La fe verdadera no descansa en nuestras capacidades, emociones o circunstancias, sino únicamente en Dios y en sus promesas. Debido al pecado, el ser humano naturalmente busca seguridad en aquello que puede ver, controlar o comprender, pero la fe que Dios concede nos lleva a depender de Cristo aun cuando las circunstancias parecen imposibles. La fe no es producida por el hombre ni es un mérito que obliga a Dios a responder, sino un don de su gracia mediante el cual confiamos en su poder, su sabiduría y su voluntad soberana. Por tanto, vivir por fe significa descansar en Dios, reconociendo que Él es suficiente y que siempre obra conforme a sus propósitos perfectos, para su gloria.