Este texto como otros de la tradición yahvista pretenden, ante todo, dar un mensaje más que ilustrar un hecho totalmente histórico. En este pasaje vemos ante todo la soberbia humana, fuente de todos los pecados, que quiere mostrar su poder al margen de Dios; querer que lo reconozcan como el “todopoderoso”. Y es que esta es la tentación del hombre desde su creación, hacerse independiente de su Creador y “conquistar el cielo” por sus propios medios.
Esto, como es evidente en el relato, siempre termina en destrucción y división. De la misma forma que se dividieron Adán y Eva entrando en rivalidad y acusaciones mutuas, así también, en este otro ejemplo nuevamente se da la confusión y la división. Es, pues, necesario que entendamos que, como dice Jesús, “sin él nada podemos hacer”.
Que la soberbia humana sólo lleva a confundir las lenguas y a no entendernos con los demás hermanos. Esto, como nunca, es hoy una realidad ya que vemos cómo la humanidad, como en Babel, busca conquistar su felicidad al margen de Dios y, como resultado, ni los gobiernos, ni las culturas, ni nuestras propias familias hablan ya el mismo lenguaje y todos toman para su lado. Es necesario reconocer que necesitamos a Dios y hacer de él el centro de nuestra vida, de nuestras familias y de nuestra sociedad; volver a depender de él y con él construir la ciudad del amor, no la del egoísmo. Deja que el Espíritu Santo tome control de tu vida y te lleve a vivir la unidad en al amor de Dios.
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