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Además de un escritor notable, Adolfo Bioy Casares fue un hombre codiciado, un dandy y un mujeriego de la aristocracia porteña. A lo largo de dos décadas, entre 1949 y 1969, mantuvo una correspondencia amorosa con la escritora mexicana Elena Garro.
Durante buena parte de ese tiempo, ellos eran casados. Ella con el poeta Octavio Paz y él con la poetisa Silvina Ocampo. En esta carta, el dandy aparece desarmado. Son líneas llenas de nostalgia, de adulación obsesiva y de un miedo tremendo a ser abandonado. Lee el actor Juan Cruz Bordeu.
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Mi querida: Aquí estoy recorriendo desorientado las tristes galerías del barco y no volví a Víctor Hugo. Sin embargo, te quiero más que a nadie... Desconsolado canto, fuera de tono, Juan Charrasqueado (pensando que no merezco esa letra, que no soy buen gallo, ni siquiera parrandero y jugador) y visito de vez en vez tu fotografía y tu firma en el pasaporte. Extraño las tardes de Víctor Hugo, el té de las seis y con adoración a Helena. Has poblado tanto mi vida en estos tiempos que si cierro los ojos y no pienso en nada aparecen tu imagen y tu voz. Ayer, cuando me dormía, así te vi y te oí de pronto: desperté sobresaltado y quedé muy acongojado, pensando en ti con mucha ternura y también en mí y en cómo vamos perdiendo todo....
Te digo esto y en seguida me asusto: en los últimos días estuviste no solamente muy tierna conmigo sino también benévola e indulgente, pero no debo irritarte con melancolía; de todos modos cuando abra el sobre de tu carta (espero, por favor que me escribas) temblaré un poco.
Ojalá que no me escribas diciéndome que todo se acabó y que es inútil seguir la correspondencia... Tú sabes que hay muchas cosas que no hicimos y que nos gustaría hacer juntos. Además, recuerda lo bien que nos entendemos cuando estamos juntos... recuerda cómo nos hemos divertido, cómo nos queremos. Y si a veces me pongo un poco sentimental, no te enojes demasiado...
Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro.
Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades.
Adolfo.
Tálata Rodríguez nació en 1978 de madre argentina y padre colombiano. Entre los 10 y los 22 años, mantuvo con su padre una relación estrictamente epistolar. Él era profesor, pintor, escritor, viajero y "nómade estelar", como puso en algún pasaporte. Las cartas que su padre le mandaba eran más que cartas. Llegaban con semillas, ramas, pétalos, hojas y acotaciones a veces ilegibles. En uno de sus muchos viajes, llegó a la región amazónica de Colombia. En esta carta, que Tálata lee y que salvó de la muerte por humedad, su papá le cuenta cómo es la selva.
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Este pedazo de Colombia limita con el Brasil, y está habitado por nativos (piratapuyos, cubeos, tucanos, curipatos) desde hace siglos; y estando con ellos, uno está como al comienzo del mundo: andan descalzos, los niños y las niñas caminan con destreza, saltan charcos y son muy queridos por sus padres. Son muchos, viven en Malocas.
Mantienen a toda hora el fuego encendido y comen sin horario. Si a las 3 AM cogieron un venadillo o un chigüiro lo preparan y todos se levantan a comer. La noche buena tenía una orquesta de grillos y sapos y culebras y chicha para todos. La chicha es de maíz, ñame, o casabe, o fariña, y emborracha suave.
Bailan un carrizo: un baile en espirales, como si una serpiente se desenroscara, y el hombre toca el carrizo, la flauta de caño, y la mujer va de gancho. A las indígenas les gusta el cabuco, el hombre blanco; y el amarillo, la gente rubia. Todos llevan algo de comer o de beber a la fiesta.
Me emborraché con ellos y mi corazón botó el veneno de los engaños, hasta llorar solo con las estrellas, las hojas y los árboles, a quienes les grité mi pena. El viento de la selva sopló fuerte y se llevó el nombre de la única mujer que existe para mis sentimientos: Tálata Andrea.
El rey Luis XVI y María Antonieta se casaron para gestar una alianza entre Francia y Austria. Pero no eran felices. No eran nada felices. Ella conoció al conde sueco Hans Axel de Fersen en un baile de máscaras en 1774. Fueron amigos y amantes.
Dicen que escondían su relación usando tinta invisible y codificación en sus cartas. Fersen estuvo implicado en una fuga para salvar a su amada, cuando se consolidó la Revolución Francesa y los reyes estuvieron en peligro. La fuga fracasó y la familia real fue devuelta a París.
