El profeta Ezequiel nos invita a la conversión, que supone la libertad personal del creyente que se abre al amor misericordioso de Dios y que está en proceso continuo de confrontación con la voluntad de Dios en su vida, y por
ello, vive una conversión constante. El evangelio nuevamente nos aclara que toda conversión verdadera a Dios siempre pasa por la conversión al hermano, al prójimo, sin la cual la otra no alcanza su objetivo. ¡Señor, abre nuestro entendimiento y nuestro corazón para acogerte en los hermanos!