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Estamos en el inicio de un mes particularmente significativo para el jazz. Abril no es solo una referencia en el calendario; es, también, una presencia constante en el repertorio jazzistico, un motivo recurrente que ha inspirado a compositores e intérpretes a lo largo de décadas.
No es casual. En el hemisferio norte, abril marca el despertar de la primavera, una estación asociada al renacer, al amor, a la expectativa. Pero el jazz —como la vida— rara vez se queda en una sola dimensión. En estos temas, abril también es memoria, distancia, incluso pérdida. Es alegría, pero también nostalgia. Es ese territorio ambiguo donde conviven la luz y la sombra, lo que comienza y lo que ya se ha ido. Por otra parte, este mes adquiere un significado aún más especial cuando nos acercamos al 30 de abril, fecha en la que se celebra el “Día Internacional del Jazz” que este año alcanza su decimoquinta edición, con Chicago como ciudad anfitriona.
Así comenzamos: un viaje por distintas miradas de abril, donde cada interpretación revela que, en el jazz, incluso una estación puede contener todas las emociones humanas.
Hay canciones que parecen haber nacido para no envejecer nunca. Viven en la memoria colectiva, se instalan en nosotros con una naturalidad casi inevitable… y, sin embargo, el jazz tiene la extraña virtud de hacerlas renacer. No como simples versiones, sino como verdaderas relecturas: nuevas vidas para melodías que creíamos definitivas.
Este programa se sitúa precisamente en ese territorio fascinante donde el rock y el jazz se encuentran. Un espacio donde lo familiar se transforma sin perder su esencia, y donde el oyente —sea amante del rock o del jazz— descubre que ambas músicas comparten un mismo impulso creativo: la búsqueda de una voz propia.
Así, “The Logical Song” de Supertramp reaparece en la mirada introspectiva de Brad Mehldau, junto a la voz íntima y envolvente de Fleurine. Lo que en su origen era una sofisticada pieza de pop progresivo, aquí se convierte en una meditación delicada, donde cada acorde parece abrir una pregunta más que ofrecer una respuesta.
La emoción contenida de “Tears in Heaven”, de Eric Clapton, encuentra en el saxo de Joshua Redman una nueva forma de decir lo indecible. El fraseo se vuelve respiración, pausa, duda… y la melodía se expande, como si el dolor encontrara nuevos matices en la improvisación.
Con “Space Oddity” de David Bowie, reinterpretada por Till Brönner, el viaje se vuelve aún más ingrávido. La trompeta dibuja un paisaje sonoro donde el tiempo parece suspendido, y el espacio —más que un lugar— es una sensación.
En contraste, “Lithium” de Nirvana, en manos de The Bad Plus, conserva su tensión original, pero la reconfigura. El pulso se fragmenta, la energía se desplaza, y el caos contenido del grunge encuentra en el lenguaje jazzero una nueva arquitectura sin perder su intensidad.
También está “Little Wing” de Jimi Hendrix, reinterpretada por el trío de Franck Lockwood, nos recuerda que hay músicas que ya nacen abiertas. Hendrix, en su libertad, ya estaba dialogando con el espíritu del jazz; esta versión simplemente continúa esa conversación.
Este tipo de programas no solo tiende puentes entre públicos: los vuelve innecesarios. Porque el jazz, en su esencia más profunda, no es un género cerrado, sino una forma de transformar. Toma una canción conocida y la desplaza, la respira de otra manera, la vuelve pregunta.
Y en ese proceso, el oyente también cambia.
Reconoce la melodía… pero ya no la escucha igual.
Hay canciones que parecen haber nacido para no envejecer nunca. Viven en la memoria colectiva, se instalan en nosotros con una naturalidad casi inevitable… y, sin embargo, el jazz tiene la extraña virtud de hacerlas renacer. No como simples versiones, sino como verdaderas relecturas: nuevas vidas para melodías que creíamos definitivas.
Este programa se sitúa precisamente en ese territorio fascinante donde el rock y el jazz se encuentran. Un espacio donde lo familiar se transforma sin perder su esencia, y donde el oyente —sea amante del rock o del jazz— descubre que ambas músicas comparten un mismo impulso creativo: la búsqueda de una voz propia.