María Antonieta fue juzgada por traición a la patria y guillotinada el 16 de octubre de 1793. Ésta es última carta que le escribió a su amado. Lee la actriz Jimena Martín.
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28 de junio de 1791,
Sigo viva aquí, mi amado, tan sólo para adorarte. Vivo y existo para amarte. Ese es mi consuelo. Oh, he estado tan ansiosa por ti, y lamento tanto todo lo que debes haber sufrido al no tener noticias de nosotros. Que el cielo permita que esta carta llegue a tus manos. No me escribas, eso podría comprometernos a todos y, lo que es más, no regreses, por ninguna circunstancia. Se sabe que fuiste tú quien nos ayudó a escapar y todo estaría perdido si apareces. Estamos vigilados día y noche, no me importa. No estás aquí, estás a salvo. Por favor, no te preocupes por mí, no me va a pasar nada. Algo me dice que la Asamblea Nacional mostrará clemencia. Me despido ahora del hombre más amado. Mantenete en silencio, sé discreto, si puedes. Cuidate por mí. No puedo escribir más pero nada en el mundo podrá impedirme que te adore hasta la muerte.”
María Antonieta.
La historia de amor de Patti Smith y Robert Mapplethorpe es un viaje a la memoria de los años 60 y 70. Fue un vínculo que exploró las nuevas formas de unión y la rebeldía de su época. Fueron pareja por un tiempo y amigos durante la vida. En esta carta, la sacerdotisa del punk le escribe al fotógrafo, que ya está muy enfermo. El texto, que forma parte del libro “Eramos unos niños”, está lejos del lamento. Es el epílogo amoroso de una relación única y maravillosa. Lee la actriz Antonella Costa.
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Querido Robert:
Cuando no puedo dormir, a menudo me pregunto si tú tampoco puedes. ¿Tienes dolor o te sientes solo? Me sacaste del período más oscuro de mi juventud y compartiste conmigo el sagrado misterio de lo que es ser artista.
Aprendí a ver a través de ti y jamás he compuesto un verso ni he dibujado una línea que no provenga de los conocimientos que obtuve en nuestra preciada vida juntos. Tu obra, que emana de una fuente fluida, tiene su origen en la candorosa canción de tu juventud. Entonces hablabas de darle la mano a Dios. Recuerda que, en todo lo que pasó, siempre has sostenido esa mano. Agárrala fuerte, Robert, y no la sueltes.
La otra tarde, cuando te quedaste dormido en mi hombro, también yo me dormí. Pero, antes de hacerlo, pensé. Mientras miraba todas tus cosas y creaciones, y repasaba tus años de trabajo, pensé que de todas tus obras, tú continúas siendo la más bella. La obra más bella de todas.
Patti
Lohana Berkins fue una referente política en la Argentina. Alguien que luchó por los derechos de las personas trans y que terminó reconocida en otros ámbitos. Su trabajo -y el de todo su colectivo- resultó fundamental para lograr la Ley de Identidad de Género. Ella escribe esta carta en sus últimos días de vida. Habla de su legado y del amor que le fue negado como un impulso para amar a otros. Y, por supuesto, para cambiar el mundo. Lee la activista trans Marlene Wayar.
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Queridas compañeras:
Mi estado de salud es muy crítico y no me permite reunirme personalmente con ustedes. Por eso quiero agradecerles sus muestras de cariño y transmitirles unas palabras por medio de la compañera Marlene Wayar, a quien lego esta posta.
Muchos son los triunfos que obtuvimos en estos años. Ahora es tiempo de resistir, de luchar por su continuidad. El tiempo de la revolución es ahora, porque a la cárcel no volvemos nunca más.
Estoy convencida de que el motor de cambio es el amor. El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo. Todos los golpes y el desprecio que sufrí, no se comparan con el amor infinito que me rodea en estos momentos.
¡Furia Travesti, siempre!
Un abrazo,
Lohana Berkins.
Rosa Luxemburgo fue una de las dirigentes marxistas más importantes de la historia. Su producción teórica aún sigue viva y pasaron cien años desde su asesinato en manos de los soldados prusianos. Pero este episodio de Epistolar habla de otra cosa. Ella también escribió algunas de las cartas de amor más apasionadas y de mayor calidad literaria de nuestra historia. Esta va dirigida a su esposo Gustav Lübeck. Es una carta llena de pasión, miedos y dudas sobre el amor. Una gema con la firma de una de las mentes más lúcidas del movimiento proletario del siglo XX. Lee la actriz Ingrid Pelicori.
