La Palabra Contemplada

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La Palabra Contemplada episodes

  • 6o. Domingo de Pascua-Mi Paz les Dejo

    En las lecturas de esta semana, nuestro Señor Jesús nos manda a guardar su palabra, para que así el Padre y él habiten en nosotros.  Jesús asciende al Padre, pero no nos deja solos: nos deja la fuerza del Espíritu Santo y con él nos deja su paz, la paz que viene de vivir en comunión con Dios.
    “El Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas.” – Juan 14:26
    La primera lectura de este domingo nos cuenta una de las primeras y más grandes controversias con las que se enfrentó la Iglesia primitiva. Se trataba de la cuestión de la proveniencia de la salvación: ¿viene de la circuncisión o de Jesucristo? La decisión tomada aquí trazaría el camino a seguir en el futuro. Muy interesante notar el antecedente que se establece sobre las disputas doctrinales: no se decide consultando a las Escrituras solamente (esta postura podría favorecer a la circuncisión como necesaria), sino en una reunión de los apóstoles. Por eso nosotros los católicos tenemos la autoridad de Dios transmitida no solamente por las Escrituras, sino también por los concilios o reuniones de los apóstoles. Que esta es la voluntad de Dios se expresa cuando en el versículo 28 dicen “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias.” La decisión expresa que mantenemos de la Antigua Alianza los perennes mandamientos morales, como la castidad, pero no todos sus preceptos rituales. Otra cosa que se subraya en este pasaje es la unidad con la que actúa la Iglesia. De común acuerdo deciden y mandar dos hombres para expresar la decisión del concilio, y la decisión es hecha también en unidad. Que el mismo Espíritu mantenga a la Iglesia en la unidad.
    “Me mostró a Jerusalén, la ciudad santa, que descendía del cielo, resplandeciente con la gloria de Dios.”
    En la segunda lectura del libro del Apocalipsis continuamos con esta visión de la Jerusalén celestial que vimos inicialmente la semana pasada. No perdamos de vista que, de acuerdo a Juan, la ciudad es representada simbólicamente como novia. La Jerusalén celestial, que es la Iglesia triunfante, esta compuesta por los redimidos del Señor. Aquí en su realización, la ciudad viene a unirse al novio en el banquete celestial, y comparte de la gloria divina, por eso es bella. Las doce puertas son sus doce apóstoles, que a través de su predicación y sus escritos dan entrada a la gente que viene de los cuatro puntos cardenales. En un principio esta visión evoca la visión del nuevo templo de Ezekiel cápitulo 40, pero ahora en su cumplimiento no hay templo. Ahora con la presencia de Dios, la ciudad entera está consagrada y santificada como templo. La Nueva Jerusalén es el cumplimiento de la promesa que leemos en las Escrituras de que los justos habitarían en el Señor y en él encontrarían su refugio. Que el Señor nos conceda que cada Eucaristía sea para nosotros un anticipo de esta gloria venidera.
    “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, se lo enseñará todo.” – Juan 14:26
    En el evangelio de Juan Jesús nos enseña el camino del cristiano: responder con nuestras vidas a este amor derrochado de Jesús por nosotros. Si decimos amar a Dios, nuestra conducta debe corresponder a los mandamientos de Dios. Ese es el llamado del Cristiano: ser otro Cristo para los demás, proclamando la Buena Nueva de la salvación. Para poder realizar esto somos reforzados con el Espíritu Santo, que aquí Jesús nos recuerda será enviado por el Padre. Esto lo recordamos en al fiesta de Pentecostés, así como también de manera personal con el sacramento de la Confirmación que hemos recibido. Antes de ir al Padre Jesús nos deja su paz, una paz que no es meramente la paz como la entiende el mundo, sino una paz que viene de vivir en presencia de Dios, reconciliado con él y con los hombres. En este pasaje oímos a Jesús decir que el Padre es más grande que el.
    15 min
  • 5o Domingo de Pascua-Un Mandamiento Nuevo