Así, “The Logical Song” de Supertramp reaparece en la mirada introspectiva de Brad Mehldau, junto a la voz íntima y envolvente de Fleurine. Lo que en su origen era una sofisticada pieza de pop progresivo, aquí se convierte en una meditación delicada, donde cada acorde parece abrir una pregunta más que ofrecer una respuesta.
La emoción contenida de “Tears in Heaven”, de Eric Clapton, encuentra en el saxo de Joshua Redman una nueva forma de decir lo indecible. El fraseo se vuelve respiración, pausa, duda… y la melodía se expande, como si el dolor encontrara nuevos matices en la improvisación.
Con “Space Oddity” de David Bowie, reinterpretada por Till Brönner, el viaje se vuelve aún más ingrávido. La trompeta dibuja un paisaje sonoro donde el tiempo parece suspendido, y el espacio —más que un lugar— es una sensación.
En contraste, “Lithium” de Nirvana, en manos de The Bad Plus, conserva su tensión original, pero la reconfigura. El pulso se fragmenta, la energía se desplaza, y el caos contenido del grunge encuentra en el lenguaje jazzero una nueva arquitectura sin perder su intensidad.
También está “Little Wing” de Jimi Hendrix, reinterpretada por el trío de Franck Lockwood, nos recuerda que hay músicas que ya nacen abiertas. Hendrix, en su libertad, ya estaba dialogando con el espíritu del jazz; esta versión simplemente continúa esa conversación.
Este tipo de programas no solo tiende puentes entre públicos: los vuelve innecesarios. Porque el jazz, en su esencia más profunda, no es un género cerrado, sino una forma de transformar. Toma una canción conocida y la desplaza, la respira de otra manera, la vuelve pregunta.
Y en ese proceso, el oyente también cambia.
Reconoce la melodía… pero ya no la escucha igual.
La música, antes de ser elección, suele ser herencia invisible. Pasa de padres a hijos no como mandato, sino como impulso: una escucha compartida, un gesto, una paciencia. En cada historia que hoy recorrió este programa, aparece esa presencia decisiva: alguien que mostró el camino sin imponerlo, que sostuvo el tiempo necesario para que el otro encontrara su propia voz.
Los padres no solo enseñan acordes o técnicas; transmiten una forma de estar en el mundo, de escuchar, de respetar el silencio. Y los hijos, al recoger ese legado, lo transforman, lo continúan, lo vuelven propio.
Así, la música se vuelve un puente entre generaciones, una conversación que no se interrumpe. Lo que comenzó en unas manos sigue en otras.
Quizá ese sea el verdadero sentido de este homenaje: reconocer que detrás de cada músico hay un origen compartido.
La música, antes de ser elección, suele ser herencia invisible. Pasa de padres a hijos no como mandato, sino como impulso: una escucha compartida, un gesto, una paciencia. En cada historia que hoy recorrió este programa, aparece esa presencia decisiva: alguien que mostró el camino sin imponerlo, que sostuvo el tiempo necesario para que el otro encontrara su propia voz.
Los padres no solo enseñan acordes o técnicas; transmiten una forma de estar en el mundo, de escuchar, de respetar el silencio. Y los hijos, al recoger ese legado, lo transforman, lo continúan, lo vuelven propio.
Así, la música se vuelve un puente entre generaciones, una conversación que no se interrumpe. Lo que comenzó en unas manos sigue en otras.
Quizá ese sea el verdadero sentido de este homenaje: reconocer que detrás de cada músico hay un origen compartido.
Cuando se habla de reconocimiento musical internacional, los premios Grammy suelen considerarse el máximo galardón de la industria discográfica. Sin embargo, en el ámbito del jazz su importancia es más relativa y debe entenderse en un contexto histórico particular.
Una de las razones de esta desconexión es la propia naturaleza del jazz. A diferencia de otros géneros, su valor artístico se basa en gran medida en la improvisación, la interacción entre músicos y la evolución del lenguaje musical, aspectos que no siempre resultan fáciles de evaluar dentro de un sistema de premios de la industria.
