Fue el golpe más atrevido que recibió la dictadura en sus cuatro décadas de duración: el entonces presidente del Gobierno, al que muchos consideraban sucesor natural de Franco, cayó asesinado por una gran cantidad de explosivos en una de las primeras acciones a gran escala de la organización terrorista ETA
Dicen los vecinos más veteranos de la madrileña calle de Claudio Coello que la grieta en la calzada frente al número 104 siempre vuelve a abrirse. Esa perceptible fisura, que la geología se obstina en mantener, es una demostración de que las heridas de esta historia, la del asesinato del presidente del Gobierno de Franco, Luis Carrero Blanco, por un comando de ETA, no están cerradas del todo.
El atentado contra Carrero fue el golpe más atrevido que recibió la dictadura en sus cuarenta años de duración. La eliminación del presidente del Gobierno, el único colaborador al que Franco le había concedido su confianza sin altibajos durante décadas y al que le correspondería ejercer de guardián de las esencias cuando se produjera el previsible fallecimiento del Generalísimo, removió el tablero político que este había querido dejar “atado y bien atado”.
Al mismo tiempo, el magnicidio causó una conmoción nacional e internacional por el modo en que se llevó a cabo: no solo porque se produjo en plena capital del Estado, en uno de sus barrios más selectos y afectos al régimen, el de Salamanca, donde los etarras consiguieron excavar impunemente en el subsuelo durante meses –desde un sótano que alquilaron como si fuera para un escultor, lo que les permitía justificar los ruidos de la excavación– e introducir una enorme cantidad de dinamita, entre 50 y 75 kilos, sino porque fue una acción inédita.
Por último, la autoría del asesinato también resultó sorprendente: ETA era todavía un movimiento terrorista que solo había actuado en el País Vasco y cuyas siete víctimas mortales hasta entonces no ocupaban altos cargos. A pesar de la notoriedad internacional que había alcanzado por el Proceso de Burgos de 1970 contra 16 de sus miembros, para muchos españoles, a los que la información les llegaba con cuentagotas, resultaba una organización a la que percibían como lejana, incapaz de inmiscuirse en sus vidas.