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“Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).
Colgado de una cruz, desnudo y lastimado, Jesús pronunció sus últimas palabra con un grito desgarrador y luego murió. Fue entonces que la cortina del Templo se rasgó, esa cortina que separaba a todo el pueblo de la casta sacerdotal. Y fue desde arriba hacia abajo, como si alguien desde lo alto tirara tan fuerte de la tela, despedazándola. Mil quinientos años de un misterioso Lugar Santísimo culminaron en ese momento.
El Dios santo, perfecto, invisible e inaccesible que hasta ahora era separado de nosotros, se abría paso entre la humanidad. Ni siquiera Moisés, su “amigo Moisés” podía verlo: “Pero debo aclararte que no podrás ver mi rostro, porque nadie puede verme y seguir con vida.” (Éxodo 33:20). Nos separaba una eternidad de Dios, hoy podemos vivir con Él, en Cristo. Jesús no nos ha dejado con un Dios inaccesible.
Cuando su carne fue destrozada en la cruz, la cortina se rasgó en dos. Con una puerta abierta de par en par, somos bienvenidos a la presencia de Dios, cualquier día, en cualquier momento. La barrera del pecado dejo de existir. No más cortinas.
«Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida, lo que hemos visto y oído lo anunciamos también a vosotros, para que vosotros también tengáis comunión con nosotros» (1 Juan 1:1-3).
La biblia no es un libro mágico, no tiene ningún poder místico, no existen palabras arcanas que nos den poder, no ganamos nada besándola, ni da ninguna protección abriéndola en algún pasaje en particular.
No me malentiendan, amo la Biblia, y creo que de forma muy especial para los cristianos, el Nuevo Testamento y en especial los evangelios, recogen la experiencia de fe del pueblo de Dios.
Juan comienza su primera carta con una frase que es una continua invitación a los hombres y mujeres de hoy a tomar entre sus manos ese testimonio que nos dejaron los primeros testigos, para que Dios siga hablando por medio de su Palabra en el hoy de nuestras vidas.
Los mismos textos, las mismas parábolas, los mismos relatos leídos en situaciones personales diversas nos ofrecen una palabra siempre nueva que continuamente nos interpela.
Por eso, la Pascua, es un tiempo oportuno para acercarnos a la Palabra de Dios para que nuevamente se nos cuente la historia, o como escribi en el libro sobre la reforma, “cuéntanos la vieja historia. La mayor ayuda de que podemos disponer para recorrer el camino hacia la Pascua es una calma lectura de la Palabra de Dios.
Desde el Genesis, el relato cuenta la Historia de Salvación, desde los principios del universo y que encuentra su momento culminante con la muerte y Resurrección de Jesús.
El verdadero creyente no puede ver esa historia desde fuera, como un advenedizo[1], como si estuviéramos hablando del Señor de los Anillos con personajes ajenos a nosotros. Esta Historia de Salvación es nuestra propia historia y por eso, hay que conocerla, y hacerla presente en nuestras vidas.
[1] Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, (Efesios 2:19)
Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios. (1 Corintios 2:21)
Supongamos que nos paráramos en un escenario mientras una película de cada momento de sucios secretos y actitudes egoístas de nuestra vida se proyectara en la pantalla detrás de nosotros. La sola imagen nos aterra. Gritaríamos a Dios que tuviera piedad y terminara de una vez.
Y eso que solo podemos imaginar es una fracción de lo que Cristo sintió en la cruz. El experimento toda película, de todo ser humano, de todo tiempo desde la aparición del primer hombre en la tierra.
La Biblia dice que Cristo llevó todos nuestros pecados en su cuerpo. ¿Qué ves cuando ves a Cristo en la cruz? La gente ignora la galería de delitos aberrantes que están colgados en Cristo. Ese Jesús, es un malversador, asesino, mentiroso, un violador, un intolerante. ¡Como se nos ocurre mezclar a Cristo con esas aberraciones! No se nos ocurre, Jesús lo hizo, él se puso entre Dios y cada uno de nosotros, con las manos abiertas, invitó a Dios, castígame como lo harías con todos ellos.
Y Dios lo hizo. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?” (Mateo 27:46). ¿Por qué Cristo gritó esas palabras? Es simple, para que ninguno de nosotros tenga que hacerlo. Dios está con nosotros cada día, hasta el fin.
Es cierto que nos resulta difícil pedir perdón, pero hacerlo es reconocer quiénes somos. Podemos excusarnos en el tradicional argumento de por qué tengo que contar aun cura mis pecados. Podemos buscar un cristianismo más o menos a nuestra manera en el que nos las vemos a solas con Dios, haciendo las paces con el individualismo tentador.
A pesar de todo esto, la Iglesia, la comunidad de creyentes en Jesús, sigue haciendo en este camino a la pascua una llamada a la celebración del perdón, a dejarse reconciliar por Dios, a vivir el encuentro del amor gratuito e incondicional de Dios con los hombres, seamos como él.
Sermón perteneciente a la serie: "Camino a la Pascua", predicado por el Pastor Sergio Richaud el domingo 10 de Abril de 2022, en la ICEB Pueblo de Dios, en Carlos Spegazzini.
