En estos días extraños que nos está tocando vivir, a nadie se les escapa que una de las consecuencias directas del coronavirus van a ser los duelos enquistados, porque al dolor de perder a un ser querido, las familias suman durante el Estado de Alarma la imposibilidad de despedirse.
Aprovechando la ventana al pasado que abrimos periódicamente junto a Labayru Fundazioa, recordamos algunos de los ritos que antaño traía consigo un fallecimiento, ritos en los que la comunidad formada por el conjunto de familias vecinas cobraba gran protagonismo. Su importancia quedaba reflejada en dichos populares como: Urruneko senidea baino hobe hurreko auzoa ‘Más vale el vecino de al lado que el pariente lejano", o como decían en Karrantza: ¿Quién es tu hermano? El vecino más cercano. Son datos recogidos en el tomo dedicado a Ritos Funerarios del Atlas Etnográfico de Vasconia que nos ha detallado Jaione Bilbao.
Vecinas y vecinos avisaban y acompañaban al cura para la administración del viático y la extremaunción y también al médico, arropaban al enfermo durante sus últimas horas, comunicaban su muerte al resto de familiares y vecinos, preparaban el cuerpo para su exposición, acondicionaban la estancia mortuoria, encargaban el ataúd al carpintero, recibían y atendían a las visitas, dirigían las oraciones durante el velatorio, se encargaban de las labores domésticas de la casa en duelo, recogían el parte de defunción y avisaban al cementerio, comprobaban el estado del camino fúnebre que conducía a la iglesia y lo acondicionaban si así lo requería, colaboraban en el levantamiento del cuerpo y durante la conducción del mismo a la iglesia, desempeñando entre otras labores la de anderos y portadores de la cruz parroquial y de las ofrendas de pan y de luz, y al regreso del cortejo servían el banquete que solía celebrarse tras el entierro.