Hay días que uno sabe, desde que empieza la jornada, que van a dejar huella. Y la presentación del Gitana 18 en Lorient fue uno de ellos. No todos los días se asiste al nacimiento de un barco que promete cambiar las reglas de la navegación oceánica. Y menos todavía se tiene el privilegio de ser el único periodista español invitado a presenciarlo. Un honor… y también una responsabilidad: la de contar con precisión lo que vi, lo que oí y, sobre todo, lo que entendí que representa este proyecto.
Porque el Maxi Edmond de Rothschild no es un barco más. Es, probablemente, el multicasco de competición más avanzado jamás construido. Un gigante de 32 metros, estilizado, afilado, con unas líneas que parecen sacadas de un boceto de ciencia ficción. Pero lo más impresionante no está en su estética, sino en su ambición: este trimarán está diseñado para volar. Volar de verdad. Navegar sin apenas tocar el agua. Y hacerlo no en un campo de regatas protegido, sino en mitad del Atlántico, en mares de tres metros y a velocidades cercanas a los 40 nudos de media.
En Lorient no solo se presentó un barco: se presentó un concepto. Una forma de entender la vela oceánica que ya no se conforma con levantar unos centímetros el casco, sino que aspira a mantenerlo en vuelo continuo durante días enteros.
Eso, a día de hoy, no lo hace nadie. Y ni siquiera sabemos del todo cómo se hace… pero el Gitana Team y el gabinete Verdier creen haber encontrado el camino.
Lo que hay detrás de este proyecto es abrumador: 200.000 horas de construcción,
50.000 de estudio técnico, un equipo de más de 200 especialistas, y una batería de innovaciones que, sinceramente, no había visto reunidas en un solo barco: Y-foils retráctiles, timones en U, una orza central jamás vista, mástil con spreaders dinámicos, sistemas hidráulicos que recuerdan más a la Fórmula 1 que a la vela tradicional.
Y es aquí cuando uno entiende por qué Gitana lleva 150 años navegando siempre medio paso por delante del resto. En la presentación, Ariane de Rothschild habló de “pasión por la disrupción tecnológica”. No es una frase hecha; es un diagnóstico exacto. Este barco no existe para seguir la corriente: existe para obligar a que la corriente cambie.
El patrón, Charles Caudrelier, lo resumió con otra frase que se me quedó grabada:
“Queremos encontrar el vuelo perfecto.”
Y cuando un navegante que ha ganado todo dice que quiere perfeccionar el vuelo… algo importante está a punto de pasar.
El Gitana 18 entrará pronto en fase de pruebas reales. Sobre el papel, todo funciona. En el simulador, vuela. En el agua… ya veremos. Ese es el misterio hermoso de la vela: por muy avanzado que sea el diseño, el mar siempre tiene la última palabra.
Pero si algo puedo decir después de estar allí, cara a cara con ese gigante negro y azul, es que estamos ante el prototipo que probablemente marcará el estándar de lo que será la navegación oceánica dentro de diez años. Quizá menos.
La vela siempre ha sido evolución; hoy, por primera vez, tuve la sensación de estar viendo una revolución.
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