Comenzamos mirando el mundo que nos rodea y todo lo que nos aleja de Dios. Miramos la soberbia, el placer desordenado, el dinero, el pecado, la tentación. Miramos la muerte, el juicio, el infierno.
Y hoy terminamos mirando el destino: el purgatorio para los que todavía necesitan purificarse, y el cielo para los que están listos.
Hay algo que quiero que te lleves de estos ocho días:
La vida no es un accidente. Tiene un origen y tiene un destino. Y ese destino —si lo elegimos— es la felicidad más grande que el corazón humano pueda imaginar, multiplicada por infinito.
Vale la pena vivir para eso.