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Cristo no cometió pecado alguno; pero por causa nuestra, Dios lo hizo pecado, para hacernos a nosotros justicia de Dios en Cristo. (2 Corintios 5:2, DHH)
Cruces. Adonde miremos hay una. En los techos y frentes de iglesias, gente que la luce colgada de una cadena, en el extremo de un rosario, en anillos. En distintos materiales, caracoles, plástico, plata y oro. La cruz es el símbolo universal del cristianismo. La verdad es que a simple vista nos parece una elección extraña. No deja de ser una herramienta de tortura, y sin embargo para los que creen es un símbolo de esperanza. El diseño es minimalista, una línea vertical y otra horizontal. Verticalmente se eleva hacia la santidad de Dios, tan alta, tan inalcanzable, por el otro lado horizontalmente se extiende, como el amor de Dios. Uno representa la amplitud de su amor; el otro la altura de su santidad. La cruz es el punto de encuentro entre Gracia y Justicia.
En la cruz Dios perdonó a la humanidad sin bajar sus estándares de santidad. Dios puso nuestro pecado sobre su Hijo y lo castigó allí. Nuestros pecados han sido puestos sobre Jesús. Jesús recibe el castigo, nuestro castigo. Cristo está entre nosotros y Dios. El pecado es castigado, pero estamos a salvo, ¡a salvo a la sombra de la cruz!
"Señor, hazme conocer tus caminos; muéstrame tus sendas". (Salmo 25:4)*
Hace tiempo me di cuenta que el carnaval entusiasma más que la pascua, y puede ser porque tiene ese brillo, esa alegría, disfraces, cuerpos esbeltos con poca ropa, música pegadiza y que invita a bailar, como diría la vieja canción, por cuatro días locos te tenés que divertir.
Comparativamente es razonable, pero acá hay un tema de cantidad de ganas, de compromiso que como cristianos al menos debería avergonzarnos.
Cuando llegamos con mi esposa al pueblo de Máximo Paz, nos dimos cuenta que a partir de diciembre, todos los días, en cuanto bajaba un poquito el sol, escuchábamos percusión, tambores y redobles hasta entradito el anochecer. Luego descubrimos que en el descanso que hay en la entrada al pueblo, frente a la estación, se juntaban las murgas a ensayar los pasos, las coreografías, las canciones y todo lo que se hace en carnaval ¡y el carnaval es en febrero!, dos meses antes todos se comprometían, ponían el cuerpo para esos tres días. ¡Y todo por un rey ficticio!
Que deberíamos hacer nosotros que realmente creemos en un Dios vivo, que no se hace presente durante un par de días al año, sino que es un Dios personal, preocupado por cada una de sus criaturas.
*Señor, enséñame a vivir a tu manera. Muéstrame el camino que tú seguirías. (Versión PDT. Palabra de Dios para todos)
“El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos.”
Cuantas veces hemos oído la siguiente frase: “-desearía poder decir que todo está perdonado y olvidado, pero no lo está. Por mucho que lo intento, todo lo que siento es rencor y amargura.”
¡Obviamente! Sin perdón, la amargura y el rencor es todo lo que queda.
Tal vez sea una vieja herida. Un padre abusó de ti. Un amigo te traicionó. Y estás enojado. Quizá la herida todavía esté fresca y abierta. El amigo que te debe dinero acaba de comprar un nuevo celular de alta gama. El jefe que te contrató con ofertas de ascensos, ni siquiera se acuerda de tu nombre. ¡Y estás lastimado! Te sentís agitado, palpitante, es la ira. Y te quedas con una decisión. ¿Lo supero o voy por el ojo por ojo? ¿Dejo que mis heridas sanen o dejo que las heridas se infecten con odio? Sin duda el perdón es el camino de la sanidad absoluta.
«Se ha cumplido el tiempo —decía—. El reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!» (Marcos 1:14).
Las primeras palabras que nos dirige el Jesús presentado por Marcos, es una llamada a la conversión: ¡Conviértanse! Pero, ¿qué entendemos con la palabra conversión? Convertirse es cambiar, pasar de una situación antigua a una situación novedosa. Ese sentido está en el lenguaje ordinario.
