las palabras que usás están siempre llenas de vida. Nos arrastran a otro lugar de nosotros mismos que sale, deslumbrante, del olvido.
Cuánta fatalidad nos hace falta para comprender a los que se verdad son poetas. A los que nos hacen resbalar memoria abajo al resbalar ellos mismos.
Esta tarde volví temprano a San Isidro, con lluvia. Pensé que la tarde iba a ser larga porque se haría demasiado presente el silencio de una casa demasiado grande. Me puse a leer tu libro y me sentí liberada. Quiero decir que retomé el viajar en libros, tan de mi infancia y de estos cuartos solitarios ahora. El caer en tu cantar era una compañía además de un viaje. Una restitución del poder creador de la niñez.
Nos consuela que otro ser nombre a la belleza por su nombre listo y devastador en el momento en que nos hemos quedado mudos ante ella.
Quería María Elena del jacarandá (las chicas me lo repiten), me da gran alegría tu talento
Victoria.
Carlos Saura es conocido como director de cine, claro. Pero también es escritor y fotógrafo. Quizás sea justo decir que es más que un fotógrafo. Es un director de cine obsesionado por la fotografía.
En la década del 60, durante el festival de Cannes, conoció personalmente a su maestro: Luis Buñuel, gran genio el cine español y hombre perseguido por la dictadura franquista.
En esta emotiva carta, Saura le habla a Buñuel de la importancia de la fotografía en su vida. La asocia al paso del tiempo. Y habla de capturar la vida como esa vieja -e inalcanzable- quimera del cine.
Lee el actor Jorge Marrale.
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Nos comemos el tiempo, Luis. Lo devoramos insaciablemente; tan veloz pasa todo que cuando nos damos cuenta ya no estamos aquí.
Procuramos sorprender el instante, conservar el recuerdo, una imagen soñada, tránsfuga de no se sabe qué aquelarre…
La frase bíblica que dice que nuestra vida es un relámpago, una centella, un flash diría un fotógrafo… No deja de ser eminentemente cinematográfica. Un flash y otro flash y otro flash…
Y otra pregunta tonta, inútil seguramente: ¿Puede ese relámpago de lucidez, que a veces es la vida, transmitirse? ¿Puede la vida, una historia que se cuenta, transmitirse en una síntesis de imágenes vertiginosas que de alguna manera conforman nuestro más completo álbum familiar?
Me gustaría decirte cuánto me inquietan esas imágenes, ese sueño terrible de carne que se desplaza, carnaza sin vida, carne muerta… Y esas irrupciones de personajes ocasionales que aparecen y desaparecen para contarnos cualquier historia infantil: el pasillo de la casa materna, la luz amarillenta, los armarios llenos de misterios, las luminosas puertas del final de un corredor…
Lo hemos soñado juntos, seguramente… ¿o acaso es verdad lo del “ruido de los pensamientos” que decían los místicos? "
Carlos Saura
Vita Sackville-West fue una escritora y diseñadora de jardines nacida en Inglaterra. A inicios de la década del 20, conoció a Virginia Woolf. Las dos estaban casadas, pero iniciaron un romance. Quizás fue algo más que un romance. Se convirtió en un símbolo; en uno de los idilios lésbicos más icónicos del siglo XX.
Vita le escribe a Virginia esta carta en el medio de un viaje. Lo hace en las paradas del tren. La extraña. La ama desesperadamente. “Has roto mis defensas”, le dice. Lee la actriz Daniela Pal.
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Estoy reducida a un objeto que quiere a Virginia. Te escribí una carta hermosa en las horas de insomnio y de pesadilla, y todo se ha ido: te extraño, en una manera humana, desesperada y bastante sencilla.
Tú, con todas tus cartas sin boberías, nunca escribirías una frase tan elemental como esa; quizás ni siquiera lo sientes. Y aún más, creo que sientes un pequeño hueco. Pero vestirías en tan exquisita forma la frase que perdería un poco de su realidad.
Mientras que conmigo es bastante absoluto: yo te extraño aún más de lo que podría haber creído; y estaba preparada para extrañarte mucho. Así que esta carta es apenas una protesta de dolor realmente. Es increíble cuán esencial has llegado a ser para mí. Supongo que estás acostumbrada a personas que dicen estas cosas.
