Sheridan Voysey
Hechos 9:1-6, 17-20
… y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Hechos 9:4
En septiembre de 1963, el artista galés Jon Petts se enteró de que un atentado con bomba, de motivación racial, había matado a tres niñas afroamericanas en una iglesia bautista de Birmingham, Alabama. Deseoso de ayudar, se ofreció a sustituir el vitral roto. El pueblo de Gales no tardó en recaudar fondos.
El llamativo vitral de Petts muestra a Jesús en la cruz, con la mano derecha presionando contra el marco para significar que expulsa el odio, y la izquierda abierta, ofreciendo perdón. En la parte inferior, aparece una frase en inglés que se traduce: «A mí me lo hicieron». Uno se pregunta a quién dirige Jesús esas palabras: ¿al grupo racista que mató a esas tres jóvenes creyentes o a los galeses que donaron la ventana?
Tal vez no sea una sola opción. Antes de su conversión, Saulo perseguía a los discípulos de Jesús (Hechos 9:1-2). Sin embargo, cuando Cristo se le apareció, le dijo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». (v. 4). Jesús se identifica tan estrechamente con su pueblo que dañarlo o bendecirlo es dañar o bendecir al Señor mismo.
Como descubrió Saulo, Jesús expulsa el odio, ofreciendo un perdón transformador (Hechos 9:17-20). Sus manos, derecha e izquierda, siempre trabajan juntas y nunca dejan de sostener a su pueblo sufriente.
¿Cómo puede motivarnos el ejemplo de Jesús a servir a la iglesia perseguida? ¿Cómo podría cambiar nuestra perspectiva sobre ayudar a un creyente necesitado?
Querido Jesús, quiero servirte sirviendo hoy a tu pueblo que sufre.
Isaías 59–61
2 Tesalonicenses 3
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