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Todo el mundo habla del coronavirus. Todos lo estamos padeciendo. La idea de este episodio no es volver a la pandemia ni sumar calorías a tu menú de noticias. Por primera vez en la historia de Epistolar -y creo que las circunstancias lo merecen- elegimos una carta apócrifa. En una humorada, quizás en un intento por calmar tanta angustia, el guionista Nick Farriella se puso por un momento en la piel del escritor Scott Fitzgerald. Imagina que estamos en la década del 20 en el sur de Francia. Todos están en cuarentena a raíz de la pandemia de la gripe española. Una carta excepcional para una situación atípica. Lee el actor Marcelo Bertuccio.
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Querida Rosemary,
Es un día triste y límpido. Te agradezco tu carta. Afuera, percibo lo que puede ser una colección de hojas caídas luchando contra un tacho de basura. Eso suena como jazz en mis oídos. Las calles están tan vacías.
Parece que la mayor parte de la ciudad se ha retirado a sus casas, con razón. En este momento, es muy conveniente evitar todos los espacios públicos. Incluso las barras, como le dije a Hemingway, pero me contestó con un puñetazo en el estómago, a lo que le pregunté si se había lavado las manos. No lo había hecho. Es muy negador y no entiendo por qué considera que el virus es “solo” influenza. Tengo curiosidad por sus fuentes.
Los funcionarios nos han alertado. Quieren asegurarse de que tenemos provisiones para un mes. Zelda y yo nos hemos abastecido de vino tinto, whisky, ron, vermut, ajenjo, vino blanco, jerez, ginebra y brandy, por si lo necesitamos. Por favor, ora por nosotros.
Deberías ver la plaza, oh, es terrible. Lloro por las malditas eventualidades que trae este futuro y por las largas tardes que avanzan lentamente. Zelda dice que no es excusa para beber, pero no puedo estabilizar la mano.
A lo lejos, vista desde mi melancolía, la costa está envuelta en una bruma opaca donde puedo discernir una penitencia incesante que ha estado yendo y viniendo durante mucho, mucho tiempo. Y, sin embargo, entre la línea de nubes agrietadas de la tarde, me concentro en una sola luz, que me invita a creer en un día mejor.
Fielmente suyo,
Scott Fitzgerald.
Los anarquistas América Scarfó y Severino Di Giovanni vivieron una de las historias de amor más apasionantes de la historia argentina. Un vínculo que se plasmó en un epistolario hermosísimo. Quedó trunco porque él fue asesinado en 1931 por la horda fusiladora del dictador José Félix Uriburu. Esta carta fue escrita por Scarfó cuando tenía 16 años. Está dirigida al también anarquista Emile Armand. Le cuenta de su nuevo amor, habla de una relación enturbiada, de la crítica de los compañeros y del amor libre. Una bella carta de amor. Pero también el acta de una anarquista que oficializa y hace público sus sentimientos. Lee la actriz Alita Núñez.
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Buenos Aires, 3 de diciembre de 1928
Querido camarada:
El motivo de la presente es, principalmente, consultarlo. Mi caso pertenece al orden amoroso. Soy una joven estudiante que cree en la vida nueva. Deseo para todos lo que deseo para mí: la libertad de actuar, de amar, de pensar. Es decir, la anarquía para toda la humanidad.
Creo que para alcanzarla debemos hacer la revolución social. Pero también soy de la opinión que para llegar a esa revolución es necesario liberarse de toda clase de prejuicios, convencionalismos, falsedades morales y códigos absurdos. En espera de que estalle la gran revolución, debemos cumplir esa obra en todas nuestras acciones.
En el amor, por ejemplo, no aguardaremos la revolución. Y nos uniremos libremente, despreciando los prejuicios, las barreras y las mentiras que se nos oponen como obstáculos. He conocido a un hombre, un camarada de ideas. Según las leyes burguesas, él está ‘casado’. Se ha unido a una mujer como consecuencia de una circunstancia pueril, sin amor. En ese momento no conocía nuestras ideas.
