Jesús nos invita a cargar la cruz y seguirlo. Nos libera de falsos ídolos y se transforma en la llave que nos abre las puertas para entrar en la Presencia de Dios.
Podemos preguntarnos:
¿Cuál es mi actitud ante el seguimiento de Cristo? ¿Rehúyo de estar en su presencia?
¿Me pongo antes que Él, pretendiendo que me siga a mí en vez de seguirlo?
¿Lo sigo, pero no lo consigo por falta de constancia?
Leemos en el Evangelio:
En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo:
“Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».