Sin embargo, conviene recordar algo esencial: no hay razón para acercarse a estos premios con complejos ni con prejuicios. Si bien los premios Grammys no son, ni pretenden ser, la última palabra sobre el jazz. No dictan el canon definitivo ni sustituyen el juicio de los oyentes, de los músicos o de la historia. Pero sí funcionan como una brújula momentánea, una señal en medio del mapa siempre cambiante de esta música. En sus nominaciones y en sus ganadores se puede percibir, con mayor o menor precisión, hacia dónde se desplazan las corrientes del jazz contemporáneo.
Allí conviven distintas generaciones, distintos lenguajes y distintas maneras de entender una tradición que nunca ha sido estática. El jazz alternativo abre puertas a nuevas texturas y fusiones; el jazz latino reafirma su vigor rítmico y cultural; las Big Bands demuestran que la arquitectura sonora del gran formato sigue viva; y en los terrenos vocales e instrumentales, los músicos continúan dialogando con ese repertorio inagotable que llamamos estándares.
Porque el jazz siempre ha sido eso: una conversación entre memoria y presente. Y quizá por eso, incluso dentro de una institución tan mediática como los Grammys, se alcanza a escuchar algo profundamente auténtico: la persistencia de una música que cambia sin dejar de reconocerse a sí misma.
Y claro, siempre están los que declaran con solemnidad que los Grammys no importan, que son irrelevantes, que no entienden nada del jazz y de la buena música en general. Lo dicen con admirable convicción… al menos hasta que uno de sus artistas favoritos aparece entre los nominados. Entonces el premio recupera súbitamente su prestigio, su legitimidad y hasta su sabiduría histórica. Si gana, mejor todavía: el Grammy vuelve a ser una institución respetable. Si pierde, vuelve a ser un desastre. Una coreografía crítica bastante conocida: negar el valor del trofeo… hasta que el trofeo cae en manos propias. Una pequeña paradoja, quizá; o tal vez, simplemente, una forma muy humana de escuchar música.
Cuando se habla de reconocimiento musical internacional, los premios Grammy suelen considerarse el máximo galardón de la industria discográfica. Sin embargo, en el ámbito del jazz su importancia es más relativa y debe entenderse en un contexto histórico particular.
Una de las razones de esta desconexión es la propia naturaleza del jazz. A diferencia de otros géneros, su valor artístico se basa en gran medida en la improvisación, la interacción entre músicos y la evolución del lenguaje musical, aspectos que no siempre resultan fáciles de evaluar dentro de un sistema de premios de la industria.
Sin embargo, conviene recordar algo esencial: no hay razón para acercarse a estos premios con complejos ni con prejuicios. Si bien los premios Grammys no son, ni pretenden ser, la última palabra sobre el jazz. No dictan el canon definitivo ni sustituyen el juicio de los oyentes, de los músicos o de la historia. Pero sí funcionan como una brújula momentánea, una señal en medio del mapa siempre cambiante de esta música. En sus nominaciones y en sus ganadores se puede percibir, con mayor o menor precisión, hacia dónde se desplazan las corrientes del jazz contemporáneo.
Allí conviven distintas generaciones, distintos lenguajes y distintas maneras de entender una tradición que nunca ha sido estática. El jazz alternativo abre puertas a nuevas texturas y fusiones; el jazz latino reafirma su vigor rítmico y cultural; las Big Bands demuestran que la arquitectura sonora del gran formato sigue viva; y en los terrenos vocales e instrumentales, los músicos continúan dialogando con ese repertorio inagotable que llamamos estándares.
Porque el jazz siempre ha sido eso: una conversación entre memoria y presente. Y quizá por eso, incluso dentro de una institución tan mediática como los Grammys, se alcanza a escuchar algo profundamente auténtico: la persistencia de una música que cambia sin dejar de reconocerse a sí misma.
