El despertar de un pueblo huérfano de mesías
El estruendo de la tierra que se abrió y nos arrebató tanto ya pasó. Ahora lo que asfixia es el silencio. Un silencio denso, pesado, digital e internacional. Mientras las pantallas del mundo giran la mirada hacia el siguiente contenido y el algoritmo decide que nuestro dolor ya no es tendencia, miles de nosotros seguimos aquí, con los zapatos cubiertos de polvo, desenterrando recuerdos, llorando a nuestros muertos y tratando de respirar entre la ruina.
Pero en medio de esta orfandad absoluta, una venda se ha caído de nuestros ojos para siempre.
Nos hemos quedado solos. Y esa, aunque duela en lo más profundo del alma, es nuestra mayor revelación y nuestra mayor fuerza.
Durante años nos vendieron la ilusión de que la salvación vendría de afuera. Nos enseñaron a mirar al cielo esperando aviones extranjeros, decretos imperiales, sanciones milagrosas o falsos libertadores con trajes caros y discursos ensayados desde la comodidad de otras fronteras. Nos hicieron creer que el destino de esta tierra se decidía en Washington, en Pekín, en Moscú o en mesas de negociación donde nuestro dolor era solo una ficha de cambio.
Qué gran mentira.
La historia y el presente nos gritan la verdad en la cara: no existen los libertadores. Quienes se postulan como salvadores extranjeros o políticos impuestos no miran a nuestros hijos; miran nuestro subsuelo. No vienen a traer libertad; vienen a repartirse las riquezas de una tierra bendita que ellos han convertido en un camposanto. Nadie cruza el océano para rescatar la dignidad de un pueblo; lo hacen para reclamar el botín. Vienen a llevarse el petróleo, el oro y el sudor de nuestra gente, dejándonos a cambio promesas vacías y una sumisión eterna.