El vivió con esa mujer varios años y nacieron hijos. Al vivir junto a ella, no experimentó la satisfacción que hubiera sentido con un ser amado. La vida se volvió fastidiosa, el único medio que los unía eran los niños. Todavía adolescente, ese hombre toma conocimiento con nuestras ideas y nace en él una conciencia. Se convierte en un valiente militante. Se consagra con ardor y con inteligencia a la propaganda. Todo su amor no dirigido a una persona lo ofrenda a su ideal. En el hogar, mientras tanto, la vida continúa con su monotonía. Ocurrió que las circunstancias nos hicieron encontrar al principio como compañeros de ideas.
Nos hablamos, simpatizamos y aprendimos a conocernos. Así fue naciendo nuestro amor. Creímos que sería imposible. Cada uno continuó viviendo entre la duda y el amor. El destino –o el amor– hizo lo demás. Abrimos nuestros corazones, y nuestro amor y nuestra felicidad comenzaron a entonar su canción en medio de la lucha y del ideal. Y nuestros ojos, nuestros labios, nuestros corazones se expresaron en la conjuración mágica de un primer beso. Nosotros idealizamos el amor pero llevándolo a la realidad. El amor libre que no conoce barreras ni obstáculos. Esa fuerza creadora que transporta a dos seres por un camino florido, tapizado de rosas –y algunas veces de espinas– pero donde se encuentra siempre la felicidad.
¿Es que acaso todo el universo no se convierte en un edén cuando dos seres se aman?
Hasta este momento, a decir verdad, hemos vivido una verdadera novela. Nuestro amor se intensificó cada vez más. No podemos vivir completamente en común dada la situación política de mi amigo y el hecho de que debo terminar con mis estudios.
Nos encontramos muy seguido en diversos lugares. ¿No es acaso ésa la mejor manera de sublimar el amor alejándolo de las preocupaciones de la vida doméstica? Aunque estoy segura que cuando existe el verdadero amor, lo más bello es el vivir juntos.
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Pablo Neruda tuvo un gran amor en su juventud: Albertina Rosa. Se conocieron a inicios de la década del 20 cuando ambos estudiaban francés en el Instituto Pedagógico de Chile. Ese vínculo -un amor más o menos correspondido, dicen los biógrafos- está atestiguado en una selección de poemas y cartas. Esta misiva es un botón de muestra de lo que luego sería su poemario amoroso. Una carta llena de pasión, de reproches, de súplica y de la incertidumbre de los enamorados. Lee el cantante y creador del grupo Los Amados, Alejandro Viola.
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Pequeña, ayer debes haber recibido un periódico, y en él un poema de la ausente (tú eres la ausente). ¿Te gustó, pequeña? ¿Te convences de que te recuerdo? En cambio tú. En diez días, una carta. Yo, tendido en el pasto húmedo, en las tardes, pienso en tu boina gris, en tus ojos que amo, en ti. Salgo a las cinco, a vagar por las calles solas, por los campos vecinos. Sólo un amigo me acompaña, a veces.
He peleado con las numerosas novias que antes tenía, así es que estoy solo como nunca, y estaría como nunca feliz, si tu estuvieras conmigo. El 8 planté en el patio de mi casa un árbol, un aromo. Además traje de las quintas, pensando en ti, un narciso blanco, magnífico.
Aquí, en las noches, se desata un viento terrible. Vivo solo, en los altos, y a veces me levanto, a cerrar la ventana, a hacer callar a los perros. A esa hora estarás dormida (como en el tren) y abro una ventana para que el viento te traiga hasta aquí, sin despertarte, como yo te traía.
Además elevaré mañana, en tu honor, un volantín de cuatro colores, y lo dejaré irse al cielo de Lota Alto. Recibirás, querida, un largo mensaje, una de estas noches, a la hora en que la Cruz del sur pasa por mi ventana.
A veces, hoy, me da una angustia de que no estés conmigo. De que no puedas estar conmigo, siempre.
Largos besos de tu Pablo.