Y claro, siempre están los que declaran con solemnidad que los Grammys no importan, que son irrelevantes, que no entienden nada del jazz y de la buena música en general. Lo dicen con admirable convicción… al menos hasta que uno de sus artistas favoritos aparece entre los nominados. Entonces el premio recupera súbitamente su prestigio, su legitimidad y hasta su sabiduría histórica. Si gana, mejor todavía: el Grammy vuelve a ser una institución respetable. Si pierde, vuelve a ser un desastre. Una coreografía crítica bastante conocida: negar el valor del trofeo… hasta que el trofeo cae en manos propias. Una pequeña paradoja, quizá; o tal vez, simplemente, una forma muy humana de escuchar música.
En esta sesión iniciamos una serie especial dedicada al centenario del nacimiento de John Coltrane, que se conmemorará el próximo 23 de septiembre. Este primer programa propone una perspectiva distinta: escuchar cómo otros músicos —de distintas generaciones y estilos— han rendido homenaje a su obra a través de álbumes completos dedicados a su música.
Desde la fusión de los años setenta hasta reinterpretaciones contemporáneas, estos registros muestran cómo el lenguaje coltraniano, se convirtió en un punto de referencia central para el jazz moderno. Lo que escucharemos, más que simples tributos, son documentos históricos que revelan cómo su pensamiento musical —armónico, modal y espiritual— continuó expandiéndose mucho después de su muerte, ocurrida un 17 de julio de 1967.
Prepárense y acomódense para este primer capítulo preparatorio: una cartografía del impacto. Desde el jazz vocal hasta la fusión eléctrica, desde sus propios compañeros de ruta hasta herederos espirituales de décadas posteriores. Coltrane no fue solo un saxofonista: fue una visión, un método, una búsqueda infinita.
En esta sesión iniciamos una serie especial dedicada al centenario del nacimiento de John Coltrane, que se conmemorará el próximo 23 de septiembre. Este primer programa propone una perspectiva distinta: escuchar cómo otros músicos —de distintas generaciones y estilos— han rendido homenaje a su obra a través de álbumes completos dedicados a su música.
Desde la fusión de los años setenta hasta reinterpretaciones contemporáneas, estos registros muestran cómo el lenguaje coltraniano, se convirtió en un punto de referencia central para el jazz moderno. Lo que escucharemos, más que simples tributos, son documentos históricos que revelan cómo su pensamiento musical —armónico, modal y espiritual— continuó expandiéndose mucho después de su muerte, ocurrida un 17 de julio de 1967.
Prepárense y acomódense para este primer capítulo preparatorio: una cartografía del impacto. Desde el jazz vocal hasta la fusión eléctrica, desde sus propios compañeros de ruta hasta herederos espirituales de décadas posteriores. Coltrane no fue solo un saxofonista: fue una visión, un método, una búsqueda infinita.
En esta sesión haremos un recorrido a través de un puente invisible tendido sobre el Atlántico. Un puente hecho de melodías nacidas en los bulevares franceses que, con el tiempo, encontraron nueva vida en los clubes de jazz, en los estudios de grabación y en los escenarios del mundo. Canciones concebidas como parte de la chanson que, gracias a su arquitectura armónica y a su potencia melódica, ofrecieron a los músicos de jazz un territorio fértil para la improvisación.
Comprobaremos que un standard no nace por decreto, sino que se consolida cuando distintas generaciones lo reinterpretan, lo transforman y lo mantienen vivo. En ese tránsito, esas canciones dejaron de ser únicamente francesas para convertirse en patrimonio compartido del lenguaje jazzístico.
Prepárense para este viaje, recordando que el jazz siempre ha sabido dialogar, absorber y reinventar. Y que, a veces, basta una buena melodía para cruzar fronteras y quedarse para siempre en la memoria colectiva.
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La Quinta Disminuida es el programa de jazz que se emite desde la ciudad de La Paz - Bolivia.
Este programa nació un 12 de julio de 2007 y tiene por objetivo compartir con…
Con el afán de trascender las fronteras de la “capital más cercana al cielo” es que los programas también estarán presentes en formato del podcast de su preferencia.