Los Resúmenes de la ContraHistoria

Los Resúmenes de la ContraHistoria

By Fernando Díaz VillanuevaHistory
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Los Resúmenes de la ContraHistoria episodes

  • La batalla del Atlántico - Episodio exclusivo para mecenas
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    La conocida como batalla del Atlántico fue la campaña más larga de toda la segunda guerra mundial. Duró 68 meses sin una sola pausa entre septiembre de 1939 y mayo de 1945. No tuvo la épica de otros frentes, pero resultó decisiva porque Gran Bretaña, una isla que en aquel entonces tenía 48 millones de habitantes, importaba por mar más de la mitad de sus alimentos y casi todas sus materias primas. Cortar ese cordón umbilical equivalía a estrangular la resistencia británica sin necesidad de invadir la isla. Churchill lo comprendió y bautizó en 1941 lo que estaba sucediendo en el océano con el nombre de batalla del Atlántico, que es como ha pasado a la historia.
    El arma de los alemanes fue el submarino. El almirante Karl Dönitz estaba convencido de que con 300 U-Boote podía asfixiar al Reino Unido, pero al empezar la guerra solo disponía de 57, de los cuales apenas 25 servían para el océano abierto. Sus superiores, encabezados por Erich Raeder, seguían soñando con grandes buques de superficie, pero la Kriegsmarine no estaba aún preparada al comenzar la guerra para medirse con la Royal Navy. Aun así, en los primeros meses el arma submarina cosechó varios éxitos muy celebrados en Alemania como el ataque de Günther Prien contra el Royal Oak en la base de Scapa Flow.
    La rendición de Francia en junio de 1940 lo cambió todo. Los puertos de Bretaña y del golfo de Vizcaya acortaron la ruta hacia las zonas de caza y dieron lugar a lo que los marinos alemanes denominaron los tiempos felices. Fue entonces cuando capitanes de submarinos como Otto Kretschmer hundieron miles de toneladas aplicando la táctica de las manadas de lobos. Frente a ellos, los británicos reactivaron el sistema de convoyes y confiaron en el sonar, que se demostró inútil contra submarinos que atacaban de noche y desde la superficie.
    La estrategia de Dönitz se basaba en la llamada guerra del tonelaje, es decir de hundir barcos aliados más deprisa de lo que los astilleros podían reponerlos. La entrada de Estados Unidos en la guerra, lejos de acabar con el problema, inauguró otra etapa dorada para los submarinos alemanes, que hundían barcos frente a la costa este sin apenas oposición. Pero no duró mucho, los alemanes no contaban con la desmesurada capacidad industrial estadounidense.
    Entre marzo y mayo de 1943 los aliados consiguieron cambiar el rumbo de la batalla gracias al descifrado de la máquina Enigma, el desarrollo del radar centimétrico, el Huff-Duff, los grupos de apoyo con portaaviones de escolta y los aviones Liberator de muy largo alcance que cerraron el agujero negro del centro del océano. A todo eso se sumó la producción en masa de los mercantes de la clase Liberty. La fase final entre 1943 y 1945 fue la de un irreversible declive. Los nuevos submarinos del Tipo XXI llegaron demasiado tarde y tras el desembarco de Normandía perdieron sus bases en Francia.
    La batalla costó la vida a 30.000 marinos que tripulaban los más de 30.000 mercantes hundidos. En el lado alemán se perdió la mayor parte de la flota de submarinos, que se convirtieron en ataúdes de hierro para sus tripulaciones. En torno al 75% de los submarinistas alemanes perdieron la vida. Los historiadores han debatido mucho sobre si el Reino Unido estuvo realmente al borde del colapso, pero una cosa no anula la otra. Fue una batalla fundamental que los aliados no podían permitirse perder y que se ganó tanto en las cubiertas barridas por los temporales como en los astilleros de Baltimore y en las salas de Bletchley Park.

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    16 min
  • Fronteras malditas - Episodio exclusivo para mecenas
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    Las fronteras que vemos en cualquier mapa parecen que siempre han estado ahí que son naturales, pero no es así. Existen fronteras naturales, por supuesto, suelen coincidir con ríos lo suficientemente anchos o cordilleras suficientemente altas. Ese es el caso de los Pirineos, donde la frontera natural y la política coinciden. Pero incluso ahí caben excepciones como los valles de Arán y Valcarlos. España, de cualquier modo, es mal ejemplo para entender la frontera moderna porque las suyas son antiguas y casi todas se fueron haciendo poco a poco y desde abajo.
