El legalismo es el intento de obtener o demostrar justicia delante de Dios mediante el cumplimiento externo de reglas, tradiciones y obras humanas. Los fariseos habían distorsionado la Ley de Dios, añadiendo sus propias normas y preocupándose más por cumplirlas que por amar a Dios y mostrar misericordia. El legalismo puede producir una apariencia de piedad, pero no puede cambiar el corazón ni justificar al pecador delante de Dios. La salvación no se obtiene por las obras de la Ley, sino únicamente por la gracia de Dios mediante la fe en Jesucristo, quien cumplió perfectamente la Ley en lugar de su pueblo. Por eso, la verdadera obediencia no busca ganar la aceptación de Dios, sino que nace de un corazón que ya ha sido transformado por su gracia.