    Nuestro Señor nos ha dejado este Nuevo Mandamiento que nos marca como sus discípulos.  Él mismo es el modelo de lo que tenemos que hacer: debemos amar como Jesús nos ama.  En esta semana propongámonos leer asiduamente las Escrituras para aprender del Maestro Jesús como tenemos que amar, animar y exhortar a los hermanos, peregrinando así hacia la Nueva Jerusalén celestial. Pulsa el enlace arriba para escuchar la reflexión en el podcast.
    “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva.”
    El libro del Apocalipsis nos narra esta visión de un cielo nuevo y tierra nueva que acompañan la segunda venida de Jesús. Esta “novedad” ya la empezamos a vivir hoy. Con la Encarnación de Jesús ya vivimos en el mundo transformado por la presencia de Dios. También tenemos la “novedad” de la Resurrección, evento nunca antes visto y que inaugura nuestro destino de pueblo escogido. Jesús es el primero, y nosotros tenemos la esperanza de seguirle con nuestra propia resurrección al final de los tiempos. La Nueva Jerusalén es la iglesia triunfante, blanqueada en la sangre del cordero, y ahora revestida como novia resplandeciente bajando del cielo. Así se une el cielo con la tierra, como dice el famoso canto: “no sé el cielo bajó o la tierra subió.” Nuestro destino eterno es aquí anunciado: Dios también pondrá su morada en nosotros y seremos nosotros su pueblo, y el Dios con nosotros, será nuestro Dios. Con esto se ve cumplida la promesa hecha a Moisés: “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo,” así como también se ve realizada la presencia de Dios en su pueblo. Antes la presencia, la shekinah de Dios acompañaba al pueblo en su salida de Egipto como columna de humo durante el día, y como columna de fuego por la noche. Ahora su presencia es constante y permanente. Con la realización de la historia de la salvación ya no hay llanto ni tristeza ni dolor, todo esto ha pasado, dándole lugar a la alegría de vivir en Dios. Que Dios con su gracia nos ayude a realizar desde hoy esta alegría en nuestras vidas.

    “Les doy un mandamiento nuevo: qué se amen los unos a los otros.”
    En el evangelio de este quinto domingo de Pascua y en preparación para su gloriosa Ascensión, oímos el pasaje conocido como el “discurso de despedida de Jesús.” El evangelista nos comparte esta doctrina de la crucifixión de Jesús como su glorificación. Su crucifixión es lo que lo lleva a su Ascensión. Por eso nosotros los católicos tenemos en nuestras iglesias crucifijos, y no solamente la cruz vacía. La razón que su crucifixión glorifica al Padre es porque con ella Jesús se muestra completamente obediente al Padre y con la cruz Jesús ofrece el mayor sacrificio que la humanidad puede ofrecer al Padre. El Padre recibe este sacrificio de adoración y gloria, y glorifica entonces a Jesús con la Resurrección y Ascensión al cielo. El mandamiento que nos deja Jesús ya lo habíamos recibido en el Antiguo Testamento. Su novedad consiste en que ahora Jesús nos llama a amar al prójimo, incluso como él nos ha amado. Nuestro Señor nos ha dejado este Nuevo Mandamiento que nos marca como sus discípulos. Él mismo es el modelo de lo que tenemos que hacer: amar como Jesús nos ama. En esta semana propongámonos leer asiduamente las Escrituras para aprender del Maestro Jesús cómo tenemos que amar, animar y exhortar a los hermanos, peregrinando así hacia la Nueva Jerusalén celestial.
    “Ahí animaban a los discípulos y los exhortaban a perseverar en la fe.”
    En la primera lectura de este domingo vemos que la labor de Pablo no era solamente la predicación. Su papel también era el de animar, exhortar, y dar testimonio de las obras que Dios realizaba en ellos. Muchas veces nosotros leemos sobre las obras de Pablo y quedamos maravillados. Al ver como grandes figuras en la historia de la Iglesia se embarcaron en grandes travesías apostólicas de evangelización, y a veces nos gana la imaginación, y nos dan ganas de dejarlo todo, e ir a los lugares más recónditos del mundo a evange...
    14 min
  • Apacienta mis Ovejas-3er Domingo de Pascua
    En las lectuas de este domingo continuamos nuestra alegría pascual, celebrando la victoria de nuestro Señor Jesús sobre la muerte.  Oremos para poder creer firmemente en la Resurrección de Jesús y podamos responderle fielmente cuando nos pregunte: ¿Me amas? -¡Si creo, ayudame a creer!