Enrique Angelelli fue designado obispo de La Rioja en 1968. Desde que asumió, comenzó a realizar un intenso trabajo pastoral con trabajadores y campesinos. A raíz de eso, él y sus colaboradores fueron perseguidos por parte del poder económico y político de la provincia y a nivel nacional.
El 4 de agosto de 1976, el obispo murió en un supuesto accidente de tránsito. Después de un largo proceso judicial, un juez lo dictaminó como “homicidio calificado”, aunque no se identificó a los responsables. Recién en 2014, se condenó a los militares Luciano Benjamín Menéndez y Luis Fernando Estrella como los autores intelectuales del asesinato.
La carta que ahora vas a escuchar fue escrita el 20 de febrero de 1972, cuando el país estaba bajo la dictadura de Agustín Lanusse. Es uno de los textos que lo hicieron popular y que lo convirtieron en un blanco de la represión. Lee el actor Nelson Rueda.
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Carta pastoral de Cuaresma:
Quisiera señalar algunas manifestaciones de inmoralidad, con la finalidad de que esto nos ayude a pensar y optar en la vida, sea ella privada o pública.
No debemos sentirnos fuera de época si señalamos que:
Es inmoral una orquestada y comercializada pornografía que invade nuestra vida ciudadana, hasta hacer perder el gusto y el sentido de la vida...
Es inmoral domesticar y despersonalizar a un pueblo con una propaganda dirigida “inteligentemente”, que mata la creatividad, entre otros valores...
Es inmoral el machismo, que considera a la mujer como una cosa u objeto de placer...
Es inmoral el auge “inteligentemente” comercializado de la droga, que quiebra y corrompe a nuestra juventud con una felicidad ficticia, fruto de una sociedad caduca que reclama cambios sustanciales...
Pero es también inmoral el que ejerce el vil oficio de delator, y manosea la dignidad de las personas...
Es inmoral el que pervierte su vida y la desfigura con la triste imagen del calumniador...
Es inmoral el torturador que agudiza su inteligencia para atormentar a sus hermanos, física, psicológica y moralmente...
Es inmoral el usurero y el opresor...
Es inmoral el que usa de su responsabilidad de servidor de la comunidad para la coima o para corromper a sus subalternos con el afán de lucro, status o poder...
Es inmoral el que es infiel y traiciona a su hermano...
Es inmoral el que obstaculiza, para satisfacer sus propios intereses, todo auténtico cambio que haga más feliz al pueblo silenciado, marginado, explotado...
Es inmoral el que profana su hogar con la infidelidad, considerándola como timbre de hombría...
Es inmoral el que comercializa su profesión, sin importarle las vidas inocentes, la dignidad personal de sus clientes y pacientes o la eliminación de un ser humano en el seno materno...
Es inmoral el aprovechamiento de situaciones económicas desesperadas, y de la debilidad humana, para prostituir a la mujer...
Es inmoral el que administra la justicia venalmente...
Es inmoral todo gesto que degrada a la mujer y la convierte en articulo codiciable y comercializable...
Es inmoral toda ley injusta...
Es inmoral la represión que atenta contra el legítimo y verdadero uso de la libertad...
Es inmoral la mentira institucionalizada…
Es inmoral el que siembra odio y división...
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Las cartas desde el encierro podrían ser todo un subgénero dentro del epistolar. La protagonista de esta se llama Elena Itatí Risso. Ella vivió diez años como monja, dos de ellos en clausura total en un convento de Córdoba. A inicios de los 70, descubrió la Teología de la Liberación y se fue a trabajar a un barrio pobre en las afueras de Rosario. Fue detenida en esa ciudad en febrero de 1976, a sólo un mes del golpe militar. Y liberada un año después.
Esta carta cuenta esos meses duros, sí. Pero también habla de necesidad de encontrar resquicios de vida pese al horror. El texto forma parte de la muestra “Cartas de la dictadura”, que se realizó en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
Lee la actriz Lucía Cardoso.
