Como hijos de Dios, estamos llamados a vivir con una actitud de humildad, misericordia y auto examinación, reconociendo que todos somos pecadores necesitados de la gracia del Señor. La tendencia del corazón humano es juzgar con dureza a los demás mientras ignora sus propias faltas. Por eso, debemos evitar una actitud orgullosa, crítica o condenatoria, y acercarnos a otros con amor, paciencia y verdad. Esto no significa ignorar el pecado, sino corregir y ayudar con amor. Debemos reflejar el carácter de Cristo, mostrando gracia hacia otros, así como nosotros hemos recibido gracia de parte de Dios.