La entrega, el juicio y los sufrimientos de Jesucristo ocurrieron conforme al decreto eterno de Dios para cumplir las Escrituras y consumar la redención de su pueblo. Mientras el Hijo de Dios permaneció fiel, obediente y firme hasta el final, los hombres manifestaron la corrupción de sus corazones mediante la traición, la violencia, la injusticia y la negación. La salvación descansa únicamente en la perfecta fidelidad de Cristo, quien permaneció obediente donde todos los demás fallaron, asegurando así la redención.