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Era martes y los martes teníamos un manjar: huesos de caracú hervidos y pasados por el horno. Era lo más parecido a un asadito, pero lleno de grasa. Igual nos parecía una delicia. Luego venía el trabajo artesanal: hervirlos hasta eliminar el último vestigio de materia orgánica y dividirnos el botín entre todas, a todas nos correspondía un trocito de hueso.
Cuando tuve en mis manos el primer huesito listo para trabajar, pensé en mi mamá. Era la primer destinataria, la primera joya sería para ella. Y comienzo la tarea, con las peligrosas armas de que disponíamos: una vigésima parte de una gillete y la mitad de una horquilla de cabello. Y con ese invisible, dale que dale cada día, dando forma, puliendo en el piso o en el banco del calabozo, una y otra vez. Teníamos tanto tiempo... todo el tiempo... días, meses...
Cuando estuvo la forma que me pareció adecuada, había que pensar qué motivo le iba a dibujar. Y sólo pensé en la M de María, su nombre, y también de Mamá.
Con el centímetro de hojita de afeitar empecé a limar y tallar esa pieza que sería la joya encargada de transportar mi amor, mi nostalgia y mi gratitud, por su comprensión, por el apoyo incondicional, por estar siempre ahí donde yo estuviese. Sin reclamos, sin reproches. Sólo estando allí, con todo su corazón.
Luego, con el trocito de horquilla, hacer el agujerito para pasar el cordel o cadenita. Después el teñido, con el poquito de té que nos sobraba, y con restos de tabaco usado, cocinando para dar tono. Los toques finales dando el sombreado a la letra y listo el colgante.
Allá iría, mensajero de mi abrazo, de mis lágrimas y de nuestro dolor.
Elena Itatí Risso.
En Italia, el país del Papa, el aborto es legal desde 1978. La aprobación de la ley estuvo precedida por innumerables debates en torno al tema. Y fuertes presiones por parte de la Iglesia católica. Tres años antes de la aprobación del Parlamento italiano, el periódico Corriere della Sera abrió sus páginas para que el tema fuera discutido por intelectuales. Uno de ellos, el escritor Claudio Magris, hizo uno titulado “Los ingenuos”, en el que se mostraba en contra de la interrupción del embarazo. Italo Calvino, colega y amigo, salió a contestarle. ¿Puede una carta ser un brillante ensayo argumentativo y, a la vez, una carta de ruptura de un amigo? Sí, claro. Si el que escribe tiene el talento y la claridad del autor de “Las ciudades invisibles”. Lee el actor Arturo Bonín.
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Estimado profesor Magris:
Me ha decepcionado mucho leer su artículo. Me lastimó en demasía que usted lo hubiera escrito y enterarme de que usted piensa así. Traer a un niño al mundo tiene sentido sólo si el niño es deseado consciente y libremente por sus padres. De otro modo, se trata simplemente de comportamiento animal y criminal. Un ser humano se convierte en humano no sólo por la convergencia causal de ciertas condiciones biológicas, sino a través del acto de voluntad y amor de otras personas. Si este no es el caso, la humanidad se convierte -lo cual ya ocurre- en lo más parecido a una madriguera de conejos. Una madriguera constreñida a las condiciones de artificialidad en las que existe, con luz artificial y alimentos químicos.
Sólo aquellas personas que están convencidas al cien por cien de poseer la capacidad moral y física no sólo de mantener a un hijo sino de acogerlo y amarlo, tienen derecho a procrear. De no ser el caso, deben primeramente hacer todo lo posible para no concebir y si conciben, el aborto no representa sólo una triste necesidad sino una decisión altamente moral que debe ser tomada con completa libertad de conciencia. No entiendo cómo puedes asociar la idea del aborto con el concepto de hedonismo o de la buena vida. El aborto es un hecho espeluznante.
En el aborto la persona que es vulnerada física y moralmente es la mujer. También para cualquier hombre con conciencia cada aborto es un dilema moral que deja una marca, pero ciertamente aquí el destino de una mujer se encuentra en una situación desproporcionada de desigualdad con el hombre, y cada hombre debería morderse la lengua tres veces antes de hablar de estas cosas.
