(Entrevista de Manuel Sollo). Vamos a hablar de una obra que ha sido elogiada hasta la calificación de obra maestra, continuadora de otros textos extraordinarios del escritor peruano Gustavo Faverón, como El Anticuario y Vivir abajo. Minimosca (Candaya) respira entre el realismo literario y la experimentación formal y profundiza, desde nuevas perspectivas, en las preocupaciones habituales de su autor. La violencia que impregna el siglo XX hasta hoy deja su rastro sanguinolento por la historia: dos guerras mundiales,
el Holocausto, las dictaduras de América Latina, el Perú de Sendero Luminoso, los Balcanes, Oriente Próximo. De ese mal que no parece tener fin afloran consecuencias políticas, sociales y culturales, también personales, íntimas. Es un laberinto que nos sitúa ante
el horror de la verdad y la seducción de la mentira. Faverón se adentra en el conflicto primigenio, el de la colisión de
las relaciones paternofiliales, que marca las vidas de los hijos y que derivan en formas de maldad colectivas, como el patriarcado, el autoritarismo, la opresión. Sus siete partes, a modo de novelas cortas, conectan a través de vínculos soterrados en los que se confunden
la realidad y la memoria, la ficción y la metaficción, la imaginación y el tiempo. Los muy diversos personajes deambulan a la búsqueda de su identidad,
la borgiana idea del doble, la venganza, el miedo, pero también aspiran a la esperanza,
el amor y la amistad. Una polifonía en la que conviven con reinterpretaciones de
las vanguardias y de artistas y escritores como Marcel Duchamp, Stephen King, Allen Ginsberg o César Vallejo.