Durante 15 siglos, el dominio de la ciudad tres veces santa ha sido objeto de luchas incesantes y sangrientas batallas. Por ello es difícil creer que en el siglo XIII la Historia se tomara un respiro gracias a la inusual amistad entre dos soberanos visionarios: un sultán y un emperador cristiano traerían un periodo milagroso de gracia a Jerusalén.
El soberano cristiano era Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de Sicilia; el musulmán, al-Malik al-Kalmil, sultán de El Cairo y guardián de los Santos Lugares. Entre los dos surgió una amistad que fue única en la Historia.