    “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.” – Hechos 5:29


    En la primera lectura vemos como los discípulos comparecen ante el Sanedrín. Esto, por al menos un par de razones: para cumplir lo que Jesús les había profetizado, y como enseña San Juan Crisantemo: para que sus adversarios fueran instruidos. El delito en este caso es el de predicar en el nombre de Jesús. ¿Pero cómo no iban a predicar en este santo nombre?, si como lo había dicho Pedro en su predicación “todo el que invoque el nombre del Señor se salvará” (Hechos 2:21). ¿Cómo dejar de predicar este nombre que está sobre todo nombre y ante cual toda rodilla se dobla? (Filipenses 2:9-10) La respuesta de Pedro “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” ilustra el principio de moralidad que tenemos los católicos, donde no estamos obligados a seguir alguna ley humana, cuando esta es injusta. Lo que si que estamos obligados a seguir es la ley de Dios, que nos da la libertad de entregar nuestra vida a Dios y a vivirla como sus hijos. Seguir a Dios puede traer sufrimientos en esta tierra, y estos sufrimientos son causa de gran alegría para los discípulos, recordando seguramente las palabras del Maestro quien les había dicho “Bienaventurados serán cuando los injurien y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa.” (Mateo 5:11). Que el Señor nos dé la gracia para testimoniar con valentía el amor y la salvación que hemos recibido.

     

    “Y los cuatro Vivientes decían: ‘Amén’; y los Ancianos se postraron para adorar.” – Apocalipsis 5:14


    La segunda lectura de este tercer domingo de Pascua nos describe parte de la visión comenzada en el capitulo 4 del libro del Apocalipsis. Antes de este pasaje que nos presenta la liturgia se introducen el cordero y libro sellado. El cordero obviamente es Cristo, mientras que el libro sellado son las Escrituras. Solamente Cristo con su muerte y su Resurrección nos “abre” el significado de las Escrituras. En este pasaje vemos una multitud innumerable de ángeles que adora al cordero. Lo adoran diciendo, o quizás cantando, los atributos que son atributos de Dios: el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. Estos siete atributos nos hablan de la perfección divina de Jesucristo, el cordero de Dios inmolado por nosotros en la cruz. Después de la adoración del coro de los ángeles, sigue después la adoración por parte de las criaturas terrenales. Vemos aquí plenamente el carácter litúrgico de este libro del Apocalipsis, con esta oración de adoración por los seres celestiales, después los seres terrenales, y culminando con el gran “amén” de los cuatro seres vivientes y la postración en adoración de los ancianos. Que con su gracia nuestra vida se convierta también en una continua liturgia de adoración para Dios.

     