    Durante la mayor parte de la historia las fronteras no eran líneas, sino zonas de transición muy porosas y con contornos difíciles de definir. La idea de que un país acaba en una línea bien definida empezó con la Paz de Westfalia de 1648 y culminó en el siglo XIX con los tratados de límites. A partir de aquí la mayor parte de las fronteras del mundo no surgieron de la geografía sino de una mesa de negociación. Un mapa político es por lo general una construcción que nos habla de intereses concretos de personas concretas.
    El acuerdo Sykes-Picot de 1916 repartió el moribundo Imperio otomano entre Francia y el Reino Unido mediante una serie de líneas recta trazada sobre un desierto que apenas conocían. Los británicos hicieron además tres promesas contradictorias sobre el mismo suelo. De aquel reparto nacieron Irak, Siria, el Líbano y Jordania, Estados artificiales en los que metieron a la fuerza a sunitas, chiíes, kurdos, cristianos y alauíes bajo las mismas bandera. Los kurdos, hoy 40 millones de personas, se quedaron sin Estado y están repartidos entre cuatro países.
    La Conferencia de Berlín de 1884 estableció las reglas para que los europeos se repartiesen África sin contar con los africanos, naturalmente. El principio de ocupación efectiva disparó la carrera por plantar banderas. El 30% de las fronteras africanas son líneas rectas perfectas que parten pueblos como los somalíes, los bakongo o los yoruba, o encierran a tribus muy distintas y que se llevan mal desde siempre. La descolonización del siglo pasado heredó íntegras aquellas fronteras y también los problemas derivados de ellas.
    En 1947 los británicos encargaron a Cyril Radcliffe, un jurista que nunca había pisado la India, dividir el Raj, un subcontinente de 400 millones de habitantes en solo cinco semanas. Su línea separó regiones enteras y provocó entre 12 y 18 millones de desplazados, amén de cientos de miles de muertos. De aquello saldría la guerra de Bangladés en 1971 y la disputa de Cachemira, que desde entonces enfrenta a indios y pakistaníes.
    El colapso de la Unión Soviética en 1991 convirtió en fronteras internacionales unas líneas administrativas trazadas básicamente por Stalin para dividir y controlar a las minorías. Valles como el de Ferganá en el centro de Asia fueron troceados, el Alto Karabaj, poblado por armenios, se metió en en Azerbaiyán, Crimea y el Donbás pasaron a Ucrania. De ahí nacieron los conflictos congelados que hoy siguen activos desde Transnistria hasta la guerra de Ucrania.
    La historia se repite una y otra vez. Trazar una frontera es un acto de poder cuyas consecuencias duran generaciones. El mapa no es el territorio, y no necesariamente es la gente que lo habita.

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    15 min
  • El pánico del año mil - Episodio exclusivo para mecenas
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    Todos hemos oído hablar algún vez del pánico del año mil, pero nunca ocurrió. La imagen que nos transmitió la literatura romántica de una Europa arrodillada en las iglesias en la noche del 31 de diciembre del 999 esperando el fin del mundo, con los campos sin sembrar y los penitentes flagelándose por las calles, es una invención posterior. Ninguna crónica contemporánea da cuenta de ello y ese silencio de los anales monásticos, siempre atentos a cometas, eclipses y muertes de obispos, habla por sí solo.
    El artífice de la leyenda fue Jules Michelet, que en 1833 dedicó unas páginas a este pánico medieval, unas páginas magníficas como obra literaria, pero muy flojas como tratado histórico. No era el primero en mirar a esos años con condescendencia. Antes de él la época del cambio de milenio ya había sido pintada de negro durante la reforma protestante y por parte de los ilustrados, que necesitaban una edad media oscura y supersticiosa para exhibirse ellos como los heraldos de un renacimiento cultural y espiritual. El romanticismo decimonónico, que miraba a la edad media con fascinación, se limitó a rematar la faena.
    La realidad del año mil fue muy distinta a como unos y otros la imaginarían siglos después. La inmensa mayoría de los europeos ignoraba en qué año vivía. En aquel entonces los eruditos, que eran muy pocos, empleaban distintos sistemas para el cómputo de los años, el de la era cristiana era sólo uno de ellos. Pero ninguno de ellos alcanzaba a la mayor parte de la población, que se regía por el curso de las estaciones, las cosechas, la coronación de los reyes y las festividades religiosas.