Maldita seas, criatura consentida; yo no haré que me ames nada más alejándome como ahora pero, ah mi querida, yo no puedo ser astuta y reservada contigo: te quiero demasiado para eso. Demasiado sinceramente. No tienes la menor idea cuán reservada puedo ser con personas que yo no adoro. Lo he convertido en una de las bellas artes. Pero has roto mis defensas. Y yo no lo resiento realmente.
Sin embargo, no te aburriré con más.
Hemos arrancado de nuevo, y el tren se sacude otra vez. Tendré que escribir en las estaciones –que afortunadamente son muchas a través de la llanura.
Ahora estoy en Venecia.
Las estaciones eran muchas, pero yo no negocié el Oriente Express para parar en ellas. Y aquí estamos en Venecia durante diez minutos solamente –un tiempo despreciable para tratar de escribir–. Sin tiempo de comprar un sello italiano aún, así que esto tendrá que salir desde Trieste.
Las cataratas en Suiza se congelaron en sólidas cortinas iridiscentes de hielo, colgando sobre la piedra; tan encantador. E Italia toda cubierta de la nieve.
Arrancamos otra vez. Tendré que esperar hasta Trieste mañana por la mañana. Perdóname por favor por escribir una carta tan miserable.
Vita.
“Vivir no es otra cosa que arder en preguntas”. La frase es de Antonin Artaud, poeta, actor y dramaturgo. Alguien que tuvo muchas vidas, arrebatos geniales y momentos de oscuridad. El francés pasó varios años de su vida en asilos de locos, a los que llamaba “refugios de miseria humana”. Ese tiempo de reclusión lo llevó a desarrollar un gran odio por la psiquiatría. Esta carta fue escrita en 1925 y está dirigida a los directores de esos asilos. Una mente brillante que argumenta. Y que sabe de lo que habla. Lee el actor Horacio Roca.
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Señores:
Las leyes, las costumbres, les conceden el derecho de medir el espíritu. Esta jurisdicción soberana y terrible, ustedes la ejercen con su entendimiento. No nos hagan reír. La credulidad de los pueblos civilizados, de los especialistas, de los gobernantes, reviste a la psiquiatría de inexplicables luces sobrenaturales. La profesión que ustedes ejercen está juzgada de antemano.
No pensamos discutir aquí el valor de esa ciencia, ni la dudosa realidad de las enfermedades mentales. Pero por cada cien pretendidas patogenias, donde se desencadena la confusión de la materia y del espíritu, ¿cuántas nobles tentativas se han hecho para acercarse al mundo cerebral en el que viven todos aquellos que ustedes han encerrado? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, consideran que el sueño del demente precoz o las imágenes que lo acosan, son algo más que una ensalada de palabras?
No nos sorprende ver hasta qué punto ustedes están por debajo de una tarea para la que sólo hay muy pocos predestinados. Pero nos rebelamos contra el derecho concedido a ciertos hombres de dar por terminadas sus investigaciones en el campo del espíritu con un veredicto de encarcelamiento perpetuo.
¡Y qué encarcelamiento! Se sabe -nunca se sabrá lo suficiente- que los asilos, lejos de ser “asilos”, son cárceles horrendas donde los recluidos proveen mano de obra gratuita y cómoda, y donde la brutalidad es norma. Y ustedes toleran todo esto. El hospicio de alienados, bajo el amparo de la ciencia y de la justicia, es comparable a los cuarteles, a las cárceles, a los penales.
No nos referimos aquí a las internaciones arbitrarias, para evitarles la molestia de un fácil desmentido. Afirmamos que gran parte de sus internados -completamente locos según la definición oficial- están también recluidos arbitrariamente. Y no podemos admitir que se impida el libre desenvolvimiento de un delirio, tan legitimo y lógico como cualquier otra serie de ideas y de actos humanos.
La represión de las reacciones antisociales es tan quimérica como inaceptable en principio. Todos los actos individuales son antisociales. Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social. Y en nombre de esa individualidad, que es patrimonio del hombre, reclamamos la libertad de esos galeotes de la sensibilidad, ya que no está dentro de las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran.
Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan.