"Esto es algo que Dios había decidido hacer desde antes de crear el mundo, y Cristo apareció en estos últimos tiempos para bien de ustedes." (1 Pedro 1:20)
“Gente de a pie”, así se llama a las personas que no tienen incidencia en decisiones importantes, importantes según el sistema de la sociedad actual. Pero, tomemos el ejemplo de Cristo. Las decisiones de Jesús comenzaron en una carpintería en el un pueblo pequeño. Nadie puede decir que su vida era extraordinaria, era totalmente común, como la nuestra. Sin embargo, su llamado era poco común. Fue un llamado a cambiar el mundo, para lo que tuvo que despedirse de su propio mundo.
Todo estaba escrito, simplemente le tocó a él interpretar el papel. Cuando pienses que tu vida no tiene propósito, cuando sientas que desde tu lugar en el mundo no puede cambiar nada, recordá a Cristo.
El día que se fue de Nazaret, tomo la decisión mas importante de su vida, y la nuestra, ese día nos declaró su amor. ¿Crees común tu vida? Dios tomó nuestras vidas muertas por el pecado y nos dio vida en Cristo. ¡Quizás no somos tan comunes después de todo!
¿Cómo puede entenderse hoy en día el tema del ayuno?
Desde luego no puede presentarse desde una visión pesimista del hombre, una concepción negativa del cuerpo al que hay que castigar con privaciones de alimento para doblegar sus pasiones.
Esto está muy lejos de la visión cristiana del hombre. La clave para entender el ayuno es el amor. La caridad es el principio de los principios del cristianismo. Esto ya lo intuyeron los profetas cuando ponían en boca de Dios estas palabras: «Misericordia quiero, y no sacrificios».
¿De qué sirve ayunar estrictamente, si luego se va a tener una cara de amargado y un carácter insoportable? De poco, ciertamente. El ayuno tiene que ser expresión de amor y el ayuno más difícil no es el del alimento, sino el del egoísmo y el de todas las actitudes que nos separan de los demás y por ello de Dios.
“…El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decirme: “Muéstranos al Padre”?¿Acaso no crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les comunico, no las hablo como cosa mía, sino que es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras.
Juan 14:9-10
Hay algo que los protestantes conocemos como el Trilema de Lewis, si, ese Lewis, el de Narnia. La argumentación básica se sostiene en el siguiente dilema: o Jesús decía la verdad o no. Era un lunático: Jesús no era Dios, pero creía que lo era. Era un mentiroso: Jesús no era Dios, y lo sabía. O es el Señor: Jesús es Dios.
¡No hay medias tintas con Jesús! No existe Corea del Centro, Jesús se vio a sí mismo como Dios. Nos deja con dos opciones: aceptarlo como Dios, o rechazarlo como un loco y mentiroso. No hay una tercera alternativa. Tenemos que elegir.
Se trata de Cristo, tienes que hacer lo mismo. Llamalo loco, o coronalo como rey. Descartalo como un fraude, o declaralo como Dios. Alejate de él o inclinate ante él, pero no juegues con él. Él es esperanza o perdición. Pero nada en el medio.
“Así como una persona lo hizo mal y nos metió en todo este problema con el pecado y la muerte, otra persona lo hizo bien y nos sacó de eso” (Romanos 5:18)
Paso hace tanto tiempo. Al comienzo de todo, en un mundo ideal, sin contaminación, sin límites. En ese país único, en Pangea, el primer hombre, Adán, fue desafiado a permanecer sin pecado en un mundo sin pecado.
Miles de años después, en un mundo plagado de muerte, guerra, pobreza y destrucción, un carpintero de Nazaret fue desafiado a permanecer sin pecado en un mundo asolado por el pecado. Cristo desafió su entorno, el Hijo de Dios fue tentado, pero nunca falló, fue golpeado pero nunca derribado. Triunfó donde fracasó Adán.
Tú y yo no somos distintos, Jesús sabe esto, él se hizo uno de nosotros, se aprojimó, se hizo un prójimo nuestro, y nos amó, y se sometió a ser tentado como cada uno de nosotros. Él fue victorioso por nosotros. ¡Confiá en eso!
Para la iglesia y la gente urbana el desierto nos toma desprevenidos, una hectárea bacía ya nos parece algo extraño y los desiertos son lugares lejanos y atravesados por beduinos y camellos. Pero la experiencia que pudieron tener los escritores judíos de la Biblia, la hemos vivido nosotros sólo por imágenes televisivas o por viajes turísticos. No obstante, aunque no tengamos un desierto a quince minutos de casa, no es excesivamente complicado entender todo lo que se simboliza con esta imagen.
“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen”. 2 Corintios 3:18
Cuando ves el éxito, ¿te brotan los celos? Cuando ves a otros sufrir y luchar, ¿pensás que se lo merecen? ¿Siempre pensás lo peor del futuro? Si es así, entonces tus pensamientos son dañinos. Te hacen perder la energía, son una pérdida de tiempo, nunca, pero nunca darán frutos. Si en cambio tendríamos pensamientos sanos y piadosos tendríamos el fruto del gozo. Pero, ¿dónde encontramos alguien así? ¡¿Qué espere cosas buenas de la vida? ¿Qué encuentre el lado amable de las personas?
Cuando tenemos este tipo de forma de pensar, esto arruina nuestra mente, se agarra como una garrapata y nos succiona la energía. Dios nos cambia al cambiar nuestra mente… y nos llama a considerar la gloria de Cristo. Mirar a Cristo puede ser transformador. ¡Contemplarlo es volverse como él!
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