Frecuencia Literaria

Frecuencia Literaria

By Ignacio RomeroArtsBooks
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Frecuencia Literaria episodes

  • “Fa, mi sol” - canción original
    Quiero compartir una canción que compuse y dediqué en abril de 2020. Autor: Ignacio Domínguez Romero. [Grabación casera, con audífonos se aprecia mejor].
    Estribillo 1
    Aprendí a mirar con tus ojos
    Me diste tu mano y me deje llevar
    Caminar junto a ti es volar
    Eres la música que me hace bailar
    Coro
    Guárdame en tu corazón
    Un día sin ti es perder la razón
    y con razón te empecé a amar
    Siempre ha sido tan real
    Estribillo 2
    Me tomaste del brazo empezamos a andar
    Me dijiste todas las palabras sin hablar
    De tu boca sale la melodía que amo escuchar
    Coro
    Guárdame en tu corazón
    Un día sin ti es perder la razón
    y con razón te empecé a amar
    Siempre ha sido tan real
    Estribillo 3
    Quédate acostada en mi pecho
    Déjame cuidar de ti
    Llenas mi alma de alegría
    Tu magia es la que me ilumina
    3 min
  • “La belleza” - Hermann Hesse
    «La mitad de la belleza depende del paisaje; y la otra mitad de la persona que la mira…
    Los más brillantes amaneceres; los más románticos atardeceres; los paraísos más increíbles; se pueden encontrar siempre en el rostro de las personas queridas.
    Cuando no hay lagos más claros y profundos que sus ojos; cuando no hay grutas de las maravillas comparables con su boca; cuando no hay lluvia que supere a su llanto; ni sol que brille más que su sonrisa…
    La belleza no hace feliz al que la posee;
    sino a quien puede amarla y adorarla.
    Por eso es tan lindo mirarse cuando esos rostros se convierten en nuestros paisajes favoritos…»
    2 min
  • “Teología” - Elena Garro
    Como ustedes no lo ignoran, yo he viajado mucho. Esto me ha permitido corroborar la afirmación de que siempre el viaje es más o menos ilusorio, de que nada nuevo hay bajo el sol, de que todo es uno y lo mismo, etcétera, pero también paradójicamente, de que es infundada cualquier desesperanza de encontrar sorpresas y cosas nuevas: en verdad el mundo es inagotable. Como prueba de lo que digo bastará recordar la peregrina creencia que hallé en Asia Menor, entre un pueblo de pastores, que se cubren con pieles de ovejas y que son los herederos del antiguo reino de los Magos. Esta gente cree en el sueño. “En el instante de dormirte, me explicaron, según hayan sido tus actos durante el día, te vas al cielo o al infierno”. Si alguien argumentara: “Nunca he visto partir a un hombre dormido, de acuerdo con mi experiencia, quedan echados hasta que uno despierta”, contestarían: “El afán de no creer en nada te lleva a olvidar tus propias noches —¿Quién no ha conocido sueños agradables y sueños espantosos?— y a confundir el sueño con la muerte. Cada uno es testigo de que hay otra vida para el soñador; para los muertos es diferente el testimonio: ahí quedan, convirtiéndose en polvo”.
    2 min
  • “El recado” - Elena Poniatowska
    «Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arrancan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos… Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza.
    Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones… Pienso en ti muy despacio, como si te dibujara dentro de mí y te quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.
    Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles, Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de ti que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan los niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: “No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche…” Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor.
    Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí… Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos –oh, mi amor– tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.
    Ha caído la noche y ya y casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: “Te quiero” No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo… Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine».
    5 min
  • “Para los que llegan...” - Rubén Bonifaz Nuño
    «Para los que llegan a las fiestas
    ávidos de tiernas compañías,
    y encuentran parejas impenetrables
    y hermosas muchachas solas que dan miedo
    —pues uno no sabe bailar, y es triste—;
    los que se arrinconan con un vaso
    de aguardiente oscuro y melancólico,
    y odian hasta el fondo su miseria,
    la envidia que sienten, los deseos;
    para los que saben con amargura
    que de la mujer que quieren les queda
    nada más que un clavo fijo en la espalda
    y algo tenue y acre, como el aroma
    que guarda el revés de un guante olvidado;
    para los que fueron invitados
    una vez; aquellos que se pusieron
    el menos gastado de sus dos trajes
    y fueron puntuales; y en una puerta,
    ya mucho después de entrados todos,
    supieron que no se cumpliría
    la cita, y volvieron despreciándose;
    para los que miran desde afuera,
    de noche, las casas iluminadas,
    y a veces quisieran estar dentro:
    compartir con alguien mesa y cobijas
    o vivir con hijos dichosos;
    y luego comprenden que es necesario
    hacer otras cosas, y que vale
    mucho más sufrir que ser vencido;
    para los que quieren mover el mundo
    con su corazón solitario,
    los que por las calles se fatigan
    caminando, claros de pensamientos;
    para los que pisan sus fracasos y siguen;
    para los que sufren a conciencia
    porque no serán consolados,
    los que no tendrán, los que pueden escucharme;
    para los que están armados, escribo».
    2 min
  • “Para los que llegan...” - Rubén Bonifaz Nuño
    Para los que llegan a las fiestas
    ávidos de tiernas compañías,
    y encuentran parejas impenetrables
    y hermosas muchachas solas que dan miedo
    —pues uno no sabe bailar, y es triste—;
    los que se arrinconan con un vaso
    de aguardiente oscuro y melancólico,
    y odian hasta el fondo su miseria,
    la envidia que sienten, los deseos;
    para los que saben con amargura
    que de la mujer que quieren les queda
    nada más que un clavo fijo en la espalda
    y algo tenue y acre, como el aroma
    que guarda el revés de un guante olvidado;
    para los que fueron invitados
    una vez; aquellos que se pusieron
    el menos gastado de sus dos trajes
    y fueron puntuales; y en una puerta,
    ya mucho después de entrados todos,
    supieron que no se cumpliría
    la cita, y volvieron despreciándose;
    para los que miran desde afuera,
    de noche, las casas iluminadas,
    y a veces quisieran estar adentro:
    compartir con alguien mesa y cobijas
    o vivir con hijos dichosos;
    y luego comprenden que es necesario
    hacer otras cosas, y que vale
    mucho más sufrir que ser vencido;
    para los que quieren mover el mundo
    con su corazón solitario,
    los que por las calles se fatigan
    caminando, claros de pensamientos;
    para los que pisan sus fracasos y siguen;
    para los que sufren a conciencia
    porque no serán consolados,
    los que no tendrán, los que pueden escucharme;
    para los que están armados, escribo.
    2 min

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