La destrucción de nuestras vidas no proviene de la falta de recursos ni de circunstancias externas, sino de nuestra ignorancia voluntaria y del rechazo consciente del conocimiento de Dios. Al despreciar la Palabra del Señor y apartarnos de su verdad, perdemos el fundamento que guía, corrige y preserva nuestra vida espiritual. Esta ignorancia no es inocente, sino culpable, pues implica cerrar el corazón a la revelación divina. Como resultado, el pecado se multiplica, nuestra adoración se corrompe y nuestra vida moral se degrada, llevando inevitablemente al juicio. Cuando rechazamos el conocimiento de Dios, quedamos expuestos a nuestra propia ruina, demostrando que solo en la verdad del Señor hay vida, dirección y preservación.