En el siglo I a.C. dos grandes imperios compartían el control del Mediterráneo: los romanos y los partos, descendientes de los persas. Entre ambos imperios se encontraba un pequeño reino independiente de nombre Commagene, en el sudeste de Turquía, cuya capital Samosata, que era un importante centro comercial de la región, se encontraba a orillas del río Éufrates.
Este reino estaba gobernado por el rey Antíoco I (Antíoco I Theos Dikaios Epífanes Filorhomaios Filoheleno) desde el 70 a.C., un rey astuto y benevolente que dio a su reinado paz y prosperidad cuyo padre, Mitrídates, descendía del rey persa Dario I el Grande, y cuya la madre, Laodice VII Thea, descendía de Alejandro Magno.
Con esta mezcla en su sangre el gran gobernante creó hacia el 60 a.C. una nueva religión mezcla de sus raíces occidentales y orientales.