    La idea de que el mundo iba a acabar a los mil años procedía de mucho antes, del capítulo 20 del Apocalipsis. Durante el primer cristianismo tuvo cierto predicamento, pero San Agustín y otros padres de la Iglesia zanjaron el asunto interpretando ese número como símbolo del tiempo de la Iglesia, una doctrina que funcionó durante siglos como cortafuegos frente a las fiebres apocalípticas. Eso no fue obstáculo para que los profetas del fin del mundo siguiesen apareciendo, pero siempre fueron episodios locales y de pequeño alcance.
    Las fuentes que alimentaron el mito son escasas y sospechosas. Rodulfus Glaber, de quien se nutrió Michelet siglos más tarde, escribió sus “Cinco libros de historias" unos treinta años después de los hechos, pero Glaber tenía una propensión natural a los prodigios sobrenaturales que le convierte en un cronista poco fiable. Ninguno de sus coetáneos hicieron la más mínima mención al pánico del cambio de milenio.
    Nada de esto significa que aquella fuera una época tranquila. Ninguna lo fue, menos aún en un continente tan pobre y fragmentado como la Europa de hace mil años. Aquellas gentes tenían una mentalidad muy diferente a la nuestra, casi cualquier cosa que se salía de lo normal, desde una sequía al paso de un cometa, les parecía una señal divina. Los europeos del siglo X eran supersticiosos y en ocasiones milenaristas. El hecho es que fue precisamente en esa época cuando el oeste de Europa empezó a sacudirse el letargo económico y cultural que la había castigado desde la desaparición del imperio romano de occidente. De forma muy gradual la economía y la población despegaron y fueron dando forma a la Europa medieval que ha llegado hasta nosotros. Lo que no ha desaparecido es el milenarismo, ese sobrevive intacto y revive de tanto en tanto con la misma fuerza que lo hizo en el pasado.

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    19 min
  • La guerra que cambió España - Episodio exclusivo para mecenas
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    El 17 de julio de 1936 el ejército de África se sublevó contra el gobierno en el protectorado español de Marruecos. Un día más tarde la rebelión militar se extendió a las comandancias de la península, pero no triunfó en todas ellas, en las principales ciudades y en la propia capital fracasó. Esta circunstancia transformó lo que un grupo de generales habían planeado como un golpe rápido e indoloro en una guerra civil que duraría casi tres años. Las dos Españas se reorganizaron. La republicana en torno a un gobierno debilitado y con muchas divisiones internas que iría improvisando y se mantendría a la defensiva. La sublevada, que pasó a denominarse nacional, en torno a la figura de Francisco Franco, un general africanista que en octubre fue nombrado comandante supremo por sus compañeros de armas.
    La guerra tuvo varias varias fases. En el otoño de 1936 las columnas sublevadas avanzaron sobre Madrid, pero no consiguieron tomar la ciudad, lo que prolongó el conflicto. En 1937 el frente principal se desplazó al norte. Los sublevados se hicieron con el País Vasco, Cantabria y Asturias desde las zonas que ya controlaban en Navarra y Galicia. En 1938 la ofensiva de Aragón partió la zona republicana en dos. La batalla del Ebro, entre julio y noviembre de 1938, fue la más larga y sangrienta de todas. La derrota republicana permitió a los sublevados hacerse con Cataluña dejando al bando republicano herido de muerte y sin posibilidad ya de recuperarse. Unos meses más tarde se rindió Madrid y, con él, lo que quedaba de la zona controlada por la república. La guerra terminó el 1 de abril de 1939.
    La guerra pronto adquirió dimensión internacional. Alemania e Italia enviaron al bando sublevado material y unidades militares como la Legión Cóndor y el Cuerpo de Tropas Voluntarias. La Unión Soviética suministró aviación, carros de combate y asesores al Gobierno republicano, pagados en buena parte con las reservas de oro del Banco de España trasladadas a Moscú en 1936. Junto a eso unos 35.000 voluntarios extranjeros se integraron en las Brigadas Internacionales, que se retiraron en 1938 cuando la guerra estaba ya prácticamente perdida. El Comité de No Intervención, creado en septiembre de 1936 a instancias de Francia y el Reino Unido, no consiguió impedir que la guerra se internacionalizase. Ambas potencias se mantuvieron al margen.