Justo en el momento en que intentamos hacer menos bárbara una situación en la cual la mujer está verdaderamente aterrada, un intelectual usa su autoridad para que esa mujer permanezca en este infierno. Déjame decirte que eres verdaderamente responsable, por decir lo mínimo. Yo no me burlaría tanto de las "medidas de higiene profiláctica", ciertamente nunca te has sometido a rasgarte el vientre. Pero me encantaría ver tu cara si te forzaran a una operación en la mugre y sin los recursos que hay en los hospitales.
Lamento que tal divergencia de opiniones en estas cuestiones éticas básicas haya interrumpido nuestra amistad.
Italo Calvino.
Quizás Argentina tenga una deuda pendiente con Atahualpa Yupanqui. Quizás, el país todavía no cobró dimensión del tamaño de su obra y de su genio musical. En Epistolar, grabamos alguna carta de don Ata, en la que hablaba de cómo los programadores de radio pasaban de él.
Pero hay alguien que SÍ reconoció su aporte a la música de raíz y al pensamiento de nuestra América. En enero de 1992, Silvio Rodríguez le escribió esta carta al autor de “Luna tucumana”; una carta que le llegó a sólo cuatro meses de su muerte. “Parte de mis momentitos de luz se los debo”, le dice el cubano. Una carta que es una reverencia, un gracias enorme para uno de los creadores más profundos que tuvo el continente. Lee el músico cubano Ibrahim Ferrer Jr.
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La Habana, 9 de enero de 1992
Don Ata: Este año me acuerdo especialmente de ud., porque creo que, hace cinco siglos, comenzó su canción a volar, hasta dar con mis manos y mi voz. En consecuencia, desde que lo escuche la primera vez, estoy tratando de ajustar mis entendederas a su magisterio. No tengo la hondura de su raíz, pero le garantizo que parte de mis momentitos de luz se los debo.
Salúdeme al Angel, si lo ve.
Alguna vez, Octavio Paz dijo: "Los mexicanos descienden de los aztecas; los peruanos, de los incas y los argentinos, de los barcos". Ese dicho tiene una razón. Desde 1870 hasta los años de la Primera Guerra Mundial, Argentina recibió un enorme flujo de inmigrantes. Sin embargo, la frase no deja de ser inexacta. Nuestro país es mucho más complejo que esos relatos construidos y está lleno de voces que fueron históricamente silenciadas.
De todas formas y hecha esta aclaración, esta carta es una historia de barcos. Roberto J. Payró fue uno de los grandes creadores del teatro argentino, periodista y escritor. Y uno de los primeros en introducir la idea de cronista de viajes en el país. En esta carta, le cuenta al escritor José León Pagano su experiencia a bordo de un barco. Pero no cualquier barco sino uno en el que se viajaba en condiciones miserables y que trasladaba a inmigrantes europeos que llegaban a la Argentina a principios del siglo XX. Lee el actor y director Mauricio Dayub.
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A bordo del “Pelagus”, 14 de diciembre de 1903
Mi querido amigo:
Mañana, por fin, vamos a desembarcar, con dos días de atraso, y entonces echaré al correo esta primera carta que te escribo, todavía bajo la impresión de terribles emociones.
Mi pasaje de tercera me dio un sitio entre cuatrocientos cincuenta pobres diablos como yo, que llenan el entrepuente convirtiéndolo en una especie de plaza de aldea en día de mercado, pero sin aire, ni luz, ni alegría. Está rebosando de hombres, mujeres, niños, en revuelta confusión, que hablan todos los idiomas, exhalan todos los olores, visten todos los harapos….
No te puedes imaginar lo que una persona medianamente educada, por mucho que sea la amplitud de su espíritu, padece en lo físico y lo moral durante uno de estos viajes dolorosos y deprimentes. Mis compañeros mismos, aunque en su mayoría hechos a la miseria, se sienten rebajados de su dignidad de hombres, y se rebelan instintiva e inconscientemente contra ello, manifestando la protesta con su irritabilidad y mal humor.