En clave creyente, la invitación que Jesús nos hace a la conversión expresa una realidad más profunda. Es un cambio, en efecto, pero:
Lo que si es:
A los creyentes nos puede parecer que esto de la conversión no es para nosotros. Los que necesitan convertirse son los que no creen, los que actúan mal en su vida, los otros, siempre los otros…
Por eso, para captar el sentido de la llamada de Jesús a la conversión, es necesario que nos miremos un poco al ombligo (si, esta vez si es necesario) y nos preguntemos quiénes somos nosotros.
¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? (Mateo 6:27)
¿Qué harían los padres sin preocuparse? Casi parece como si estuviera en la descripción del trabajo. “Se buscan padres. Debe ser capaz de soportar noches de insomnio y búsquedas sin sentido, apretando los puños y comiéndose las uñas”.
“…el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.” (Mateo 6:32 y 33)
Jesús nos llama a la calma, desafiándonos “Tu Padre celestial ya conoce todas tus necesidades. Entonces busca el Reino de Dios por encima de todo y viví con rectitud, y él te dará todo lo que necesites”.
Busca primero el reino de la riqueza, y te preocuparás por cada peso o dólar. Busca primero el reino de la salud, y vas a sudar por cada dolor y bulto que veas en tu cuerpo. Busca primero el reino de la popularidad y revivirás una y otra vez cada fracaso. Busca primero el reino de la seguridad, y saltarás del barco ante cada salpicadura del agua.
¡Pero si buscas primero su reino, seguramente lo vas a encontrar! Dios satisface las necesidades diarias, todos los días, diariamente. Ni semanal ni anualmente. Él te va a dar lo que necesites cuando sea necesario. Hebreos 4:16 dice: “Acerquémonos confiadamente al trono de nuestro Dios misericordioso, donde podamos recibir misericordia y en su gracia hallar oportuna ayuda”.
¡Que Dios sea suficiente!
“…cuán incomparable es la grandeza de su poder (de Dios) a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz que Dios ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en las regiones celestiales”. (Efesios 1:19-20)
¿Porque nos apresurarnos y corremos desesperados? Si nuestra vida está dedicada y descansa en Dios, no debemos entrar en pánico, por el contrario, confiamos. La misma mano que empujó la roca que cubría la tumba de Jesús, también fortalecerá nuestro corazón para calmarnos y hacernos confiar. El mismo poder que sacudió el corazón inerte de Cristo puede volver a encender nuestra apagada y decaída fe.
Solo debemos dejar nuestro “cable al cielo” conectado. Dios está en control. El entro en nuestra historia, y ahora la historia de Dios se transforma en nuestra historia, su universo es nuestro universo, y su poder se convierte en nuestro poder.
Las peregrinaciones espirituales están de moda. Tanto en América como en el viejo mundo. Peregrinaciones al Machu Pichu, Guadalupe, Lujan, Caacupé, Gauchito Gil, Pachamama, San Cayetano, Chichen Itzá, Lourdes, La Meca, Jerusalén, el Tíbet, el Rio Ganges, y hasta en lo histórico, hoy se realizan excursiones rememorando el cruce de los Andes.
Lo que hace mucho fue una experiencia profundamente religiosa es hoy una mezcla de búsquedas de silencio interior, de convivencia y encuentro, de esfuerzo personal, de turismo, de religiosidad, de patriotismo, de encuentro con lo místico.
Cada peregrino, puede llevar motivaciones muy diversas para hacer su camino, pero lo que es claro, es que tiene una meta en el horizonte: encontrarse con algo mas grande que el mismo.
“Si ahora vivimos por el Espíritu, dejemos también que el Espíritu nos guíe.” Gálatas 5:25
¿Cuantas cosas quedan por probar? ¿Qué impedimento necesitamos para seguir resistiendo el Espíritu de Dios? Podemos entristecer al Espíritu con nuestras palabras y acciones movidas por la bronca y nuestra desobediencia. Podemos organizar golpes de estado espirituales, conspirar contra el Espíritu en nuestra mente. Incluso podemos apagar el Espíritu echando baldazos de agua sobre las enseñanzas de Dios.
Pero hay algo que nos ayuda a mantenernos en sintonía con el Espíritu. Sabemos que el “fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”. Son indicadores en nuestro panel de instrumentos espiritual. Entonces, cada vez que los percibimos, sabemos que estamos caminando en el Espíritu. Siempre que nos faltan, ¡sabemos que estamos fuera de sintonía con Dios! Hagamos nuestro mejor esfuerzo para seguir el consejo de Gálatas 5:25 y "¡Mantené el paso con el Espíritu!"
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