    La guerra fue muy costosa en términos humanos y materiales, una auténtica tragedia para un país que ya arrastraba problemas económicos antes de su estallido. El balance fue de aproximadamente medio millón de muertos por todas las causas, de los cuales entre 150.000 y 200.000 correspondieron a operaciones militares y el resto a la represión en ambas zonas, el hambre y las enfermedades. España quedó devastada y tardó mucho en reconstruirse porque, apenas unos meses después de concluir la contienda, comenzó la segunda guerra mundial.
    Para hablar de este tema tenemos hoy en La ContraHistoria a Miguel Ángel Santamarina, escritor, periodista y divulgador histórico que este mismo año ha publicado un libro magnífico sobre la guerra civil: “La guerra que cambió España”, una aproximación muy original ya que lo ha estructurado en torno a episodios concretos que, juntos, nos cuentan la guerra tanto desde el punto de vista militar como el político y el humano.
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    20 min
  • El Santo Grial - Episodio exclusivo para mecenas
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    Ningún objeto ha inspirado tanta literatura como el santo grial, una copa cuya existencia nunca se ha podido documentar. La imprecisión acerca de qué es, dónde está y si alguna vez existió es seguramente su mayor fortaleza, porque una reliquia bien localizada se convierte en pieza de museo. El grial, en cambio, permanece siempre a un día de camino. Su historia es en realidad la de quienes lo buscaron. Monjes cistercienses, cruzados, ocultistas, arqueólogos de Himmler, guionistas y novelistas proyectaron sobre él lo que cada época necesitaba encontrar, y por eso sigue vivo cuando otras reliquias medievales duermen en polvorientas vitrinas.
    El objeto en sí aparece en el evangelio de forma muy fugaz. Los evangelios sinópticos cuentan que Jesús tomó el cáliz en la última cena, lo bendijo y lo repartió entre sus discípulos, luego desaparece de la historia. El punto de partida de los buscadores del grial es José de Arimatea, el hombre que pidió a Pilato el cuerpo de Cristo y le enterró en una tumba de su propiedad. Los evangelios apócrifos dieron mucha más importancia a José de Arimatea, que luego se convirtió en un viajero cargado de reliquias. La asociación entre José de Arimatea y un recipiente donde se habría recogido la sangre de Cristo en la cruz no cuaja hasta finales del siglo XII, cuando el borgoñón Robert de Boron cristianiza el objeto. Antes de él el grial existía, pero todavía no era santo.
    El primero en ponerle nombre fue Chrétien de Troyes en 1180 en su inacabado “Perceval o el Cuento del Grial”. Un joven galés llega al castillo de un rey herido y presencia una procesión en la que una doncella lleva un grial, palabra que en francés antiguo designaba una fuente honda para servir alimentos. Perceval calla, no pregunta a quién sirve aquello, y esa cortesía mal entendida condena al rey y a su tierra. Chrétien murió sin resolver el enigma. Robert de Boron lo identificó más tarde con el cáliz eucarístico, luego sustituyeron a Perceval por Galahad y la aventura original se transformó en alegoría mística. No mucho más tarde un alemán, Wolfram von Eschenbach, hizo del Grial una piedra con propiedades mágicas, el “lapsit exillis”, que custodian unos caballeros, los “Templeisen” en un castillo. Es aquí donde entran los templarios en la leyenda. El hecho es que, a finales del siglo XIII, había ya cuatro griales, pero eran muy diferentes.
    De esa multiplicidad nacen las lecturas posteriores. La eucarística traduce la misa al lenguaje de la caballería. La sanguínea convierte la vajilla en relicario. La dinástica, que imagina una descendencia carnal de Jesús protegida por sociedades secretas, no aparece hasta el siglo pasado. La lectura interior entiende la búsqueda del grial como un itinerario individual del alma.
    Lo que si tenemos son santos griales físicos en distintas partes de Europa. El más famoso de todos es el Santo Cáliz que se conserva en la catedral de Valencia, hay otro más en la basílica de San Isidoro de León, otro en Galicia, otro en Gales, otro en Viena y otro más en la catedral de Génova, estos dos últimos son platos, no copas. Hoy son piezas de museo muy valoradas, pero eso no es inconveniente para que los modernos buscadores del grial sigan apostando por unas o por otras.