Esperamos que mañana por la mañana, a la hora de la visita médica, recuerden esto, cuando traten de conversar sin léxico con esos hombres sobre los cuales, reconózcanlo, sólo tienen la superioridad que da la fuerza.
Antonin Artaud.
Oriana Fallaci fue escritora y periodista. Considerada como la primera mujer italiana corresponsal de guerra. Una cronista brillante, con un carácter duro, quizás marcado por su infancia en la Italia de Mussolini. Su padre era albañil y partisano antifascista. El 21 de agosto de 1973, Fallaci conoció a Alekos Panagoulis el día que salió de la cárcel. El fue uno de los líderes de la oposición griega a la Dictadura de los Coroneles. Fue perseguido, torturado y luego apresado. Lo que comenzó como una charla entre un político y una periodista terminó en un romance hasta el día de la muerte del griego. Esta carta fue escrita en los primeros momentos de ese amor intenso y tormentoso. Un amor a primera vista, que la inspiró para escribir ese maravilloso libro llamado “Un hombre”. Lee la actriz Julieta Vallina.
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Alekos querido,
Te había escrito una larga carta. Pero la tiré. No me sentía, y todavía no me siento autorizada a decirte ciertas cosas. Te lo diré en voz alta, creo, cuando vuelva a verte. A veces es mucho más fácil usar palabras que, por escrito, dan miedo. Aunque sean palabras hermosas. O tal vez precisamente porque son palabras demasiado hermosas.
Hoy solo quiero agradecerte. Agradecerte por existir, por haber vivido, por haberme regalado veinticuatro horas nobles y una hora feliz. Veinticuatro horas no son muchas, normalmente, para comprender a una criatura. Una hora no es mucho, normalmente, para sentir felicidad. Pero cuando, como tú, se ha aprendido a medir el tiempo sin tiempo, veinticuatro horas pueden ser suficientes para comprender y una hora puede ser suficiente para darnos la mano sin sospechas de burla. Te agradezco también haberme permitido invadir tu privacidad con consejos no solicitados. Te ruego pensarlos y te repito: has visto tanta fealdad en estos cinco años, tanta oscuridad. Ahora debes regalarte a ti mismo un poco de belleza y un poco de luz. Es un deber hacia ti mismo como ser humano, y es un deber hacia tu equilibrio nervioso, tu espléndida inteligencia. También el equilibrio más fuerte, la inteligencia más espléndida, necesitan luz, espacio, amor. Si no, se marchitan como un árbol sin agua. Espero que me permitas darte esa agua. Aunque no siempre será fácil. Soy una persona que trabaja y tiene una vida muy dura, muy difícil. No siempre puedo hacer lo que quiero, ir donde quiero. Siempre hay un viento que me arrastra del lugar donde me gusta estar, como ciertos pájaros obligados a emigrar constantemente. Pero, si me lo permites, si te gusta, prometo desviar el viento en tu dirección. Y es una promesa seria. Soy una persona seria. Tal vez hasta demasiado seria. Y, puesto que soy seria, no digo mentiras. No dije una mentira ayer, cuando tuve que irme. No había lugares en el avión para el día siguiente. Y no podía permitirme perder un día. Mañana mi trabajo debe estar terminado y, también hacia ti, mi primer deber es usar mi profesión y mis capacidades para contar a los demás quién eres. Debes comprender. Sé que, en el fondo de tu mente, comprendes. Por otro lado, fue mejor así. Es mucho mejor y más correcto que vuelvas. De todos modos, volveré pronto.
Ocho o diez días pasan rápido. E incluso si fueran doce días… Te ruego: espera. Quien ha esperado la libertad por años puede esperar también a una persona por unos días. Si veinticuatro horas pueden ser tan largas como veinticuatro días, diez días pueden ser breves como doce horas. Para mí es así. Y espero que sea así también para ti. Es todo, por hoy. Por otro lado, no sé si entenderás esta carta en italiano. Eso es terrible. Sí, realmente terrible no poder hablarle solo a una criatura a la que se tiene todo para decirle. ¿Aprenderás realmente el italiano para hablarme y escucharme sin la presencia de otros? No lo creo, pero lo espero. Porque no tengo tiempo para aprender griego y debo contar contigo.
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