Ascensión da término a la Encarnación de Cristo, que vino a la tierra en busca del hombre y ahora se introduce junto con el hombre, en el seno de la Trinidad.
Podemos preguntarnos:
¿He fundado mi alegría en la esperanza puesta en el Cielo como morada última del hombre? o más bien ¿He confundido la alegría genuina con los placeres mundanos?
¿He aprovechado la Buena Noticia que Jesús nos hace todos los días como ayuda para resolver el conflicto?
¿Mi oración se circunscribe a una serie de peticiones o más bien alabo al Señor abriéndome a los dones que quiera regalarme?
Leemos en el Evangelio de hoy:
"En aquel tiempo, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto. Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”.
Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios."