La infidelidad siempre tiene consecuencias negativas en la vida del hombre.
Cuando, seducidos por el pecado, olvidamos nuestra alianza bautismal y nos enrolamos en la vida mundana, nuestra vida se divide de la misma manera que se dividió el reino de Israel, y como producto de esta división se pierde la paz y la armonía interior, lo que tarde o temprano terminará por extinguir en nosotros la felicidad. Y es que, como diría Jesús, no podemos servir a dos amos, pues con alguno de ellos se quedará mal.
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