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@LoDijoEdu episodes

  • Historias de un inmigrante. Capítulo 6: El orden universal.
    Historias de un inmigrante.
    El orden universal.

    Mientras estaba en la agencia comprando el pasaje para irme a Chile estaba conversando  con el caballero del mostrador, era un tipo joven, menor que yo y bastante amable. Me muestra el itinerario de viaje el cual comprendía de Caracas Panamá y de Panamá a Santiago, estaba de acuerdo, era lo que había, pero la fecha no era 26 de mayo precisamente, sino 15 de mayo. Así que estuvo bien para ese entonces. El caballero me imprime la reserva con el itinerario y me la entrega.

    5 min
  • Historias de un inmigrante. Capitulo 5: El papeleo.
    Historias de un inmigrante
    Capitulo 5: El papeleo.

    Chile con su antigua ley de migraciones de 1975 representaba una ventaja para todo aquel que entrara como turista al país y luego quisiera cambiar su estatus a residente.

    Era como una especie de brecha existente en su artículo 49 ya que te permitía realizar este cambio siempre y cuando fueras un profesional o técnico comprobable mediante los títulos legalizados.

    Para aquel entonces quise legalizar la mayor cantidad de papeles posibles, entre ellos el título de bachiller, el universitario, la carga horaria, notas, de todo. Me sentía más seguro mientras más papeles tuviera  legalizados. Es más soy de esas personas que se saca el pasaporte sin tener que pensar en un viaje futuro.

    6 min
  • Historias de un inmigrante. Capítulo 4: El sacrificio. Venderlo todo por un pasaje en avión.
    Historias de un inmigrante
    Capítulo 4: El sacrificio. Venderlo todo por un pasaje en avión.

    Debo admitir que era un joven promedio, no tenía grandes activos, aún vivía alquilado, ya mi hijo iba para dos años.

    Tampoco tenía metas muy concretas antes de querer emigrar, además la crisis inflacionaria ni en dos generaciones me habrían permitido comprar un carro siquiera con el sueldo que ganaba.

    Mi nevera solo tenía lo justo y necesario, conservaba lo típico para vivir como algunos muebles, línea blanca y otras cosas más que había ido comprando hace años atrás cuando se podía.

    Con ayuda de mi familia inicié un negocio de hamburguesas que me ayudó mucho a sobrellevar el sueldo que ganaba, sin embargo, la misma crisis, la escasez de harina de trigo para la elaboración del pan, y la inflación cada vez más frecuente hicieron insostenible aquel pequeño emprendimiento que pintaba bien.

    Tampoco tenía los 550 dólares que me costaría para aquel entonces el boleto de avión hacia Chile.

    No me quedó otra que venderlo todo, juntar a la familia y explicarles lo que venía en camino.

    Tomé la decisión de elaborar un listado de mis pequeños logros materiales y traducirlos en dinero, al cabo de unos 3 meses ya había reunido lo que sería mi última flecha para salir de Venezuela.

    Observar como cada una de mis cosa se iban vendiendo en internet, y al mismo tiempo se vaciaban los espacios de mi hogar me daba mucha impotencia, una impotencia que no sabría describir en detalle porque también funcionaba como impulso, era una rabia que me llenaba de plena seguridad, de que lo que estaba haciendo era por un motivo muy grande. Era una mezcla de emociones.

    El manejo de dólares para aquella época todavía era bajo perfil, muy poca gente hacía publica su disponibilidad monetaria para la adquisición de bienes empleando una moneda que no era de curso legal. El control cambiario permanecía fuertemente en el mercado. Los dólares eran una especie de tesoro para quienes lo tuvieran. Logré reunir lo justo y como si el destino me estuviera armando cada eslabón de lo que venía por delante pasé frente a una agencia, le pedí al caballero un boleto con fecha 25 de mayo de 2016 y pagué con dinero contante y sonante.

    Era un hecho, no había retorno ya tenía un vuelo, o mejor dicho ya tenía como salir de Venezuela.

    4 min
  • Historias de un inmigrante. Capítulo 3: ¿Cómo elegí el país de destino?
    Historias de un inmigrante
    Capítulo 3: ¿Cómo elegí el país de destino?

    Para aquel entonces ya existía una gran cantidad de venezolanos que habían salido del país y yo no iba a ser la excepción.

    Claramente luego de aquel trago amargo de llegar a casa prácticamente con las manos vacías acrecentaron en mí el desespero de no querer estar en el lugar que me encontraba para vivir, así que empecé a mirar qué países eran los más convenientes para emigrar. Tenía amigos en Argentina, en Chile, también Aruba y algunos otros.

    Hablaba con ellos y hacía preguntas concretas sobre la calidad de vida, sueldo mínimo y su gente. Cotejaba la información con el índice Big Mac, un índice que me permitía observar sin saber mucho de economía, que tan devaluada o sobrevaluada se encontraba una moneda.

    Recuerdo que hacía simulacros restando del sueldo mínimo el costo de vida común y corriente y sin lujos que podría tener sólo para cubrir mis necesidades más básicas de la pirámide de Maslow mientras lograba reunir y mandar dinero a Venezuela.

    Por aquel entonces Argentina ya asomaba una intención inflacionaria que había recibido Macri y me generaba dudas como para irme hacia allá. Aruba, un paraíso perfecto y lleno de mis mejores amigos y con mi segunda familia a quien siempre le doy gracias, no terminó de convencerme porque me sentía muy prisionero dentro de una isla a pesar de lo bella que es.

    De España sabía muy poco y casi no tenía referencias, me habría gustado arriesgarme, pero el tema del papeleo me generaba inseguridad.

    Así pues, fui viendo algunos otros países y finalmente elegí a Santiago de Chile.

