Estas palabras deben haber sonado como trompetas de triunfo para aquel pueblo desterrado; eran palabras de esperanza: de esperanza en el Dios de la misericordia, en el Dios que por amor, no se acuerda más de nuestros pecados, pues los ha sepultado en el mar. Este es nuestro Dios, este es el Dios que nos ha perdonado en Cristo a todos aquellos que, como dice san Pablo, en otro tiempo habíamos vivido en el error, llenos de odio y seducidos por nuestras pasiones.
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