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No puedo trabajar. Mi pensamiento se vuelve hacia ti constantemente. Es necesario que te escriba unas líneas. Querido mío, mi amado, en este momento no estás aquí, cerca de mí, pero toda mi alma está llena de ti, te abraza. Te parecerá extraño seguramente, hasta ridículo quizás, que te escriba esta carta cuando vivimos a diez pasos el uno del otro, cuando nos vemos tres veces por día. ¿Qué es este romanticismo de escribir cartas nocturnas al marido?
Mi amor, tú debes leer esta carta con gravedad, y con el corazón, con emoción, con esa misma emoción con la que leías mis cartas hace mucho –en Ginebra–, cuando todavía no era tu mujer. Porque la escribo con la misma emoción de entonces: como entonces, toda mi alma se arroja hacia ti, y mis ojos se llenan de lágrimas.
Mi amado, ¿sabés por qué te escribo en lugar de decirte todo esto de viva voz? Porque no puedo hablarte tan libremente de estas cosas. En estos momentos estoy tan sensible y desconfiada como una liebre. Basta un gesto de tu parte o una palabra indiferente para que mi corazón se oprima, para que mis labios se cierren. No puedo hablarte francamente si no me siento rodeada de una atmósfera cálida y confiada, pero ¡esto es tan raro ahora entre nosotros!
No me habría decidido a escribirte esta carta ahora, si no me hubiera sentido animada por ese poco de sentimiento que me demostraste al dejarme. Mi querido, mi amado, estoy segura de que lees con mirada impaciente: “¿Qué es lo que quiere, al fin de cuentas?”. ¿Es que acaso yo sé lo que quiero? Quiero amarte, quiero que reine entre nosotros esa atmósfera dulce, confiada, ideal, como era entonces. Tú me comprendes a menudo de una manera simplista. Siempre crees que gruño porque te vas o algo parecido. Y no puedes concebir que lo que me daña profundamente es que nuestra relación es para ti algo estrictamente exterior.
Siento perfectamente esa exterioridad: la siento cuando te veo, sombrío y taciturno, guardar para ti tus preocupaciones o tu pena, dándome a entender con la mirada: no es asunto tuyo, ocúpate de tus cosas; la siento cuando veo cómo, después de una pelea, rumias esas expresiones, examinas nuestras relaciones, arribas a conclusiones, tomas decisiones, te comportas conmigo de tal o cual manera, y yo me quedo afuera de todo eso y no puedo sino tentar en mi cerebro el qué y el cómo de tus pensamientos; la siento después de cada una de nuestras uniones, cuando me apartas y, encerrado en ti, te pones a trabajar.
Mi querido, mi amado, no me quejo, no quiero nada, quiero solamente que comprendas. Seguramente soy muy culpable si las relaciones entre nosotros no son calurosas y armoniosas. Pero qué puedo hacer, no sé, como, nunca logro culminar una situación, soy incapaz de sacar conclusiones, soy incapaz de atenerme contigo a una decisión determinada; a cada instante me comporto como me lo dictan mis impulsos; cuando en mi alma se acumulan mucho amor y sentimientos, me lanzo a tu cuello; cuando me hieres con tu frialdad, mi alma se desgarra y te odio; sería capaz de matarte.
¡Mi amor, sin embargo eres capaz de comprender y de analizar, siempre lo hiciste para ti y para mi en nuestras relaciones!
¿Qué es aprender? ¿Qué es enseñar? Cada uno de nosotros tiene una experiencia diferente. Todos fuimos alumnos de alguien. Y todos tuvimos la experiencia de enseñar. Aunque muchos maestros y maestras pasaron por nuestras vidas, sólo algunos dejaron una huella indeleble en nuestra memoria.
Albert Camus acaba de ganar Nobel de Literatura. Después de unos días de ruido a su alrededor, el escritor y filósofo se toma unos minutos para escribirle a su maestro de primaria, el señor Germain. Es un texto inspirador. Un gracias enorme. Y una muestra del poder transformador del aprendizaje. Lee el actor José María Marcos.
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Querido señor Germain:
Esperé a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que de demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Le mando un abrazo de todo corazón.
Mercedes Sosa es una de las tantas artistas que tuvo que exiliarse durante la última dictadura argentina. Vivió unos años en Madrid, lejos de su familia y de sus amigos. Esta carta está dirigida a Fabián, su único hijo, y es una forma de saber cómo era la "Negra". Ella hablaba a borbotones. Los temas que aquí aparecen son vastos. Van del clima a Tchaikovsky, pasando por los conciertos, las grabaciones, los amigos y la belleza de su voz. Lee la periodista y sobrina de la cantante Maby Sosa.