    «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» – Juan 21:16
    El pasaje del evangelio de este tercer domingo de Pascua proviene del último capítulo del Evangelio de Juan. Tenemos aquí otra aparición del Jesús resucitado, que es un pasaje muy parecido al de la pesca milagrosa del evangelio de Lucas, capítulo 5. Una vez más, en este pasaje el discípulo amado es el primero en creer. Cuando los discípulos cargando la gran pesca llegan a la orilla encuentran a Jesús, quien ya les ha preparado la cena. Esta imagen de Jesús como servidor es un gran énfasis de este evangelio de Juan, con otros grandes pasajes como el lavado de los pies mostrándonos la naturaleza servil del liderazgo cristiano. Los Santos Padres de la Iglesia han meditado sobre el significado...
    19 min
  • La paz esté con ustedes
    El evangelio de esta semana nos habla de la fe en la Resurrección de Jesús, punto central de nuestra fe.  Que Dios nos de la fe para ser dichosos por creer sin haber visto.
    “Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén y llevaba a los enfermos y a los atormentados por espíritus malignos, y todos quedaban curados.” Hechos 5:16
    Este segundo domingo de Pascua celebramos la misericordia de Dios con nosotros. Durante la temporada de Pascua, la primera lectura que usualmente proviene del Antiguo Testamento se reemplaza por una del libro de los Hechos de los Apóstoles. Esto con el fin de mostrarnos como vivía la comunidad Cristiana en sus inicios. En el pasaje de este domingo San Lucas nos recalca el poder que tenían los apóstoles de realizar grandes signos, de cierta manera confirmando la presencia de Dios entre ellos, ungidos por el Espíritu Santo para continuar la obra de Jesucristo. Hay que recordar que los milagros en el Nuevo Testamento son realizados como signos del establecimiento del Reino de Dios. En el Reino de Dios no hay lugar para la enfermedad y la muerte; por eso estos signos anuncian su llegada y nos revelan la misericordia de Dios. Otra razón para los milagros de Jesús, como nos dice el documento del Concilio Vaticano II Dignitates Humanae, es el de iluminar su enseñanza e inspirar la fe de las personas. Y esto nos puede llevar a pensar, ¿porque no se realizan milagros el día de hoy? Si se realizan, con seguridad te puedo decir de uno: el de devolvernos la vida espiritual que habíamos perdido por el pecado. Con el Sacramento de la Reconciliación somos restaurados a la vida de gracia, somos restaurados de la muerte espiritual que habíamos sufrido. Otro milagro que se realiza cotidianamente es la Presencia Real de nuestro Señor en la Eucaristía. Milagros hay, para los que con fe tienen ojos para verlos.
    “No temas. Yo soy el primero y el último; yo soy el que vive. Estuve muerto y ahora, como ves, estoy vivo por los siglos de los siglos.” – Apocalipsis 1:17-18
    La segunda lectura para este domingo de la Divina Misericordia es del libro del Apocalipsis, un libro poco entendido y a veces incluso temido por las personas. Hay que entender el código de signos con el que nos habla para poder descifrar su mensaje. En este pasaje, Juan se identifica como compañero de sus lectores en la tribulación y la paciencia. Es claro que la comunidad a quién va dirigido este escrito sufría de una gran persecución. Los sufrimientos por la persecución son lo que dan entrada a la literatura apocalíptica, como una cierta válvula de escape ante la situación. Cuando la situación presente se vuelve insoportable, la comunidad dirige su mirada hacia un tiempo futuro de resolución, donde Dios traería la victoria. Juan también se identifica con la tradición de otros profetas, quienes también entran en un tipo de éxtasis, donde reciben la revelación de Dios. Las siete iglesias representan a la iglesia entera y al dirigirse así a la iglesia entera, nos muestra la preocupación de Juan (como también la tenia Pablo, Pedro, y seguramente otros) por el bien de todos los fieles. Y es normal, ya que a nosotros los Cristianos nos unen lazos muy estrechos, somos en Cristo partes de su cuerpo. Los siete candeleros de oro nos hablan de la comunidad en oración, ya que este objeto es la menorah usada en el templo. Juan nos describe al que le habla estas revelaciones a alguien “como Hijo de Hombre.” Para entender esta descripción hay que remontarnos al profeta Daniel, con quién se origina la imagen. Jesús es este como hijo de hombre; hombre y Dios a la vez, con la túnica sacerdotal y vestido de manera regia. Jesús es nuestro principio y fin, nuestro alfa y omega, ese que murió por nosotros y cuyo triunfo sobre la muerte celebramos con alegría en esta Pascua.
    «La paz esté con ustedes» – Juan 20:19
    En el evangelio de este domingo tenemos una de las apariciones de Jesús después de su resurrección narrada...
    18 min
  • Domingo de Pascua
    En este domingo celebramos la fiesta máxima de nuestra fe, la Pascua, donde estamos llenos de alegría por la resurrección de Jesús. En este domingo, y siempre, renovemos nuestra fe en la Resurrección de Jesús, evento que como nos dice San Pablo, es razón de nuestra fe.
    Entre los pasajes que proclamamos en la liturgia de la Pascua se encuentra  la predicación kerigmática de Pedro. Su predicación comienza recordandonos que la manera en que Dios actúa es diferente a la manera en que nosotros humanamente actuamos. Dios no toma en cuenta las apariencias, o los aparentes defectos de las personas. A través de las Escrituras vemos ejemplos de como Dios prefiere al hijo menor en lugar del primogénito, como en el caso de Isaac y Esaú. Dios prefiere al joven y al no famoso, como lo hizo en el caso de David sobre sus otros hermanos. Y el mayor ejemplo es la manera en que se manifestó su Palabra en el mundo: humildemente, sin pompa ni circunstancia, naciendo pobremente en un pesebre en una pequeña población. De la misma manera actuó Dios en su triunfo sobre el enemigo: no de manera aparatosa, sino pasando por lo que pareciera una humillante derrota en la cruz. Jesús ha vencido a la muerte y nos ha abierto las puertas del cielo. En la Pascua celebramos su victoria y nos alegramos porque con su Resurrección nos muestra nuestro propio destino: la vida eterna en comunión con él. Para los que creemos en Jesucristo y nos apegamos a su voluntad nos espera la vida eterna. La maldad de este mundo es muestra de la desesperación del enemigo que ya se sabe derrotado.
    Este es el dia del triunfo del Señor
    En este Domingo de Pascua el salmista se desborda de alegría, agradeciendo efusivamente a Dios por su bondad y su misericordia con nosotros. Nosotros leemos el salmo a la luz de los eventos de la Pascua, donde su eterno amor se ha manifestado en la cruz. Así nos lo enseñó Jesús: “nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por sus amigos” (ver Juan 15:13). Dios a mostrado su amor y su poder al resucitar a Jesús. Con el evento de la Resurrección sabemos que tenemos la esperanza de la nueva vida en él. Podemos entonces cantar con el salmista: “no moriré, continuaré viviendo.” Por eso, la Resurrección le da sentido a nuestra fe. Los que vivimos en Cristo tenemos la promesa de vivir en él. Jesucristo es la piedra angular de la Iglesia mencionada por el salmista, ya  que él mismo se aplica este título en los evangelios. También en el salmo, en su versículo 26, leemos las mismas palabras con las que la gente había aclamado a Jesús: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! En estos días en que entramos a la preparación final para la Pascua, que Dios nos conceda la gracia de llenar nuestro corazón de alegría para poder aclamar con el salmista: “este es el día del triunfo del Señor.”
    Busquen las Cosas de Arriba
    Una de las lecturas de este Domingo de Pascua nos recuerda que para nosotros los que vivimos en Cristo, somos llamados a vivir con la vista al cielo, es decir, viviendo de acuerdo a la manera en que Cristo nos enseñó. Con su muerte y su Resurrección, nuestro Señor Jesucristo nos libró de la muerte. Nunca podemos olvidar que por nuestro bautismo nosotros morimos con Cristo, somos sepultados con él, y tenemos la esperanza de resucitar en él. Nosotros los cristianos no podemos vivir como el resto del mundo, ya que nosotros no pertenecemos a este mundo. Los que no tienen esta esperanza viven aspirando a las cosas terrenales: la riqueza, la popularidad, el poder. Con el Bautismo Dios nos ha dado la gracia de abandonar las cosas de este mundo que nos son provechosas, y seguirle a él. Vivimos esta vida de acuerdo a nuestra meta: llegar a compartir la eternidad con Dios en el cielo. Con su muerte en la cruz Jesucristo triunfó sobre la muerte y nos ha compartido la vida eterna. Esto es lo que celebramos en la Pascua. Que nuestra preparación en esta Semana Santa nos lleve a celebrar con alegría que Jesús está vivo,
    17 min
  • María, fiel discípula-4o.Domingo de Adviento


