La fe es un don de Dios mediante el cual el pecador, regenerado por el Espíritu Santo, recibe y descansa únicamente en Jesucristo para salvación. No es simplemente un sentimiento, una decisión o un optimismo religioso, sino una confianza firme en la persona, la obra y las promesas de Cristo. Debido a que el ser humano está espiritualmente muerto en sus delitos y pecados, no puede producir fe verdadera por sí mismo; es Dios quien, por su gracia soberana, transforma el corazón y concede la capacidad de creer. La fe genuina produce obediencia, perseverancia y fruto espiritual, no como la base de la salvación, sino como evidencia de la obra regeneradora de Dios.