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Madrid, 18 de julio de 1981
¡Hola, Fabián!
Después de haber hablado con vos, te escribo y con alegría de poder hacerlo. Mi mano no anda bien, tengo que tomar la lapicera con la punta de los dedos y me cansa. Mientras te escribo escucho música, Tchaicovky, Concierto para violín número 1.
Es sábado, son las cinco de la tarde. Desde esta hermosa casa, todo parece dulce. La temperatura, afuera corre una leve brisa, y aquí con el aire acondicionado siento frío. Todo parece así en mi vida, parece dulce, pero afuera están los problemas, ya tengo miedo de salir a la calle.
Me dejaste preocupada con lo de Araceli, espero no sea nada, por si acaso recemos querido. No nos va a venir mal, aunque sea a nuestros dioses.
Luego que cortaste, no me podía dormir y me habló Jorge Díaz Ortiz de México. Van a sacar el disco allá, si también lo compra Brasil ya tenemos buena parte del dinero.
Todo va bien respecto a mi viaje a América Latina, creo que para octubre estaré por allá.
Recibí una tarjeta postal de Takahisa un amigo japonés y me dice la final, “celebrándote estar impregnada de vida única manera de vencer la muerte”, como si hubiera sabido de mi accidente, yo creo que este hombre es adivino.
Bueno paso a contarte el 8 de julio estaban todos mis amigos en el teatro, José y Jacqueline, Horacio Molina, Christian y Héctor, fue una de las noches más hermosas de mi garganta, canté “Gringa chaqueña”. A veces, Fabián, es un gusto cantar. No abrir la boca si no saber que lo que se está arrojando afuera es hermoso. No siempre pasa, como sabrás.
¿Sabés que grabé con Raimundo Fagner? El músico brasileño. Grabamos “Años”, de Pablo Milanés. Bien, creo que bien. Todo es bueno si se graba bien.
¿Qué es de Gieco? ¿Siempre cantando bien? Estuve con Jairo, conoce a Gieco y gusta de él. Jairo es muy famoso en Francia. Creo que es el único argentino famoso.
El miércoles a las 12 de la noche me habló Hugo Otero, desesperado porque se enteró de mi accidente. Y no recordaba el teléfono tuyo, bueno, fue muy emocionante saber que no pierdo a la gente, pueden existir malentendidos pero la amistad sigue.
Hijo mío, te envío todo mi amor, todo mi cariño desde este exilio hasta de ustedes.
Un beso grande para vos y para Araceli.
Tu madre.
El amor tiene la virtud de desnudar no a los dos amantes, uno al frente del otro, sino a cada uno delante de sí. Eso decía Cesare Pavese sobre los vínculos. El novelista, poeta y crítico fue una de las más grandes figuras literarias de la Italia del siglo XX. En esta carta, le escribe a Pierina. Pero más que una carta de amor es una confesión -reposada y serena- de su soledad. Lee el actor, poeta y director Pablo Caramelo.
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Bocca di Magra, Agosto 1950
Querida Pierina, terminé causándote esta aflicción, o esta amargura, pero créeme no podía cumplir de otra forma. La razón inmediata es la inquietud de esta carrera en la que, sin bailar ni conducir, acabo perdedor, pero hay un motivo aún más cierto. Yo estoy, como se dice, al final de la vela.
Pierina, quisiera ser tu hermano, -primero porque de esa manera no habría una relación frívola entre nosotros-, y además para que tú pudieses escucharme y creerme con confianza. Si me he enamorado de ti no es porque te desease sino porque tú estás hecha con mi misma levadura, actúas y hablas como haría yo, en cuanto hombre, si en vez de haber aprendido a escribir, hubiese tenido tiempo para aprender a estar en el mundo. En realidad, en lo que yo he escrito y en tus días cohabitan la misma elegancia y seguridad. Sé, por lo tanto, con quien hablo.
Pero vos, por árida y cínica que seas, no estás al final de la vela como yo. Sos eres joven, increíblemente joven, sos como yo a los veintiocho años cuando, decidido a matarme por no sé qué decepción, no lo hice –tenía curiosidad por el mañana y por mí mismo- la vida me había parecido horrorosa pero aún así seguía teniendo interés en mí mismo.
Ahora es todo lo contrario: sé que la vida es preciosa, pero yo ya no estoy en ella, todo gracias a mí, y que esta es una fútil tragedia, al igual que tener la diabetes o el cáncer de los fumadores.