    En este ultimo domingo de Adviento, el Evangelio nos apunta hacia nuestra madre María, en su papel como fiel discípula de Jesús, comunicando la alegría de la  venida del Señor a su parienta Isabel
    “De ti, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel”
    En la primera lectura de este cuarto domingo de Adviento, el profeta Miqueas nos escribe que aunque Belén es de las más pequeñas de las aldeas, de ahi saldría un rey de Israel. Los habitantes de Belén procedían de Efratá, en la tribu de Benjamín, al norte de Jerusalén. De ahí que el profeta puntualice Belén de Efratá, quizás para distinguirlo de otro pueblo con el mismo nombre. A pesar de su poca importancia y su pequeñez, de Belén saldría un gran jefe. Y esto nos demuestra una de las más grandes paradojas de Dios, porque Dios trabaja de manera diferente que nosotros. El salvador vendría de un lugar humilde, de manera silenciosa, que pasa desapercibido a los ojos del mundo. Los ojos del mundo lo buscaban en los ricos, en los poderosos. Vemos en el evangelio de Mateo cómo la gente de Jerusalén se ven sorprendidos ante la noticia de los reyes magos de que había nacido un gran rey. Nuestro Dios es un Dios que ama a los pobres, a los humildes, como nos dice la virgen Maria en su cántico de Magníficat: el enaltece a los humildes y humilla a los poderosos.
     
