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En 1968 se estrenaba una película que cambiaría para siempre la historia del cine: “La noche de los muertos vivientes”. Considerada una de las grandes obras maestras del terror de todos los tiempos, mostraba a los muertos volviendo a la “vida”. La película acabaría recaudando más de 42 millones de dólares en todo el mundo y la revista Time la incluyó entre las 25 mejores películas de terror de la historia. Es considerada la base de todo el género zombi, ha influenciado a varias generaciones y posiblemente series como “The Walking Dead” no existirían si esta película no hubiera sido rodada. Su creador fue George A. Romero, considerado uno de los grandes genios del terror de todos los tiempos y director de culto. Lo que pocos saben es que su padre nació en A Coruña, que dos de sus tías que vivían a caballo entre Galicia y los Estados Unidos financiaron su película y que Romero se inspiró en las historias que de pequeño le contaban sobre la Santa Compaña para crear su ópera prima, la película que inauguró un nuevo género y que le convirtió en el padre de los zombis modernos.
En el Siglo XIX, la mujer comenzaba a hacerse sitio en la sociedad intelectual y cultural. Nombres como Rosalía de Castro, Emilia Pardo Bazán o Concepción Arenal forman parte de la cultura gallega y española como algunas de aquellas pioneras que abrieron el camino. Entre todas ellas hubo muchas olvidadas por el camino que contribuyeron a dar visibilidad a la mujer y que lucharon por sus derechos. Una de estas grandes heroínas fue una mujer nacida en Almeiras, A Coruña, cuyo nombre, la mayoría, desconoce. Su vida transcurrió a la par que dos Guerras Mundiales, la caída de una Corte Imperial, una Revolución, la proclamación de una República y una Guerra Civil, y fue la primera mujer que, desde dentro, puso las palabras para contárselo a todos los Españoles. Esta es la historia de la primera corresponsal de guerra de forma permanente que tuvo nuestro país, la coruñesa Sofía Casanova.
La historia oficial dice que holandeses y británicos cartografiaron y descubrieron “oficialmente” Australia y Nueva Zelanda entre los siglos XVII y XVIII. Pero parece haber pruebas de que, un Siglo antes, una carabela repleta de gallegos ya había estado allí. Este navío, parte de una expedición que había partido desde A Coruña, dejó allí descendencia y retazos de nuestra cultura. Por este motivo en Nueva Zelanda y Australia hay hórreos “gallegos”, y por eso en A Coruña hay un árbol, originario de Oceanía, que se cree que fue plantado por un superviviente de la expedición en su retorno a Galicia hace casi 500 años.
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