    Para hablar de este tema vuelve a La ContraHistoria Carlos Pérez Simancas que, como bien saben los contraescuchas, es experto en este tipo de relatos que habitan entre la historia y la leyenda.
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    15 min
  • La independencia de Estados Unidos - Episodio exclusivo para mecenas
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    A mediados del siglo XVIII las trece colonias de Norteamérica eran una dependencia británica de ultramar en plena expansión. El número de colonos no hacía más que aumentar y sus ciudades y puertos prosperaban. Sus habitantes se sentían británicos, hablaban inglés, eran mayoritariamente protestantes y se enorgullecían de pertenecer al país que había frenado el absolutismo con la revolución gloriosa de 1688. Cada colonia se gobernaba a sí misma mediante una asamblea local que era una réplica en miniatura del parlamento de Westminster. Las relaciones con la metrópoli eran fluidas y todo marchaba bien.
    Ese equilibrio cómodo, sostenido durante generaciones por la desidia administrativa de los británicos y el contrabando que suavizaba las políticas mercantilistas que salían de Londres, saltó por los aires tras la guerra de los Siete Años, que se libró en parte en Norteamérica. Los británicos ganaron, pero esa victoria salió cara. El gobierno decidió entonces que las colonias debían sufragar su propia defensa. La Proclamación de 1763, la ley del Azúcar de 1764 y, sobre todo, la ley del Timbre de 1765 provocaron una agria reacción entre los colonos, que se negaban a pagar impuestos si no tenían antes representación en el parlamento.
    Las Leyes de Townshend de 1767 avivaron el conflicto con nuevos aranceles destinados a pagar los salarios de los funcionarios reales destinados en las colonias, que dejarían además de estar controlados por las asambleas locales. Los colonos empezaron entonces a declarar boicots y Boston, una importante ciudad portuaria, se convirtió en el foco de la resistencia. La tensión fue escalando hasta que el 5 de marzo de 1770 se produjo la llamada masacre de Boston, que encendió los ánimos entre los colonos. Tres años más tarde la ley del Té de 1773 hizo estallar el motín del Té. Un grupo de agitadores arrojó 342 cofres cargados de té por la borda de tres navíos de la Compañía de las Indias Orientales. La respuesta fueron las conocidas como “leyes intolerables”, que, en lugar de aislar a Boston, suscitaron la solidaridad de las demás colonias.
    En septiembre de 1774 se reunió en Filadelfia el Primer Congreso Continental, que coordinó un boicot pero manteniendo abierta la puerta al diálogo con la Corona. La distancia y la lentitud de las comunicaciones alimentaron la desconfianza mutua y ambos bandos se prepararon para la guerra. La chispa saltó en abril de 1775 en Lexington y Concord, dos pequeñas localidades cercanas a Boston. El Segundo Congreso Continental nombró a George Washington comandante del Ejército Continental, y tras la batalla de Bunker Hill y el rechazo por parte del rey de la Petición de la Rama de Olivo, la ruptura se hizo inevitable.
    En enero de 1776 Thomas Paine publicó “Sentido Común”, un panfleto que abogaba directamente por la independencia. Poco después el Congreso nombró a un comité de cinco miembros para que redactasen la declaración de independencia. El encargado de hacerlo fue Thomas Jefferson, luego el congreso dio forma final al documento, lo aprobó el el 2 de julio y dos días después anunció formalmente que las colonias se independizaban. La guerra, que ya había dado comienzo, se prolongó unos años hasta que la paz de París de 1783 consagró la independencia de una confederación que adoptó el nombre de Estados Unidos de América.
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    17 min
  • El sultanato de las mujeres - Episodio exclusivo para mecenas
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    Entre 1533 y 1656, el imperio otomano vivió un periodo un tanto singular que la historiografía turca bautizó como “Kadınlar Saltanatı”, el sultanato de las mujeres. No fue propiamente un matriarcado ni una sucesión de sultanas que ocuparon el trono por herencia, sino algo mucho más sutil. Un grupo de mujeres, nacidas casi todas como esclavas, concentró un poder político inmenso que rivalizaba con el de los propios sultanes y que en ocasiones lo superaba. Dos títulos se convirtieron en auténticas instituciones de Estado, el de “Haseki Sultan”, consorte favorita del soberano, y el de “Valide Sultan”, madre del sultán reinante y cima absoluta de la jerarquía femenina en la corte, una posición desde la que se controlaban las finanzas, los nombramientos y la diplomacia.