    “Aquí estoy, Dios mío; vengo para hacer tu voluntad.” – Hebreos 10:7
    Con la celebración de la navidad ya muy cerca, seguramente has estado ocupado o ocupada en obtener algunos regalos para tus seres queridos. Alguna vez te has preguntado, ¿qué regalo le puedo dar a Dios? ¿Qué le podemos dar nosotros a Dios, que todo lo tiene? Si nos detenemos a pensarlo, quizás podríamos llegar a la conclusión que lo único que le podemos dar es nuestro propio ser. Esto es, en otras palabras, lo que nos enseña el autor de la Carta a los Hebreos en la segunda lectura de este domingo. Lo que Dios quiere no son ni holocaustos ni sacrificios, sino nuestra voluntad completamente conformada a la suya. Los antiguos también habían llegado a la misma conclusión, que se tenía que ofrecer lo más valioso a Dios. En la oscuridad del pecado optaron por hacer sacrificios humanos, que Dios corrigió en su revelación para el pueblo De Dios. A ellos Dios les mandó a hacer sacrificios, pero de animales. Finalmente, Jesucristo nos revela que todo esto llega a su culmen en su único sacrificio. Él nos revela que lo que Dios quiere es el sacrificio, no de nuestra vida mortal, sino de nuestra voluntad. En estos días de preparación, tomemos el propósito de entregar nuestra voluntad completamente a Dios.
    ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! – Lucas 1:42
    En nuestra fe honramos de manera especial a la Virgen María. La Iglesia reconoce el lugar privilegiado que tiene ella en nuestra redención. Ella fue escogida para albergar en su seno al tan esperado Mesías. Su “fíat” – su respuesta “hágase en mí según tu palabra” desencadena la historia de la salvación. Al nosotros profesar en fe que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre también reconocemos a María como Madre de Dios. Para prepararla para esta misión, y por los méritos de su hijo, Dios le concede a María el singular don de ser concebida sin la mancha de pecado original, lo que celebramos en la Inmaculada Concepción. En el evangelio de este domingo tenemos dos expresiones que apoyan estas verdades de nuestra fe. Primero, Isabel la llama “bendita entre las mujeres.” Como es bendito su hijo, ella es también lo es. La otra expresión: “¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?” contiene la realidad de la maternidad divina de María. En estos días de preparación para la navidad, imitemos la fe y la humildad de María, que con su propia fe le dio paso a la venida de nuestro salvador.
     
