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En este tramo final de su mandato, consolidado en parte y situado fuera de la contienda electoral, Arévalo se concentró en la terminación de ciertas obras y la aprobación de algunas leyes que él consideraba de importancia. Por otra parte, se iba ensanchando la separación que, entre el gobierno de Arévalo y el de los Estados Unidos, había comenzado a producirse algún tiempo antes, y que se convertiría en un distanciamiento total en el momento de completar su mandato.
Todo el país se convulsionó profundamente a medida que iba conociendo la muerte del desventurado coronel.
Arana murió por el procedimiento increíblemente irregular que se puso en práctica para eliminarlo como actor político. No faltamos a la objetividad si destacamos, en primer lugar, la escasa legalidad de la forma en que se lo depuso de la jefatura de las fuerzas armadas. En segundo lugar resulta bastante curiosa la forma en que se procedió a tratar de detener al coronel. Se le hizo lo que técnicamente puede llamarse una emboscada, y fue una partida de gente “visiblemente” armada la que se consignó para comunicarle una decisión que, si acaso se le alcanzó a transmitir, el coronel apenas si tuvo tiempo de escuchar.
Lo que sucedió durante ese largo fin de semana no ha quedado totalmente claro, pues abundan las versiones encontradas que dan diverso sentido a los sucesos posteriores.
Lo invitamos a compartir con sus redes sociales estos interesantes momentos de la historia de Guatemala
Por más que ambos militares, Arana y Arbenz, hubiesen aceptado sinceramente un orden de sucesión presidencial entre ellos, las fuerzas políticas que existían detrás de Jacobo Arbenz estaban ya lo suficientemente definidas como para impedir cualquier acuerdo que, en mayo de 1949, truncase sus aspiraciones. Arana, por su parte, no carecía de apoyos.
Desde comienzos de 1949, y desde antes aún para algunos, Arana era percibido como un potencial golpista, enemigo de la revolución y peligroso por su orientación de derecha. Así lo veían Arévalo y la mayoría de los dirigentes del PAR y las fuerzas situadas más hacia la izquierda del espectro político.
Hubo un momento, un corto período que podemos situar hacia mayo de 1949, en el que pareció que la revolución podría proseguir por un cauce pacífico, tal vez no completamente democrático todavía, pero sí más estable y moderado que el que había recorrido en los últimos tres años. El delicado problema de la sucesión presidencial fue encarado, y aparentemente resuelto, por medio de un acuerdo que prometía disipar gran parte las tensiones acumuladas hasta el momento.
Un clima de creciente hostilidad entre gobierno y oposición se fue desarrollando durante toda la presidencia de Arévalo. El propio mandatario, con sus palabras -a veces incendiarias y otras veces irónicamente despectivas- contribuiría en buena medida a fomentar este progresivo antagonismo.
Arévalo y las fuerzas de izquierda que dominaban los partidos que lo apoyaban habían quedado como descolocados en un panorama internacional que se había escindido abruptamente en dos campos opuestos (URSS y los Estados Unidos). La revolución, entonces, debía alinearse de algún modo en el contexto de la nueva realidad mundial: o con el bloque comunista o con el capitalismo que, más o menos democrático, alentaban los Estados Unidos.
Para quienes gobernaban Guatemala en aquellos tiempos el objetivo principal de la revolución debía concretarse en un nuevo estatuto que, estableciendo firmemente nuevos derechos para el trabajador, modernizase las relaciones laborales y otorgase a estos mejores condiciones de vida. Ya parte de la tarea se había realizado al redactar la constitución vigente, que con lujo de detalles incursionaba en el terreno mencionado, así como en algunas leyes provisionales aprobadas con cierta celeridad.
En Guatemala la forma apresurada con que se elaboró la nueva constitución y se sentaron las bases de una nueva institucionalidad, la manera en que se realizaron las elecciones y, sobre todo, la agresividad que desde el gobierno se desplegó contra toda forma de oposición, mostraron enseguida que había firmeza en seguir el curso revolucionario pero que el carácter democrático del nuevo régimen debía ser considerado, en el mejor de los casos, como bastante limitado en sus alcances.
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