Lucas 1, 57-66 nos relata el momento en que Isabel, ya de edad avanzada, trae al mundo a su hijo. Este nacimiento, rodeado de vecinos y parientes, es contemplado como una “gran misericordia” del Señor. La alegría no es una simple emoción pasajera; tiene raíces en el reconocimiento de la obra de Dios en medio de la vida ordinaria, en el don que se recibe cuando las fuerzas humanas parecían agotadas. Aquí, la esperanza, largamente esperada y casi ya olvidada, se hace realidad.