¿Puedo confesarte, amor, que nunca me desperté con una mujer a mi lado que sintiese mía, que ninguna de las que amé me tomó en serio, y que ignoro la mirada de agradecimiento que dirige una mujer a su hombre? Y, ¿recordarte que, a causa de mi trabajo, siempre tuve los nervios tensos y la imaginación clara y preparada, y el gusto de ganarme la confianza de los demás? Y, ¿que llevo cuarenta y dos años en el mundo?
La vela no puede quemarse por ambas partes –en mi caso la quemé entera por un solo lado y su ceniza son los libros que he escrito. No te digo todo eso para suscitarte piedad sino para clarificar, para que no creas que cuando me enfurruñaba fuera por diversión o para mostrarme intrigante. Yo ya estoy más allá de la política. El amor es como la gracia de Dios, no nos sirve la astucia.
En cuanto a mí, te quiero, Pierina. Te quiero como una hoguera. Llamémoslo el último esguince de la vela. No sé si volveremos a vernos. A mí me gustaría –en verdad no anhelo otra cosa- sin embargo, muy a menudo me pregunto qué te aconsejaría si fuera tu hermano. Lástima que no lo soy.
Amor.
Cesare Pavese
Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti nacieron en Italia. Eran obreros y seguidores del anarquista Luigi Galleani. Cuando eran muy jóvenes, emigraron a los Estados Unidos. En ese país, fueron encontrados culpables de dos crímenes que no cometieron.
El juicio duró apenas unas horas y estuvo marcado por las ideas antiitalianas, antiinmigrantes y antianarquistas de los jueces.
Después de seis años de protestas, apelaciones y presión internacional, fueron condenados a la silla eléctrica. En esta carta, escrita desde la cárcel, dicen: "No queremos morir inútilmente". Lo lograron. Se convirtieron en un símbolo mundial de la lucha obrera.
"Sacco y Vancetti" es el nombre de una obra de teatro sobre este caso. La escribió el dramaturgo y director Mauricio Kartun, quien lee este episodio de Epistolar.
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18 de octubre de 1921. Cárcel de Dedham, Mass.
Hemos sido erróneamente condenados por un atroz asesinato que otras personas cometieron. El crimen es completamente extraño a la lucha de los trabajadores para mejorar su situación.
No tenemos miedo a la muerte.
Todo trabajador, como siervo del capitalismo, afronta millones de veces la muerte en el cumplimiento de sus tareas. No tememos la muerte, pero nos rebelamos angustiados al pensar que debemos morir por un delito que no hemos cometido, por un hecho que no tiene ningún significado social.
Desde los primeros años de nuestra juventud hasta el momento de la detención dimos nuestro tiempo, nuestras fatigas y los medios que ganábamos penosamente a la educación de los trabajadores, preparándolos para el día que el proletariado sepa emanciparse.
No somos vulgares malhechores que robamos y matamos. Ningún hombre en condiciones mentales normales comete un asesinato. Los delitos de violencia son la demostración precisa de que la actual sociedad está en condiciones anormales que determinan esas formas especiales de delincuencia.
No es preciso aquí repetir la historia de nuestro proceso y de nuestra condena. Una red diabólica de mentiras fue construida en nuestro daño y algunos inocentes actos nuestros fueron hábilmente falseados por la mentalidad insidiosa de aquellos que en los defensores del trabajo, ven solamente enemigos de la sociedad.
El capitalismo americano no llega a comprender que un trabajador pueda ser un activo luchador contra la explotación y al mismo tiempo tener una inteligencia y un corazón que repudien los hechos de violencia.
El complot tuvo el último retoque al ponerse en evidencia nuestra fe en la justicia de las reivindicaciones de los trabajadores. Esta razón fue suficiente para condenarnos.
Si vamos a la silla eléctrica iremos, no porque se haya demostrado que somos culpables del delito que se nos atribuye, sino por nuestros ideales. E iremos permaneciendo fieles a nuestros principios, los cuales, si hoy son rechazados y combatidos, mañana dominarán la vida.
Si morimos, moriremos con la convicción de que los hómbres de vanguardia deben morir siempre. Deseamos, mientras tanto, que nuestra muerte no ocurra en vano y que vosotros, trabajadores que hacéis posible la vida de la sociedad moderna, haréis que nuestro sacrificio sea más elocuente y útil al progreso social que lo sería nuestra vida.
No queremos morir inútilmente.
Si hemos de morir, haced al menos que nuestro sacrificio contribuya a abrir el camino a un mundo en el que no existan más las clases dominantes, sofocando las aspiraciones de la libertad.
Nicolás Sacco
Bartolomé Vanzetti
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