    Chile para aquel entonces tenía muy buenos índices, a pesar de tener a Bachellet dos en su gobierno, se veía como un país próspero, con un mercado sin problemas, la inflación no llegaba a dos dígitos, había oportunidad de trabajo, bastaba con tener un título universitario legalizado o apostillado para obtener una visa temporal por un año y de inmediato solicitar la residencia por 5 años más. Además había otra cosa que supe meses más tarde y que daba un valor agregado, los Chilenos estaban agradecidos con Venezuela ya que fueron recibidos con los brazos abiertos en la década de los 80´s cuando huían de la dictadura de Pinochet, es por eso que luego de unas cuantas décadas después, ellos sentían que nos estaban devolviendo el favor.

    4 min
  • Historias de un inmigrante. Capítulo 2: El detonante.
    Historias de un inmigrante
    Capítulo 2: El detonante.

    Recuerdo que para el año 2016 la cosa no estaba nada buena en mi país, mucho menos en mi ciudad, las bellas playas y costas cercanas con el rico calor húmedo de aquel Puerto La Cruz carecían de protagonismo cuando te enterabas que iba a llegar comida, pañales y artículos de aseo a precio regulado y por ende debías enfilarte para lograr acceder a ella.

    Recuerdo que era toda una agenda: te levantabas, desayunabas fuerte, te llevabas un termo con agua y tu preparación mental era tan comparable como aquel famoso ilusionista llamado David Blaine.

    Un carrito con ruedas, de esos de tela, para hacer el mercado era mi mejor aliado, un bolso con reservas de comida para el camino me harían aguantar aquello que me esperaba. Si salías muy temprano corrías con la suerte de sorprenderte por entrar en unos de los primeros 30 puestos de aquella larga fila que dos horas más tarde sería el equivalente a 3 cuadras llenas de gente intentando sobrevivir a lo mismo, y no, no estoy exagerando. Así era.

    Ver madres con sus hijos en brazos, gente sedienta, con hambre, flacos y con el último círculo del cinturón para ajustarse el pantalón, era por encimita, una de las cosas que me llegan a la mente.

    El Sol de la mañana te activaba, el ruido de la ciudad iba creciendo a medida que la gente iba saliendo a sus trabajos, el smoke empezaba a opacar el olor a jabón de aquellos recién duchados que hacíamos fila. Entre una conversación y otra, entre quejas y buen humor repentino, se intentaba hacer el tiempo suficiente para mantenerte con calma y no retirarte del lugar.

    A medida que se activaba el calor intenso, el termo con agua iba bajando, el hambre se hacía cada vez más fuerte, sacabas aquel pancito como reserva, lo compartías con la señora y la mirada de su bebé en brazos que apenas conociste en ese momento, llega tu turno, sientes el alivio por mostrar tu cedula al guardia nacional que custodiaba las filas y mantenía el órden, entrabas a la tienda y como si fuera un concurso televisivo buscabas lo más rápido posible los productos regulados tanto en precio como en cantidad por persona.

    Al salir ibas a toda prisa por volver a tu casa con el temor de que alguien quisiera apoderarse indebidamente de aquello que habías conseguido. Contabas tu anécdota, si corrías con suerte desempacabas las cosas y te dabas por victorioso al superar aquella odisea que se repetía cada vez que te enterabas de lo que iban a vender.

    Era un ciclo que se volvía costumbre, en cierta medida apreciabas mejor el valor de las cosas, pero era un estilo de vida que yo particularmente no deseaba para mí ni para mi familia.

    8 horas de haber estado de pie en una fila para comprar pollo y que se agote justo al llegar mi turno para tener que regresar a casa solo con un paquete de galletas para mi hijo, fueron suficiente motivo para dar comienzo al plan de querer salir del país.

    4 min
  • Historias de un inmigrante. Capítulo 1.
    Historias de un Inmigrante – Capitulo 1 –

    Dicen que emigrar no es fácil, tampoco es imposible.

    Han pasado ya cerca de 5 años desde que tomé la decisión de salir de Venezuela en busca de otros horizontes.

    Hubo quienes criticaron lo que estaba haciendo, mientras que  otros me apoyaron.

    Gracias a la ayuda de familiares y amigos pude armarme de valor, recopilar dinero vendiendo mis cosas, que no eran muchas tampoco pero tenían un gran valor para mí.

    Incluso hasta dinero prestado tuve que pedir para poder completar mi viaje, dinero que al final pude pagar un año después de haberme establecido.

    Me ayudaron con un primer empleo también, un pequeño café en el Barrio Italia en el cual duré bastante poco por decisión propia.

    Al tercer día de haber llegado, me dispuse a realizar mis trámites migratorios que no eran tan complejos para aquel entonces, bastaba con enviar una planilla de solicitud de residencia y otra serie de documentos apostillados. Todo en un sobre cerrado vía correo postal con destino a las oficinas de extranjería.

    Recuerdo esa sensación de novedad que te invade al  principio por encontrarte con edificaciones y gente que tiene costumbres y ritmo de vida distintas a las tuyas. Te da  curiosidad de cómo irían a salir las cosas después de haber aterrizado. A veces llegué a sentir la presión de que esta sería mi última flecha en el arco y no podía no atinar al objetivo. Pues había salido de casa y regresar no era una opción-

    La determinación y mi fe fueron las principales energías que me mantuvieron a flote, si no hubiera tenido una sólida convicción de fortaleza y autoestima habría terminado debilitado y cayendo en depresión…

    Continuará…

    3 min

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Me encanta la radio y quise hacer este podcast como hobbie. Entre reflexiones, tips y cosas que podría enseñar serán parte de este espacio. Espero lo disfrutes. Edd.