“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios…” (Salmo 46:10)
En medio del ruido constante, las prisas diarias y las múltiples responsabilidades, la atención plena se ha convertido en un tesoro olvidado. Para muchas mujeres cristianas, esto no solo significa distracción mental, sino una desconexión espiritual: dejamos de percibir la voz suave de Dios en lo cotidiano.