Considérame en este hacinamiento humano, entre multitud de mareados que en un principio aumentaban minuto por minuto, con las apreturas, la falta de aire, el hedor, el contagio inevitable por la excitación y luego depresión de los nervios….
En los primeros días, yo no podía estar sino en el puente, echado de bruces sobre la borda, mirando el mar, bebiendo la buena brisa del Océano, hasta que la fatiga me obligaba a ir a acostarme abajo, en aquellas mazmorras de madera, en que las camas parecen oscuros estantes, para mercancías sin valor, desperdicios de humanidad.
Mis pobres compañeros, anónimas reses de aquel rebaño encajonado, sufrían también. Y en medio de la noche, entre ronquidos y respiraciones anhelosas, se escuchaban pasajeros sofocados, ruegos, alguna imprecación y algún lejano juramento.
Roberto J. Payró.
Esta carta, como muchas de Epistolar, tiene una pequeña historia. Una historia protagonizada por dos de los nombres más grandes que dio el tango argentino: Carlos Gardel y Astor Piazzolla. Cuando Astor era un niño de 11 años, vivía en Nueva York con su familia. Tenía un bandoneón que su padre le había comprado en una casa de empeños por 18 dólares.
En aquel tiempo, mediados de la década del 30, Gardel ya era una estrella internacional. Llegó a Estados Unidos para grabar la película “El día que me quieras”. Y Astor hizo una pequeña participación como vendedor de diarios.
Cuando Gardel escuchó a Piazzolla tocar el bandoneón, quedó maravillado. Tan fascinado quedó que quiso llevarlo con él a su gira por América. Pero su familia dijo que era demasiado chico y no lo dejó partir. Alguien dijo que somos juguetes del destino y tenía toda la razón. Piazzolla no se embarcó en esa gira, en la que murió Gardel en un accidente aéreo en Colombia.
Muchos años después, en 1978, Piazzolla le escribió esta carta imaginaria. Una misiva que no deja de ser una declaración de amor. Una reverencia. Y una licencia para permitirse bromear con la muerte. Lee el músico y nieto del bandoneonista, Pipi Piazzolla.
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Buenos Aires, año 1978.
Querido Charlie:
Quizá llamándote Charlie te acordarás del pibe de 13 años que vivía en Nueva York, que era argentino y tocaba el bandoneón. El que trabajó de canillita en “El día que me quieras”. Te puse Charlie cuando me preguntaste, en tu casa, cómo se decía Carlitos en inglés.
¿Te acordás cuando te llevé un muñeco de madera que había tallado mi viejo? Esa mañana me dedicaste dos fotos. Una para Vicente Piazzolla y la otra para el “simpático pibe y futuro gran bandoneonista”. De 1934 a hoy, 1978, pasaron 44 años y realmente no te fallé.
¿Te acordás cuando me llevabas a tus filmaciones en los Estudios Paramount, de Long Island, en febrero de 1934? Fue la peor nevada del año, dos metros de alto y 10° bajo cero. Y yo era tu traductor de piropos a las pibas que te querían conocer.
Por las tardes solía acompañarte a que te compraras ropa en las grandes tiendas de Nueva York. Compraste tus dichosas camisas con rayas verticales y horizontales. Docenas de ellas, zapatos de charol, borsalinos, como si te sobrara la guita.
Jamás olvidaré la noche que ofreciste un asado al terminar la filmación de “El día que me quieras”. Fue en honor de los argentinos y uruguayos que vivían en Nueva York. Recuerdo que Alberto Castellano debía tocar el piano y yo el bandoneón, por supuesto para acompañarte a vos cantando. Tuve la loca suerte de que el piano era tan malo que tuve que tocar yo solo y vos cantaste los temas del filme. ¡Qué noche Charlie! Allí fue mi bautismo con el tango. ¡Primer tango de mi vida y acompañando a Gardel!
