Muchas veces las emociones de los demás nos provocan pudor.
Queremos que pasen rápido.
Que no se produzcan en público.
Animamos a la gente con la intención de que dejen de hacer eso que nos incomoda.
Porque al final.
Cuando alguien se expresa nos hace de espejo.
Alguien expresándose es una pregunta a los demás.
¿Por qué tú no te expresas?
¿Cómo estás?
¿Qué sientes?
Muchas veces decimos: No llores.
Pero no porque nos preocupe el bienestar de quien llora.
Sino porque, lo mismo, eso podría desencadenar algo en nuestro interior.
Porque no somos capaces de sostener la tristeza ajena.
No somos capaces de acompañar.
De quedarnos simplemente en silencio.
Y estar.
Dejemos de decirle a la gente que no llore.
Porque la tristeza es un sentimiento igual de válido que cualquier otro.
Porque lo que sientes, importa.
Importa tanto como para darle un lugar y un tiempo.
Como para no tener miedo a vivir esa emoción.
Aunque no te guste.
Lo importante es qué haces tú con esas lágrimas.
Llorar no sirve de nada, dicen.
Llorar sirve igual que sirve un río que baja por una montaña.
Igual que sirve el viento que agita las ramas.
Llorar sirve porque solo cuando tienes vida puedes llorar.
No, llorar no es de débiles.
Llorar es de vivos y de vivas.
Porque mientras tengas un espacio en el planeta.
Puedes mostrarte.
Y esta existencia sin mostrarte es menos existencia.
Así que dejemos de intentar que la gente exista menos.
Que sea más comedida.
Que haga menos escándalo.
Que se guarde cosas porque hay cosas que son íntimas.
Porque nombrar la intimidad es muchas veces un ejercicio de poder sobre los demás.
Una llamada a una especie de orden, de vergüenza o de culpa.
Un aviso de que los trapos sucios se lavan en casa.
No, los trapos se ensucian en la calle, de manera colectiva, y de manera colectiva se limpian mejor.
Dejemos de escurrir el bulto con los demás.
Y hagámonos responsables también de lo que sienten.
Por estar compartiendo existencia.
Lee más textos inspiradores de Roy Galán en: https://www.cuerpomente.com/blogs/roy-galan