A menudo nos enseñan que el amor romántico ha de ser intenso.
Que tienes que sentir mariposas en el estómago.
Que sentir celos es estar más enamorado o enamorada.
Que harías cualquier cosa por amor y que el amor lo puede todo.
Ante estos relatos ficticios, impostados, llenos de frases hechas que nos creemos como si fueran ciertas.
Aparecen otros amores.
Amores en calma, amores tranquilos, que van poco a poco.
En los que no hay épica, ni grandes momentos.
Pero que van construyéndose con paciencia, con tiempo, sin esperarlo.
A menudo rechazamos estos amores.
Los cortamos por lo sano porque entendemos que eso no es amor.
Que si no sientes mucho, entonces no sientes nada.
Que no merece la pena.
Nos enseñan que lo único que sirve es el subidón.
Es el drama.
Son los actos grandilocuentes.
Es que el otro demuestre.
Porque si no demuestra, no te quiere.
De esta manera nos perdemos muchas cosas buenas.
Cosas que no llegan a ser por culpa de una idea.
Cosas que no permitimos que nacieran.
El amor no es «me muero por ti».
O «me muero sin ti».
El amor no es «vivo por ti».
El amor es me haces sentir más vivo.
Y eso no tiene que ser un fuego artificial.
Puede ser dos manos que se rozan por casualidad.
Puede ser una película compartida.
Puede ser una conversación.
Eso puede llegar a través de la compañía.
Sin aspavientos, sin celebraciones, sin necesidad de que los demás lo sepan.
Eso tiene que ver con darte cuenta un día de que esa persona estaba a tu lado.
Que te quiere y la quieres.
Que te hace los días más habitables.
La vida, más sencilla.
Eso tiene que ver con que aquellos amores que no eran protagonistas.
Aquellos amores discretos.
A menudo son los amores más duraderos.
Porque amar tiene que ver con tratar.
Y para tratarnos necesitamos quedarnos.
Necesitamos ver al otro.
A lo largo del espacio.
Para recordarle lo que fue.
Cuando ya no pueda recordarlo.
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