La Polaroid. Acabo de mirar las dos, la del bolsillo, la de la caja. No son iguales, o no del todo. En la del bolsillo, la que él me hizo, estoy más presente, más nítido, más entero, como si la imagen hubiera estado sosteniéndome. En la caja, la otra, salgo peor, más apagado, más lejos, casi como si me estuviera yendo de la foto. Y creo que ya lo entiendo, o una parte por lo menos. No era un retrato para parecer mejor. Era... no sé, era una forma de fijarme, de retenerme, de darme una versión de mí lo bastante soportable como para que siguiera hablándote, siguiéndote, entrando y saliendo de lugares, negándome. Dios, ¿estoy muerto?