Al poco tiempo te fuiste con Le Pera y tus guitarristas a Hollywood. ¿Te acordás que me mandaste dos telegramas para que me uniera a Uds. con mi bandoneón? Era la primavera del ’35 y yo cumplía 14 años. Los viejos no me dieron permiso. Charlie, ¡me salvé! En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa.
Comienza una nueva época en mi vida. Volvemos a Mar del Plata en el ’36. Me agarra el flechazo de la música y estudio locamente el fuelle. Mi bandoneón y yo nos vamos a Buenos Aires y debuto con Aníbal Troilo. ¿Sabes quién era Troilo? El era vos tocando el bandoneón. Es como decir: tu continuador.
¿Sabés una cosa? A mí tampoco me gusta el avión, menos esa catramina que tomaste vos. Pero..., después de tu ausencia, comienzan a aparecer los nuevos personajes de Buenos Aires. Charlie... le arruinaste la vida a los cantores, esos que solían decir “menos mal que se fue Gardel y hay más laburo para nosotros” , y otros contestaban: “guarda muchachos, que quedan los discos”.
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Salvadora Medina Onrubia fue una escritora, periodista, dramaturga, anarquista y feminista, que nació en 1894 en La Plata. Pero como la historia se encarga de invisibilizar a las mujeres, muchos libros y artículos se refieren a ella como “la esposa de Natalia Botana”, el director del diario Crítica. En 1931, José Félix Uriburu ordenó la clausura de ese diario y encarceló a la pareja. Apenas sucedió eso, un grupo de intelectuales le pidió a Uriburu su “magnanimidad” por su condición de “mujer, poeta y madre”. Pero ella no quería nada de eso. Desde la cárcel, escribe esta carta en la que le manifiesta su desprecio al dictador. “Soy en mi carne la Argentina misma”, dice esta joya de la literatura rebelde. Lee la actriz Susana Pampín.
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Cárcel del Buen Pastor, 5 de julio de 1931
Gral. Uriburu, acabo de enterarme del petitorio presentado al gobierno provisional pidiendo magnanimidad para mí. Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado en este momento de cobardía colectiva al atreverse por mi piedad a desafiar sus tonantes iras de Júpiter doméstico. Pero no autorizo el piadoso pedido … Magnanimidad implica perdón de una falta. Y yo ni recuerdo faltas ni necesito magnanimidades.
Señor general Uriburu, yo sé sufrir. Sé sufrir con serenidad y con inteligencia. Y desde ya lo autorizo que se ensañe conmigo si eso le hace sentirse más general y más presidente. Entre todas esas cosas defectuosas y subversivas en que yo creo, hay una que se llama karma, no es un explosivo, es una ley cíclica. Esta creencia me hace ver el momento por que pasa mi país como una cosa inevitable, fatal, pero necesaria para despertar en los argentinos un sentido de moral cívica dormido en ello. Y en cuanto a mi encierro: es una prueba espiritual más y no la más dura de las que mi destino es una larga cadena. Soporto con todo mi valor la mayor injuria y la mayor vergüenza con que puede azotarse a una mujer pura y me siento por ello como ennoblecida y dignificada. Soy, en este momento, como un símbolo de mi Patria. Soy en mi carne la Argentina misma, y los pueblos no piden magnanimidad.
En este innoble rincón donde su fantasía conspiradora me ha encerrado, me siento más grande y más fuerte que Ud., que desde la silla donde los grandes hombres gestaron la Nación, dedica sus heroicas energías de militar argentino a asolar hogares respetables y a denigrar e infamar una mujer ante los ojos de sus hijos ... y eso que tengo la vaga sospecha de que Ud. debió salir de algún hogar y debió también tener una madre. Pero yo sé bien que ante los verdaderos hombres y ante todos los seres dignos de mi país y del mundo, en este inverosímil asunto de los dos, el degradado y envilecido es Ud. y que usted, por enceguecido que esté, debe saber eso tan bien como yo.
General Uriburu, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y sienta como, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio.
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