    El momento en el que este peculiar periodo de la historia otomana comenzó tiene nombre propio, el de Hürrem Sultan, conocida en Europa occidental como Roxelana. Capturada en 1520 en Rutenia, la actual Ucrania, Hürrem Sultan llegó al harén como una concubina más, pero su inteligencia cautivó a Solimán el Magnífico. El sultán tuvo con ella al menos seis hijos, la liberó de la esclavitud y la convirtió en su esposa legal en 1533, un gesto muy poco habitual en aquel imperio. Hürrem se trasladó al palacio de Topkapi y colocó el harén en el centro del aparato de gobierno. Una vez allí tejió una tupida red de influencias que iba desde la correspondencia diplomática hasta los conflictos sucesorios.
    El fenómeno obedecía a causas estructurales. El abandono del fratricidio tras la matanza de sus 19 hermanos ordenada por Mehmed III en 1595, dio paso al “kafes”, la jaula en la que se aislaba a los los príncipes. Los sultanes llegaban al trono sin experiencia, frágiles o perturbados, como el niño Mehmed IV, el inestable Mustafá I, Ibrahim el Loco o Selim II el Beodo. Ante ese vacío de autoridad gobernó una y otra vez la Valide Sultan, aliada con el cuerpo de eunucos negros, que actuaban como brazo ejecutor y enlace con el exterior.
    Varias figuras femeninas destacaron en esta época. Mihrimah Sultan, hija de Solimán y Hürrem, ejerció de puente entre el harén y gobierno, y dio su nombre dos grandes mezquitas en la capital. Nurbanu y su nuera Safiye convirtieron el sultanato en una potencia diplomática desarrollando unas relaciones privilegiadas con la República de Venecia y con la Inglaterra de Isabel I. Pero, por encima de todas ellas, estuvo Kösem Sultan, de origen griego, que gobernó durante varias regencias a lo largo de casi medio siglo como Valide de Murad IV e Ibrahim I, y abuela regente de Mehmed IV.
    El periodo concluyó a mediados del siglo XVII de muy mala manera. La rivalidad entre Kösem y su nuera Turhan Hatice por el control del niño Mehmed IV culminó en 1651 con el estrangulamiento de la anciana. Turhan se convirtió en la dueña de la regencia, pero heredó un imperio al borde del colapso. En 1656 tomó una lúcida decisión, cedió el poder al visir albanés Köprülü Mehmed Pasha, al que le dio plenos poderes para que enderezase la situación. Mehmed Pasha lo consiguió y eso posibilitó, entre otras cosas, el segundo sitio de Viena.
    Para tratar este tema tan interesante como desconocido hoy nos visita Marta Caniego, que presenta el podcast Relatos de la historia y que ya pasó por La ContraHistoria hace unos meses.
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    16 min
  • Alfonso X el Sabio. - Episodio exclusivo para mecenas
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    Cuando Fernando III el Santo murió en Sevilla en 1252, dejó a su hijo Alfonso X una Corona recrecida por la mayor expansión territorial de la Reconquista. El valle del Guadalquivir con grandes ciudades como Córdoba y Sevilla acababa de ser incorporado y el islam peninsular quedaba reducido al reino nazarí de Granada, convertido ya en un simple vasallo. Nacido en Toledo en 1221, hijo de Fernando III y de Beatriz de Suabia, Alfonso reunía la herencia castellana, la leonesa y la imperial de los Hohenstaufen. Subió al trono con 30 años y concibió un proyecto de monarquía fuerte, ordenada por leyes uniformes y revestida de dignidad casi sagrada.
    Su sobrenombre no responde tanto a su erudición personal, sino a haber convertido la corte en el mayor taller intelectual de Europa, un lugar en el que juristas, cronistas, poetas y astrónomos trabajaban de forma coordinada y en lengua romance. El monumento jurídico de ese esfuerzo son las Siete Partidas, redactadas en torno a 1260, organizadas en siete libros cuyas iniciales forman el nombre del rey y se nutren del derecho romano, el canónico y la tradición peninsular. Su aplicación fue limitada por el recelo nobiliario y no adquirieron pleno vigor hasta un siglo más tarde, pero influyeron durante siglos y llegaron a la América hispana. Antes de eso promovió el Fuero Real y el Espéculo para racionalizar la ordenación de sus reinos.