     
     
    13 min
  • 3er Domingo de Adviento-Alégrate

    En este tercer domingo de Adviento conocido como “Gaudete” – la Iglesia nos exhorta a regocijarnos ante la llegada inminente de nuestro Salvador.  Pulsa el enlace arriba para escuchar la reflexión.
    “El Señor, tu Dios, tu poderoso salvador, está en medio de ti.” – Sofonías 3:17
    La primera lectura de este domingo está tomada del profeta Sofonías, uno de  los doce profetas “menores.”  Sofonías vivió en la segunda parte del séptimo siglo antes de Cristo, en un periodo donde se vivía tristemente en medio de idolatría, superstición y una caída de las practicas religiosas.  Como todo profeta, Sofonías les profetiza el juicio de Dios ante este deplorable pecado, pero también tiene un mensaje de esperanza y restauración, como vemos en este pasaje.
    El profeta exhorta al pueblo al gozo, ya que Dios ha extendido su perdón para su pueblo, ha “anulado su sentencia.”  Este es el mismo mensaje que nosotros debemos recibir y celebrar, ante este jubileo de la misericordia proclamado por el papa Francisco, donde recibimos un torrente de gracia y perdón.  No solamente hemos recibido el perdón, sino que tenemos la presencia misma de Dios entre nosotros, ya que en Jesús Dios ha hecho del mundo su morada.  El ángel Gabriel lo había profetizado: se llamará Emanuel-Dios entre nosotros.

    “Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres.” – Filipenses 4:4

    Estos son los mismos pensamientos que tiene san Pablo en mente al mandarnos a estar alegres en el Señor; y digo mandarnos, porque no es una invitación: “estén alegres, se los repito, ¡estén alegres!”  Pensando en su segunda venida, Pablo nos dice: el Señor está cerca.  Con cada Adviento, la Iglesia nos recuerda este mensaje.  Con su Encarnación, nuestro Señor Jesús ha dado comienzo a la última etapa de la historia, etapa donde ahora esperamos con gran esperanza su segunda venida en Gloria.
    “Maestro, ¿qué debemos hacer?” – Lucas 3:12
    En el evangelio estamos todavía con Juan el Bautista, uno de los grandes personajes del Adviento.  Ante la pregunta ¿qué debemos hacer? él responde con estas indicaciones: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.”  ¿Cual sería la respuesta moderna a esta pregunta? – la respuesta es que debemos salir del egoísmo en el que vivimos enfrascados y toma tantas formas, y voltear la mirada al necesitado a nuestro alrededor, y asistirle en lo que podamos.  Vienen a Juan también figuras como los publicanos y los soldados, que como sabemos son personajes considerados indignos por los judíos: los publicanos por ser colaboradores con Roma, y los soldados por igual, trabajadores paganos del imperio.  La respuesta de Juan deja a la luz los pecados de los publicanos y soldados: no cobren de mas, no extorsionen, no hagan falsas acusaciones y  conténtense con su paga.  Así es también la situación con nosotros: Dios nos ama y nos ha mandado a Jesús a salvarnos, pero debemos hacer una elección: o seguimos en el pecado o nos convertimos completamente a Dios.  En este adviento que nos preparamos para la segunda venida de Jesús, ¡prepara tu corazón para recibirle y para cambiar tu vida de forma que de testimonio de esto!

    Lecturas de este domingo
    http://www.usccb.org/bible/lecturas/121618.cfm
     

     
     
     
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    14 min

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Lectura y reflexión de las lecturas de la misa dominical. Una ayuda para crecer en tu fe católica. Espero estas reflexiones te ayuden a tener un encuentro con Jesucristo.