    En lo literario y musical destacan las Cantigas de Santa María, más de 420 composiciones marianas escritas en galaicoportugués y conservadas en códices iluminados con notación musical. La historia se confió a la “Estoria de España” o “Primera Crónica General”, que armonizó crónicas latinas, fuentes árabes y cantares de gesta, a la que se sumó la inconclusa “General Estoria”. El reinado elevó el castellano a lengua de cultura y administración, y alumbró logros científicos como las Tablas alfonsíes, difundidas por Europa durante más de dos siglos. De fondo, la Escuela de Traductores de Toledo en la que eruditos cristianos, judíos y musulmanes trabajando bajo el mecenazgo del rey rescataron textos clásicos de astronomía, medicina y filosofía para volcarlos al latín y al romance castellano.
    Su política exterior estuvo dominada por el fecho del imperio. A la muerte de Guillermo de Holanda en 1256, Alfonso reclamó la corona imperial ya que, por parte de madre, era un Hohenstaufen. Tras un largo pleito diplomático aquello terminó en fracaso por la oposición del Papa. La empresa imperial vació las arcas y soliviantó a la nobleza.
    Los gastos imperiales y militares generaron un déficit que el rey trató de cubrir devaluando el maravedí, lo que desató un brote inflacionario, disparó los precios y perjudicó a su imagen. La crisis final comenzó en 1275 con la muerte del heredero Fernando de la Cerda, que abrió un conflicto sucesorio entre sus nietos y el infante don Sancho. La indecisión de Alfonso agravó el problema. En las Cortes de Valladolid de 1282 una coalición encabezada por Sancho le despojó del poder. Desheredado su hijo y desatada la guerra civil, Alfonso murió en Sevilla el 4 de abril de 1284, pero fue Sancho IV quien le sucedió.
    Para hablar de este reinado tan importante nos acompaña hoy en La ContraHistoria José Soto Chica, que acaba de publicar “Muerte en Toledo”, una novela ambientada en el Toledo de Alfonso X, un thriller histórico en el que el siglo XIII vuelve a la vida.

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    16 min
  • La Comintern - Episodio exclusivo para mecenas
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    En agosto de 1914 los diputados socialdemócratas alemanes votaron en el Reichstag a favor de los créditos de guerra para financiar la entrada del imperio alemán en la primera guerra mundial. Aquel gesto acabó con la idea que tenían los marxistas de la época de que el proletariado, hermanado por encima de las fronteras nacionales, jamás se mataría en una guerra imperialista. La solidaridad de clase se evaporó en pocos días y los obreros se decantaron por su propio país.
    Esa traición enfureció a Lenin, exiliado en Suiza, que concluyó que la socialdemocracia se había aburguesado y que había que demoler el viejo edificio socialista para crear una organización de auténticos revolucionarios. En una serie de conferencias minoritarias que dio en Suiza defendió que era el momento de transformar la guerra en una revolución. Eso mismo fue lo que sucedió en Rusia en octubre de 1917 y Lenin se sintió reivindicado. Pero sabía que con Rusia no bastaría para consolidar esa revolución porque era un país agrario y pobre. Tenían que exportar la revolución a Europa occidental, especialmente a Alemania, para que sobreviviese.
    Eso dio lugar en marzo de 1919 a la Tercera Internacional o Comintern, concebida desde el principio como el estado mayor de la revolución mundial. Su modelo era el partido bolchevique, una máquina centralizada en la que cada partido nacional sería una sección sometida a una disciplina única. El segundo congreso de 1920 fijó 21 condiciones de admisión que partieron al movimiento obrero en dos familias enfrentadas, la de los socialdemócratas y la de los comunistas.
    Pero la revolución mundial no llegaba. El Ejército Rojo fue derrotado en Varsovia, los comunistas alemanes fracasaron y el capitalismo se estabilizó gracias, entre otras cosas, a que los partidos socialdemócratas llegaron al poder en Alemania, Francia y el Reino Unido. Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin fue eliminando a sus rivales e impuso a la Comintern su teoría del socialismo en un solo país.
    El ascenso de los nazis al poder obligó a Stalin a hacer algo. En el séptimo congreso, celebrado en 1935, adoptaron la estrategia del Frente Popular, una alianza amplia antifascista que ganó las elecciones en Francia y España en 1936. España pasó entonces a ocupar un lugar central a causa de su guerra civil. La Comintern se encargó de reclutar soldados de 50 países a los que encuadró en las Brigadas Internacionales. Los soviéticos, entretanto, enviaron consejeros y material militar, este último pagado con las reservas del Banco de España. Pero la Comintern ya estaba en crisis, sus principales líderes cayeron durante la gran purga de 1938 y Stalin no le encontraba mucho sentido a aquel organismo.
    El pacto germano-soviético de 1939 supuso una humillación para los comunistas europeos, forzados a predicar la neutralidad hasta que la invasión alemana de la URSS en 1941 reactivó la cruzada antifascista. En mayo de 1943 Stalin decidió disolver la Comintern como gesto diplomático hacia sus aliados occidentales. Años después la sustituiría por una agencia mucho más pequeña, la Cominform, que tuvo muy poca actividad y desapareció tras su muerte. No hicieron falta más organizaciones para coordinar la actividad de los partidos comunistas. La URSS era ya una potencia mundial y podía llegar sin problemas a donde quisiese, cuando quisiese.
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    17 min
  • El final de la Serenísima - Episodio exclusivo para mecenas
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    A finales del siglo XVIII Venecia era una ciudad que parecía existir fuera del tiempo. Quien llegaba hasta allí contemplaba la misma silueta de cúpulas y campanarios que habían descrito los viajeros del Renacimiento. Los palacios seguían en pie, las góndolas atestaban los canales y el León de San Marcos presidía cada rincón. Los venecianos cultivaban el mito de una República con más de mil años de independencia ininterrumpida que, a diferencia de lo que sucedía con otros principados italianos permanecía estable.
    Aquella espléndida escenografía ocultaba una larga decadencia. El comercio ya no era tan importante como en el pasado. Las potencias atlánticas como Portugal, España, los Países Bajos e Inglaterra habían sustituido a los muelles venecianos mucho tiempo antes como puertos de entrada de las mercancías de oriente. El arsenal languidecía y la flota mercante se había reducido a una fracción de lo que había sido. La ciudad vivía del turismo aristocrático del Gran Tour, del carnaval, del juego, de las artes y de lo que podía sacar de sus dominios en Italia. Todos los intelectuales que se dejaban caer por allí coincidían en señalar que era una República agotada.
    El sistema político veneciano era de una sofisticación extraordinaria. El dogo, su figura más visible era un monarca elegido pero con poderes muy limitados por una serie de consejos que se vigilaban entre sí. El Consejo Mayor o “Maggior Consiglio” reunía a los patricios inscritos en el Libro de Oro, el Senado llevaba la política exterior, y el temido Consejo de los Diez junto con los Tres Inquisidores de Estado controlaban la república. Pero aquello había derivado en una rigidez paralizante. Nadie quería tocar los intereses creados por lo que cualquier reforma era impensable.
    Cuando estalló la Revolución Francesa, el patriciado veneciano reaccionó con la cautela de siempre, confiaban en la neutralidad que les había salvado durante todo el siglo. Fue un error inmenso. La Revolución no se parecía en nada a lo que había ocurrido hasta ese momento. La Francia revolucionaria era todo lo que la Serenísima República representaba y eso es lo que no supieron ver.
    En 1796 el Directorio envió al frente italiano a Napoleón Bonaparte, un general joven y ambicioso. Hablaba italiano, conocía el terreno y comprendió enseguida el valor estratégico de la Terraferma, los dominios venecianos en el norte de Italia. La República permitió a Napoleón que estableciese tropas allí en la guerra contra Austria con la esperanza puesta en que eso durase poco. Pero los planes franceses eran otros. Ocuparon las ciudades de la Terraferma y empezaron exprimirlas y a difundir allí las soflamas revolucionarias. Brescia y Bérgamo se sublevaron en marzo de 1797. En abril estalló una revuelta en Verona contra el ejército francés. Eso unido al ataque sobre un barco francés en el Lido dieron a Napoleón la excusa para intervenir.
    Envió un ultimátum al Consejo: o abolían la República tal y como había existido hasta ese momento u ocupaba la ciudad por la fuerza. El Consejo escogió lo primero, pero eso no evitó la ocupación. El último dogo, Ludovico Manin se quitó el corno ducal y los franceses entraron el día 15 de mayo sin necesidad de disparar un solo tiro. Acto seguido saquearon las riquezas de la ciudad y se las llevaron a París. La Serenísima República había dejado de existir, pero no la ciudad, que permanece, como hace más de dos siglos, suspendida en el tiempo.
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